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El Trío de Hoyos en la Bolsa

6743 palabras

El Trío de Hoyos en la Bolsa

Estaba en mi depa en la Condesa, con las luces tenues y el aire cargado de ese olor a jazmín que tanto me gusta prender en las velitas. Yo, Karla, de veintiocho pirulos, con mi cuerpo curvilíneo que siempre ha vuelto locos a los weyes, había invitado a Diego y a Luis, dos carnales guapísimos que conocí en una fiesta en Polanco. Diego, alto, moreno, con tatuajes que se asomaban por su camisa ajustada, y Luis, más delgadito pero con unos ojos verdes que te derriten. Habíamos coqueteado mil veces, pero esta noche quería algo más. Algo chido, algo que nos volara la cabeza.

Estábamos en el sofá de piel, con unas chelas frías en la mano, riéndonos de pendejadas. El calor de la noche se colaba por la ventana abierta, trayendo el rumor lejano de los coches en Insurgentes. Mi corazón latía fuerte, sentía el pulso en las sienes mientras los veía, imaginando sus manos en mi piel. Neta, Karla, es ahora o nunca, me dije. Tomé un trago y solté la bomba:

¡Weyes, ¿qué les parece si jugamos a el trío de hoyos en la bolsa? Mis tres hoyos listos pa' que los llenen como se les antoje. Todo chingón, consensual y sin drama.

Diego casi escupe su chela, riendo con esa sonrisa pícara. Luis se sonrojó un poquito, pero sus ojos brillaban de pura lujuria. "¿En serio, carnala? ¿Los tres hoyos en la bolsa?" dijo Diego, acercándose. Luis asintió, poniendo su mano en mi muslo desnudo bajo la falda corta. "Órale, pues. Si tú mandas, nosotros obedecemos... por mientras."

El aire se espesó de inmediato. Sentí el calor subir por mi pecho, mis pezones endureciéndose contra el brasier de encaje. Comenzamos con besos suaves, sus labios calientes y ásperos rozando los míos. Diego me tomaba la cara, su lengua explorando mi boca con sabor a cerveza y menta, mientras Luis besaba mi cuello, mordisqueando suave, enviando chispas por mi espina. Olía a su colonia masculina, mezclada con el sudor ligero de anticipación. Mis manos bajaron a sus entrepiernas, sintiendo las vergas endureciéndose bajo los jeans. Qué ricas, duras como piedras.

Me levantaron entre los dos, caminando al cuarto. La cama king size nos esperaba, con sábanas de algodón egipcio frescas al tacto. Me quitaron la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. El sonido de las cremalleras bajando era como música, mezclado con nuestras respiraciones agitadas. Desnuda, me recosté, abriendo las piernas. "Empiecen por el primero", susurré, guiando la mano de Luis a mi boca. Él metió dos dedos, y yo los chupé con ganas, lamiendo, saboreando su piel salada. Diego se arrodilló entre mis piernas, inhalando profundo mi aroma de excitación, ese olor dulce y almizclado que sale cuando estoy mojada hasta los huesos.

Su lengua tocó mi clítoris primero, un roce eléctrico que me hizo arquear la espalda. ¡Pinche lengua mágica! Lamía despacio, círculos lentos, chupando mis labios hinchados. Sentía cada lamida como fuego líquido, mis jugos cubriendo su barbilla. Luis sacó los dedos de mi boca y los bajó a mi culo, untándolos con saliva, probando el segundo hoyo. Presionó suave, y yo empujé contra él, abriéndome. "Qué apretadito, Karla", murmuró, metiendo un dedo poquito a poco. El estiramiento ardía rico, un dolor placentero que me hacía gemir bajito.

La tensión crecía como una tormenta. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, mamando la verga de Diego mientras Luis me comía el coño desde atrás. La polla de Diego era gruesa, venosa, llenándome la boca con su sabor salado y un toque amargo de precum. La chupaba hondo, garganta profunda, oyendo sus gruñidos roncos: "¡Neta, qué mamada chingona!". Luis lamía mi panocha, metiendo la lengua adentro, luego bajaba al ano, alternando. Mis caderas se movían solas, rozando su cara barbuda, sintiendo la humedad chorrear por mis muslos. El cuarto olía a sexo puro: sudor, fluidos, deseo crudo.

Pero queríamos más. "Ahora el trío completo", jadeé. Me puse a cuatro patas, perfecta pa' ellos. Diego se colocó atrás, frotando su verga en mi entrada vaginal, lubricada al mil. Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Qué llena me siento! Sus caderas chocaban contra mi culo con palmadas húmedas, rítmicas. Luis se hincó frente a mí, y yo volví a mamarlo, sincronizando los movimientos. Pero faltaba el tercero. Diego escupió en mi ano, preparándolo, y metió un dedo mientras follaba mi coño. Luego, sacó su verga, la untó con mis jugos, y la puso en mi culo.

"¿Lista, reina?", preguntó. Asentí, mordiendo el labio. Entró despacio, el anillo muscular cediendo con un ardor intenso que se volvió placer puro. Ahora tenía dos vergas dentro: Luis en mi boca, Diego alternando entre coño y culo. No, espera: cambiaron. Luis se movió atrás, metiendo su verga más delgada pero larga en mi culo, mientras Diego follaba mi panocha. Doble penetración, el trío de hoyos en la bolsa completo. Sentía sus pollas rozándose a través de la delgada pared interna, un roce que me volvía loca. El sonido era obsceno: chapoteos, gemidos, piel contra piel resbalosa. Sudor goteaba por sus pechos, salpicando mi espalda. Olía a todo: su sudor salado, mi excitación dulce, el leve olor a cuero de la cama.

La intensidad subía. Mis tetas rebotaban con cada embestida, pezones rozando las sábanas ásperas. Internalmente gritaba: ¡Más fuerte, weyes, rómpanme! Ellos aceleraron, Diego gruñendo "¡Me vengo, Karla!", y Luis "¡Juntos, carnal!". Sentí las contracciones primero en mi coño, un orgasmo que explotó como volcán, jugos salpicando. Luego el culo se apretó, milking their cocks. Ellos se corrieron casi al unísono: Diego llenando mi panocha con chorros calientes, espesos, que sentí resbalar adentro. Luis en mi boca, tragué lo que pude, el resto chorreando por mi barbilla, sabor intenso a hombre.

Colapsamos en un enredo de cuerpos temblorosos, piel pegajosa de sudor y semen. Besos suaves ahora, caricias tiernas en el pelo, en la espalda. El cuarto aún vibraba con nuestros jadeos calmándose, el olor a sexo persistiendo como un perfume embriagador. Diego me abrazó por un lado, Luis por el otro. "Neta, Karla, eso fue épico. El mejor trío de hoyos en la bolsa ever", dijo Luis riendo bajito. Yo sonreí, satisfecha, empoderada. Yo lo propuse, yo lo disfruté al máximo. Qué chido ser dueña de mi placer.

Mientras el sol empezaba a asomarse, trayendo frescura al aire caliente, nos quedamos así, platicando pendejadas, planeando la próxima. Esa noche no solo llenaron mis hoyos; llenaron mi alma de puro fuego vivo. Y yo, lista pa' más aventuras en esta ciudad que nunca duerme.

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