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Celoso Trío Los Panchos

6650 palabras

Celoso Trío Los Panchos

La noche caía suave sobre la playa de Puerto Vallarta, con el rumor de las olas rompiendo como un susurro eterno. Yo, Marco, estaba recargado en la terraza de nuestra cabaña rentada, con un mezcal en la mano, mirando cómo Sofia bailaba despacio al ritmo de Los Panchos que salía del viejo tocadiscos. Su vestido ligero se pegaba a sus curvas por la brisa salada, y el olor a coco de su piel me volvía loco. Habíamos venido a desconectarnos, solo ella y yo, pero Sofia siempre tenía esa chispa traviesa que me ponía los nervios de punta.

"Mira, mi amor", dijo ella con esa voz ronca que me erizaba la piel, "¿por qué no invitamos a Luis? Está aquí en la playa, solo, y es buen amigo". Luis, el wey alto y moreno que había conocido en el bar la noche anterior. Sentí un pinchazo en el pecho, celos como un trago de limón en la herida. ¿Por qué carajos quería meter a un tercero? Pero vi sus ojos brillando, esa sonrisa pícara, y mi verga dio un salto traicionero. "Está bien, güey", murmuré, fingiendo calma, mientras el bolero de Los Panchos llenaba el aire con notas melosas.

Luis llegó rápido, con una botella de tequila bajo el brazo y una playera ajustada que marcaba sus músculos. Saludó con un abrazo a Sofia que duró un segundo de más, y yo apreté el vaso. Nos sentamos en la sala abierta, con velas parpadeando y el mar de fondo. El tocadiscos siguió con "Celoso", esa rola que habla de amores que queman por dentro.

¿Por qué chingados estoy dejando que pase esto? ¿O es que en el fondo me prende?
pensé, mientras Sofia se reía de las bromas de Luis, su mano rozando mi muslo accidentalmente... o no.

El tequila fluía, caliente por la garganta, soltando lenguas y tensiones. Sofia se paró a bailar entre los dos, su cadera ondulando como las olas. "Ven, Marco, baila conmigo", me jaló, y yo me pegué a ella, sintiendo su culo firme contra mi entrepierna ya dura. Luis nos miró con ojos hambrientos, y en vez de enojarme, un calor me subió por el cuerpo. Ella giró, besó mi cuello, saboreando el sudor salado, y luego, sin aviso, rozó los labios de Luis. Fue un beso ligero, juguetón, pero mis celos se retorcieron como una serpiente. "¿Qué pasa, celoso?", me picó ella, su aliento a tequila y menta. "¿O te gusta ver?"

La música de celoso trío Los Panchos parecía hecha para nosotros, con esas guitarras que rasgaban el alma. Me acerqué, la tomé de la cintura y la besé con fuerza, metiendo la lengua hasta el fondo, marcándola como mía. Luis no se quedó atrás; su mano grande subió por el muslo de Sofia, levantando el vestido. Ella gimió en mi boca, un sonido que vibró hasta mis huevos. "Sí, mis amores", jadeó, "esto es lo que quiero". Consentió todo con los ojos, con el cuerpo arqueándose hacia nosotros. Yo asentí, el corazón latiéndome como tambor, y Luis sonrió, quitándose la playera para revelar un torso tatuado y bronceado.

La llevamos a la cama king size, con sábanas blancas oliendo a lavanda fresca. Sofia se recostó, abriendo las piernas despacio, su concha ya húmeda brillando a la luz de la luna que entraba por la ventana. Yo me arrodillé primero, besando su ombligo, bajando hasta lamerla con hambre. Su sabor ácido y dulce me inundó la boca, mientras ella gemía "¡Ay, Marco, qué rico!". Luis se acercó por el otro lado, mamando sus tetas grandes, los pezones duros como piedras. Sentí su mano rozar la mía accidentalmente, y en vez de apartarla, la dejé ahí. Los celos se mezclaban con la lujuria, un cóctel ardiente.

Soy un pendejo celoso, pero ver cómo Luis la chupa me pone como toro
, pensé, mientras metía dos dedos en ella, sintiendo cómo se contraía, empapada. Sofia nos jaló a los dos, besándonos alternadamente, su lengua danzando entre nuestras bocas. "Quítense todo", ordenó con voz de reina, y obedecimos. Mi verga saltó libre, venosa y tiesa; la de Luis era más gruesa, palpitando. Ella las tomó en las manos, masturbándonos despacio, el sonido de piel contra piel mezclándose con los gemidos y el bolero lejano.

La tensión subía como la marea. La puse de rodillas, yo atrás, embistiéndola con fuerza, sintiendo su calor apretándome. "¡Más duro, cabrón!", gritó, y Luis se metió en su boca, follándole la garganta. El cuarto olía a sexo, a sudor macho y su jugo dulce. Veía cómo lo mamaba, saliva chorreando, y mis celos se volvían combustible: la cogí más rápido, cacheteándola el culo hasta dejarlo rojo. Ella se corrió primero, temblando, gritando nuestro nombres, su concha ordeñándome la verga.

Pero no paró ahí. Sofia, empoderada y jadeante, nos empujó a los dos a la cama. "Ahora yo mando", dijo, montándome a mí primero, su coño tragándoseme entero, rebotando con tetas saltando. Luis se arrodilló frente a ella, y ella lo chupó mientras me cabalgaba, el colchón crujiendo bajo nosotros. Yo la agarré de las nalgas, sintiendo el roce de los huevos de Luis contra los míos cuando se movía. Los Los Panchos seguían sonando, "Celoso" en loop en mi cabeza, pero ya no dolía; era placer puro.

Cambiaron posiciones fluidas, como un baile consentido. Luis la penetró de misionero, yo a su lado, ella mamándome mientras él la taladraba. Su piel brillaba de sudor, el aire cargado de gemidos roncos, el slap-slap de carne chocando. "¡Voy a venir!", gruñó Luis, y ella lo apretó con las piernas: "Adentro, mi amor". Él explotó, llenándola, y yo la volteé rápido, metiéndosela en el culo resbaloso por el semen, cogiéndola hasta que mi mundo blanco estalló, corriéndome profundo con un rugido.

Caímos los tres enredados, respiraciones agitadas, cuerpos pegajosos. Sofia en medio, besándonos las caras, el pecho subiendo y bajando. El mar susurraba afuera, las velas casi apagadas. Mis celos se habían disuelto en esa niebla de placer, dejando solo ternura. "Gracias, mis celosos", murmuró ella, riendo bajito. Luis y yo nos miramos, cómplices ahora, con una palmada en la espalda. El tocadiscos calló al fin, pero la noche aún vibraba con nosotros.

Al amanecer, con el sol dorando la piel desnuda, Sofia se acurrucó contra mí, su mano en mi verga floja. "¿Ves? No hay nada que temer", susurró. Yo sonreí, oliendo su cabello a sal y sexo. Los Panchos habían sido el catalizador perfecto para ese celoso trío, una noche que nos unía más que nunca. El deseo no era posesión, sino compartir el fuego.

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