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La Pasión del Cantante de El Tri

7322 palabras

La Pasión del Cantante de El Tri

El antro vibraba con el riff de guitarra que retumbaba en mis huesos. Era una noche de esas en el Vive Cuervo de la CDMX, llena de luces neón parpadeando como estrellas locas y el olor a cerveza fría mezclándose con el humo de los cigarros electrónicos. Yo, Karla, había ahorrado un buen varo para este boleto VIP porque el cantante de El Tri era mi debilidad desde chava. Su voz ronca, ese carisma de rockero eterno que te hace sentir que te está cantando solo a ti. Me acomodé en la barra, con mi falda negra ajustada y un top que dejaba ver justo lo necesario, sintiendo el sudor pegajoso en la nuca por el calor de la multitud.

Ahí estaba él, sobre el escenario, con su melena revuelta y esa playera desteñida de El Tri que se le pegaba al pecho sudoroso. "Perrito chingo", gritó, y la gente enloqueció. Yo también. Mi corazón latía al ritmo de la batería, y entre mis piernas sentía ese cosquilleo traicionero que me hacía apretar los muslos.

¿Por qué carajos este wey me pone así? Es el puto cantante de El Tri, no un chavo cualquiera del gym.
Sus ojos barrieron la sala, y juro que por un segundo se clavaron en los míos. Me mordí el labio, imaginando sus manos callosas recorriéndome la piel.

El concierto fue una chingonería: "Abuso de autoridad", "Triste canción de amor", cada rola me calaba hondo. Al final, cuando bajaron del escenario, un security me miró raro porque tenía pases backstage. Una amiga me los había rifado, y ahí fui, con las rodillas temblando. El pasillo olía a cerveza derramada y colonia barata, las paredes grafiteadas con frases de las rolas. Entré al camerino, y él estaba ahí, secándose el sudor con una toalla, riendo con la banda.

"Órale, ricura, ¿vienes a felicitar al rey de la noche?", dijo con esa voz cascarrabias que me erizaba la piel. Era más guapo de cerca, con arrugas de experiencia que lo hacían irresistible. "Soy Karla, carnal, tu fan número uno desde que eras morrillo en Tríptico", le contesté, coqueta, acercándome lo suficiente para oler su aroma: sudor masculino, tabaco y algo salvaje. Me miró de arriba abajo, sonriendo pícaro. "¿Fan? Eso se nota en tus ojos, mamacita. ¿Quieres una chela fría?"

Nos quedamos platicando mientras la banda se largaba. Hablamos de rolas, de la vida en el rock mexicano, de cómo él seguía chambeando a sus sesenta y tantos como si tuviera veinte. Su risa era grave, vibrante, y cada vez que rozaba mi brazo accidentalmente, sentía chispas.

Esto no puede estar pasando. El cantante de El Tri me está viendo como si quisiera comerme viva.
"¿Sabes qué? Vamos a un lugar más tranqui, ¿no? Mi hotel está cerca", soltó de repente, y yo asentí, con el pulso acelerado y la tanga ya húmeda.

Acto dos: la escalada

El taxi nos dejó en un hotel chido en Polanco, con lobby de luces tenues y alfombras suaves que ahogaban nuestros pasos. Subimos en el elevador, solos, y el aire se cargó de tensión. Él se acercó, su aliento cálido en mi oreja: "Desde el escenario te vi, Karla. Movías las caderas como si bailaras para mí". Lo miré, mordiéndome el labio otra vez. "Es que tú me mueves todo, rockero". Sus labios rozaron los míos, un beso tentativo al principio, probando, y luego hambriento. Sabía a cerveza y a victoria, su lengua explorando la mía con la misma rudeza de sus rolas.

En la suite, las cortinas corridas dejaban entrar la luz de la ciudad, pintando su cuerpo de sombras. Se quitó la playera, revelando un torso marcado por años de giras, vello oscuro que bajaba hasta su abdomen. Yo me desabroché el top, dejando que mis tetas saltaran libres, pezones duros como piedras. "Chingada madre, qué chula estás", gruñó, atrayéndome contra él. Su piel ardía, áspera por el sudor seco, y yo pasé las uñas por su espalda, sintiendo los músculos tensarse.

Nos besamos de pie, devorándonos. Sus manos grandes amasaron mis nalgas, levantándome contra su dureza. Sentí su verga tiesa presionando mi vientre, gruesa y pulsante.

Esto es real, wey. El cantante de El Tri me va a coger como en mis fantasías más calientes.
Lo empujé a la cama king size, con sábanas de algodón fresco que contrastaban con nuestro calor. Me arrodillé entre sus piernas, desabrochando su jeans. Su pito saltó libre, venoso, con un olor almizclado que me hizo salivar. Lo lamí desde la base, saboreando la sal de su piel, hasta meterlo en mi boca. Él jadeó, enredando los dedos en mi pelo: "Así, rica, chúpamela rico".

Lo succioné con ganas, sintiendo cómo se hinchaba más, mis labios estirados, la baba resbalando. Sus gemidos eran música, roncos como "Todo me sale mal". Me levantó, volteándome sobre el colchón. Besó mi cuello, mordisqueando, bajando por mi espina hasta mi culo. Sus dedos separaron mis labios, húmedos y hinchados. "Estás empapada, puta", murmuró, y metió dos dedos adentro, curvándolos contra mi punto G. Grité, arqueándome, el placer como un rayo. El sonido de mis jugos chorreando, su respiración agitada, el olor a sexo llenando la habitación.

Me puso a cuatro patas, su verga rozando mi entrada. "Dime si quieres que te meta", pidió, voz temblorosa de deseo. "Sí, cabrón, cógeme ya", supliqué. Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Era enorme, estirándome deliciosamente, y yo empujé hacia atrás, queriendo más. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un choque de pieles húmedas, slap-slap, mis tetas balanceándose. Aceleró, agarrándome las caderas, gruñendo: "Eres una chingona en la cama". Yo gemía sin control, el placer subiendo como una ola, mis paredes apretándolo.

Acto tres: la liberación

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo rebotaba, sintiendo su pito golpear profundo. Sudor nos unía, resbaloso, el aroma de nuestros cuerpos mezclándose con el perfume del hotel.

Esto es el cielo, el cantante de El Tri es mío esta noche.
Él se incorporó, mamando mis tetas, mordiendo suave, y yo aceleré, mis muslos temblando. "Me vengo, Karla, agárrate", avisó, y su verga se hinchó, eyaculando chorros calientes dentro de mí. Eso me llevó al borde: mi coño se contrajo en espasmos, orgasmos múltiples que me dejaron jadeante, visión borrosa.

Colapsamos, enredados, su pecho subiendo y bajando contra el mío. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Eres increíble, ricura. Vuelve cuando quieras", susurró, acariciando mi pelo. Yo sonreí, exhausta, sintiendo su semen escurrir entre mis piernas, marca de nuestra locura. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en esa cama, habíamos compuesto nuestra propia rola.

Al amanecer, me vestí con piernas flojas, él dormido como angelito rockero. Salí con una sonrisa, el sabor de él en mi boca, el eco de su voz en mi alma.

La noche con el cantante de El Tri no fue sueño. Fue puta realidad.
Y supe que volvería por más.

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