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La Hija del Tri Ardiente

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La Hija del Tri Ardiente

El estadio retumbaba con los gritos de la afición, pero tú estabas en esa cantina chida de la colonia Roma, en el corazón de la CDMX, rodeado de carnales que brincaban como locos cada vez que El Tri metía un gol. El olor a chelas frías y tacos al pastor flotaba en el aire, mezclado con el sudor de la gente emocionada. Tus ojos se clavaron en ella desde la primera vez que la viste: una morra de curvas que quitaban el hipo, con una camiseta ajustada del Tri que marcaba sus chichis perfectas y unos shorts que dejaban ver sus nalgas firmes. La neta, ¿quién es esa diosa? pensaste, mientras tu verga empezaba a despertar bajo los jeans.

Se llamaba Ana, la hija del Tri, como se presentó con una sonrisa pícara cuando se acercó a tu mesa en el medio tiempo. Su papá había sido un defensa legendario de la Selección, uno de esos que ponían la piel en el estadio Azteca. Ella lo llevaba en la sangre, con ese fuego mexicano que te hacía sudar solo de mirarla. "¡Órale, carnal! ¿Viste ese golazo? ¡Mi viejo hubiera estado orgulloso!", gritó, chocando su botella de Corona contra la tuya. Su voz era ronca, sexy, con ese acento chilango que te erizaba la piel. Olía a perfume dulce con un toque de vainilla, y cuando se inclinó, pudiste oler su piel caliente, ese aroma a mujer lista para el jale.

Charlaron de fútbol, de las broncas en el torneo, pero la tensión crecía como el pulso en un penal. Tus ojos bajaban a su escote, donde el sudor perlaba su clavícula, y ella lo notaba, mordiéndose el labio inferior.

¿Y si me la llevo de aquí? Neta que esta morra me trae loco
, pensaste, mientras tu mano rozaba accidentalmente su muslo. Ella no se apartó; al contrario, su pierna se pegó más a la tuya, y sentiste el calor de su piel a través de la tela. El partido terminó con victoria, la cantina explotó en euforia, y Ana te jaló de la mano: "Vamos a celebrar como se debe, ¿no?". Tu corazón latía como tambor de mariachi.

Salieron a la noche tibia de la ciudad, las luces de neón parpadeando como promesas. Caminaron hasta su depa en Polanco, un lugar chido con vista al skyline, nada de broncas, solo vibes de lujo y pasión. Adentro, el aire estaba cargado de su esencia: jazmín y deseo. Se quitó la camiseta del Tri despacio, revelando un bra negro de encaje que apenas contenía sus tetas redondas. "Tócame, carnal", murmuró, y tú obedeciste, tus manos temblando al sentir la suavidad de su piel, cálida como el sol de Guadalajara. Sus pezones se endurecieron bajo tus dedos, duros como piedritas, y ella gimió bajito, un sonido que te vibró en el pecho.

La besaste con hambre, su lengua danzando con la tuya, saboreando a cerveza y a menta fresca. Bajaste por su cuello, lamiendo el sudor salado, mientras tus manos exploraban sus caderas anchas, apretando esa carne firme que pedía ser marcada. Ana te empujó al sofá, se subió a horcajadas, frotando su coño húmedo contra tu verga dura como fierro. ¡Puta madre, qué chingona está esta hembra! El roce era eléctrico, su calor traspasando la ropa, y el olor a su excitación te llenaba las fosas nasales, almizclado y adictivo. "Quítate eso, pendejo", ordenó juguetona, jalando tus jeans. Tu pito saltó libre, venoso y palpitante, y ella lo miró con ojos brillantes: "¡Órale, qué chulo! Justo lo que necesitaba la hija del Tri".

Se arrodilló, su aliento caliente rozando la punta antes de metértelo en la boca. Su lengua giraba experta, chupando con fuerza, salivando todo el tronco mientras sus manos masajeaban tus huevos. El sonido húmedo de su succión te volvía loco, mezclado con sus gemidos ahogados. Sentías cada vena latiendo, el placer subiendo como ola en la playa de Cancún. La jalaste del pelo suave, suave pero firme, y ella levantó la vista, ojos de fuego: "Fóllame ya, no aguanto". La cargaste a la cama king size, sus piernas envolviéndote la cintura, uñas clavándose en tu espalda con delicioso dolor.

En la cama, el colchón se hundió bajo su peso, y la desvestiste por completo. Su coño depilado brillaba de jugos, rosado e invitador. Rozaste la cabecita contra sus labios vaginales, lubricándote con su miel dulce, y ella arqueó la espalda: "¡Métela, cabrón! Hazme gritar como en el Azteca". Entraste despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes calientes te apretaban, succionándote adentro. El calor era infernal, húmedo, y su olor a sexo puro te embriagaba. Empezaste a bombear, lento al principio, saboreando cada embestida, el slap-slap de piel contra piel resonando en la habitación.

La tensión crecía, sus tetas rebotando con cada thrust, pezones rozando tu pecho peludo. Ella clavaba las uñas, gimiendo "¡Más duro, sí, así! ¡Eres mi goleador!". Cambiaron posiciones: la pusiste a cuatro patas, admirando su culo redondo, perfecto para azotear suave. Cada nalgada sacaba un chillido placentero, y su coño chorreaba, empapando las sábanas.

Esta morra es fuego puro, la hija del Tri me tiene en sus garras
, pensaste, mientras acelerabas, tus huevos golpeando su clítoris hinchado. Sudor goteaba de tu frente al surco de su espalda, salado en tu lengua cuando lo lamiste.

La volteaste boca arriba, piernas en hombros, penetrándola profundo, tocando ese punto que la hacía temblar. Sus ojos se cerraron, boca abierta en éxtasis, y sentiste sus contracciones: "¡Me vengo, chingado! ¡No pares!". Su orgasmo la sacudió como terremoto, jugos salpicando, músculos apretándote como vicio. No aguantaste más; con un rugido gutural, te corriste dentro, chorros calientes llenándola, el placer explotando en tu espina dorsal. Colapsaron juntos, jadeando, pieles pegajosas de sudor y fluidos.

En el afterglow, Ana se acurrucó contra ti, su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón galopante calmarse. El aroma de sexo impregnaba el aire, mezclado con su perfume desvanecido. "Neta que fue chingón, carnal. Como un hat-trick en la final", susurró, trazando círculos en tu abdomen con la uña. Tú la besaste la frente, sintiendo una paz profunda, esa conexión más allá de lo carnal. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en esa cama, habían ganado su propio campeonato. La hija del Tri te había conquistado, y tú a ella, en un baile de cuerpos y almas mexicanas puras.

Se quedaron así hasta el amanecer, prometiendo más noches de pasión, goles y gemidos. El Tri podía esperar; esta era su liga privada.

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