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Odiame Trio Ardiente

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Odiame Trio Ardiente

La noche en Polanco estaba pinche viva, con luces neón rebotando en los cristales de los edificios altos y el olor a tacos al pastor mezclándose con perfumes caros. Yo, Ana, había salido con mis amigas a quemar la tarjeta en un antro de esos que solo entran los que traen lana. Llevaba un vestido negro ceñido que me hacía sentir como diosa, con el escote justo para volver locos a los güeyes. Bailaba con un shot de tequila en la mano cuando los vi: Marco y Luisa, una pareja que parecía sacada de una revista de moda. Él alto, moreno, con barba recortada y ojos que te desnudan; ella rubia teñida, curvas de infarto y una risa que invitaba a pecar.

Se acercaron bailando pegaditos, sus cuerpos moviéndose al ritmo del reggaetón. Órale, preciosa, ¿vienes sola o qué? me dijo Marco, con esa voz grave que te eriza la piel. Luisa se pegó a mí por detrás, su aliento cálido en mi cuello oliendo a margarita. Únete al odiame trio, mami. Nosotros nos odiamos tanto que terminamos follando como animales. Reí, pensando que era un juego, pero sus miradas decían otra cosa. El corazón me latió fuerte, un calor subiéndome desde el estómago. ¿Por qué no? Hacía meses que no sentía esa chispa, esa hambre de piel contra piel.

¿Y si digo que sí? ¿Me arrepentiré o será la noche que cambie todo?
Nos fuimos de ahí en su camioneta negra, el viento de la noche colándose por las ventanas abiertas, trayendo el aroma de jazmines de algún jardín cercano. Llegamos a su penthouse en Lomas, con vista a la ciudad brillando como diamantes. Adentro, todo minimalista y chido: sofá de cuero, luces tenues y una botella de mezcal esperándonos. Marco sirvió, sus dedos rozando los míos al pasarme el vaso. Luisa se sentó en mis piernas, su falda subiéndose lo justo para mostrar muslos suaves.

El odiame trio empieza así, murmuró ella, mordiéndome el lóbulo de la oreja. Te odio por ser tan rica, por moverte como puta en la pista. Su voz era ronca, juguetona. Marco se acercó, tomándome la barbilla. Y yo te odio a ti, cabrona, por coquetear con extraños. Pero sus ojos ardían de deseo. Me recorrió un escalofrío delicioso, el mezcal quemándome la garganta mientras sus palabras me mojaban entre las piernas. Respondí al juego: Los odio a los dos, pendejos, por hacerme esto. Nos reímos, pero el aire se cargó de tensión, como antes de una tormenta.

Luisa me besó primero, sus labios carnosos saboreando a sal y tequila, lengua danzando con la mía en un ritmo lento que me dejó sin aliento. Olía a vainilla y sudor fresco. Marco observaba, su mano deslizándose por mi espalda, bajando la cremallera del vestido. Sentí el aire fresco en mi piel desnuda, pezones endureciéndose al instante. Te odio por tener tetas perfectas, gruñó él, chupando uno con hambre, su barba raspando delicioso. Gemí, arqueándome, el sonido de mi propia voz ahogado en la boca de Luisa.

Esto es una locura, pero qué chingón se siente. Sus toques me prenden como mecha.
La llevé al sofá, tumbándola, besando su cuello mientras Marco me quitaba las bragas de encaje. Sus dedos exploraron mi humedad, Estás empapada, zorra, dijo riendo, pero con cariño. Lamí el vientre de Luisa, bajando hasta su sexo depilado, sabor salado y dulce invadiéndome la lengua. Ella jadeaba, agarrándome el pelo: ¡Más, pinche rica! Te odio por comerme así. Marco se desnudó, su verga gruesa y dura saltando libre, venas palpitando. Me puse de rodillas, tomándola en la boca, sintiendo su grosor estirarme los labios, el olor almizclado de su excitación llenándome las fosas nasales.

El ritmo subió. Marco me penetró por detrás mientras yo devoraba a Luisa, sus embestidas profundas haciendo que mis gemidos vibraran en ella. El slap-slap de piel contra piel resonaba en la habitación, mezclado con nuestros jadeos y el zumbido lejano de la ciudad. Sudor nos cubría, brillando bajo las luces, el olor a sexo crudo impregnando todo. Luisa se corrió primero, su cuerpo temblando, ¡Chingada madre, sí!, chorro caliente en mi boca. Yo la seguí, contrayéndome alrededor de Marco, olas de placer rompiéndome en pedazos.

Pero no paramos. Cambiamos posiciones como en un baile prohibido. Luisa encima de mí en 69, sus nalgas firmes en mi cara, yo lamiendo su clítoris hinchado mientras ella me devoraba. Marco nos follaba alternando, primero a ella haciendo que gritara en mi sexo, luego a mí, su punta golpeando mi punto G. Los odio por hacerme venir otra vez, balbuceé entre lamidas, el fuego en mi vientre creciendo imparable. Sus manos everywhere: pellizcando pezones, azotando nalgas suaves, dedos en culos juguetones pero sin forzar.

Siento sus pulsos latiendo conmigo, como si fuéramos uno solo en este odiame trio. Odio lo bien que encajamos, lo que me hacen sentir viva.
La intensidad escaló, cuerpos resbalosos entrelazados. Marco se tensó, gruñendo Voy a..., y se corrió dentro de mí con chorros calientes, su semen goteando mientras Luisa y yo nos frotábamos clítoris contra clítoris, persiguiendo el pico final. El orgasmo nos golpeó juntas, un estallido de luces detrás de mis ojos cerrados, gritos roncos llenando el aire. Colapsamos en un montón sudoroso, pechos agitados, risas entre jadeos.

Después, en la calma, nos acurrucamos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio refrescando nuestra piel ardiente. Marco trajo agua fría y frutas: mango jugoso, su dulzor contrastando con el sabor salado aún en mi boca. Luisa me acarició el pelo, Gracias por unirte al odiame trio, amor. Eres increíble. Marco besó mi frente, Regresa cuando quieras, sin odio esta vez. Miré la ciudad dormida desde la ventana, luces parpadeando como estrellas caídas.

Esta noche no fue solo sexo, fue conexión pura. Me odio un poco por no haberlo hecho antes, pero los amo por dármelo todo.
Me vestí con piernas temblorosas, besos de despedida que prometían más. Bajé al valet, el amanecer tiñendo el cielo de rosa, y subí a un taxi con una sonrisa que no se borraba. El odiame trio había encendido algo en mí que no se apagaría fácil.

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