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Trio Ardiente con el Profesor

6254 palabras

Trio Ardiente con el Profesor

Estaba sentada en el auditorio de la universidad, mordiéndome el labio inferior mientras el profesor Ramírez explicaba la teoría de la relatividad con esa voz grave que me erizaba la piel. Era un hombre de unos cuarenta, alto, con barba recortada y ojos cafés que parecían desnudarte con solo una mirada. Yo, Ana, estudiante de física en la UNAM, no podía concentrarme. A mi lado, mi mejor amiga Sofía me guiñaba el ojo, susurrando "Órale, güey, ese profesor está para comérselo". Las dos habíamos hablado de él mil veces, fantaseando con un trio con el profesor que nos volviera locas. Pero hoy, después de la clase, íbamos a hacer que pasara de la fantasía a la realidad.

Salimos del salón con el corazón latiéndonos a mil. El pasillo olía a café recién hecho del carrito de la entrada y a libros viejos de la biblioteca cercana. Sofía, con su falda corta que dejaba ver sus muslos bronceados, me jaló del brazo. "Vamos a su oficina, Ana. Recuerda lo que planeamos: le pedimos 'ayuda extra' con el examen". Mi pulso se aceleró, un calor húmedo ya se acumulaba entre mis piernas solo de imaginarlo. Subimos las escaleras, el eco de nuestros tacones resonando como un tambor de deseo. Llegamos a la puerta entreabierta de su oficina, donde él guardaba pilas de exámenes y posters de ecuaciones cuánticas.

Llamamos con los nudillos. "Adelante", dijo con esa tonada norteña que me hacía derretir. Entramos, cerrando la puerta con llave sin que se diera cuenta al principio. Él levantó la vista de sus papeles, ajustándose los lentes. "¿Qué pasa, chicas? ¿Dudas del examen?". Sofía se acercó primero, sentándose en el borde de su escritorio, cruzando las piernas para que su falda subiera un poco más. Yo me quedé atrás, sintiendo el aire acondicionado fresco contra mi blusa ajustada, mis pezones endureciéndose bajo la tela.

"Profesor, necesitamos su... guía personal", ronroneó Sofía, pasando un dedo por su brazo. Él parpadeó, pero no se apartó. Olía a colonia masculina, madera y un toque de sudor limpio del día largo. Mi mente gritaba:

¡Esto es, el trio con el profesor que soñamos! No te rajes ahora, Ana.
Me acerqué, rozando mi cadera contra la suya al pasar. "Sí, profe, nos urge mejorar nuestras calificaciones... y algo más". Sus ojos se oscurecieron, recorriéndonos de arriba abajo. "Esto no es ético, chicas", murmuró, pero su voz temblaba de excitación.

Sofía no perdió tiempo. Se inclinó y lo besó, suave al principio, sus labios carnosos contra los suyos. Él gruñó, respondiendo con hambre, sus manos grandes subiendo por sus muslos. Yo observaba, mi respiración agitada, el olor a su excitación empezando a llenar la habitación: almizcle puro, deseo crudo. Me uní, besando su cuello, saboreando la sal de su piel. "Pendejos si no lo hacemos", susurré juguetona, y él rio bajito, jalándome hacia él. Sus manos exploraban, una en la cintura de Sofía, la otra desabotonando mi blusa. Sentí sus dedos callosos contra mi piel suave, enviando chispas por mi espina.

Nos movimos al sofá viejo de la oficina, donde él solía leer tesis. Sofía se arrodilló primero, desabrochando su pantalón con dientes, liberando su verga gruesa, ya dura como piedra. Olía a hombre puro, venoso y palpitante. "Mira qué chingona, Ana", dijo ella, lamiendo la punta con deleite, su lengua rosada girando. Él jadeó, "Chingado, qué ricas son ustedes". Yo me quité la falda, quedando en tanga negra, mi panocha mojada empapándola. Me senté a horcajadas en su cara, bajando despacio hasta que su lengua me encontró. ¡Ay, cabrón! Lamía como experto, chupando mi clítoris hinchado, el sonido húmedo de su boca contra mí llenando el aire. Sabía a mi excitación salada, dulce, mientras yo gemía bajito, mis tetas rebotando libres.

Sofía lo mamaba profundo, sus labios estirados alrededor de su grosor, saliva goteando por su barbilla. Él metía dedos en ella, curvándolos para golpear ese punto que la hacía arquearse.

Esto es el paraíso, el trio con el profesor superando cualquier sueño
, pensé, mientras montaba su rostro, mis jugos cubriéndole la barba. Cambiamos posiciones: yo en su verga, hundiéndome lento, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. "¡Qué apretadita, pinche rica!", gruñó él, sus caderas embistiéndome. Sofía se sentó en su pecho, él lamiéndola mientras yo cabalgaba, nuestros cuerpos chocando con palmadas sudorosas.

El sudor nos perlaba la piel, el aire denso con olor a sexo: panochas húmedas, verga lubricada, piel caliente. Sofía y yo nos besamos sobre él, lenguas enredadas, tetas rozándose, pezones duros como balas. "Te quiero tanto, carnala", le dije, y ella sonrió pícara, pellizcándome un pezón. Él nos volteó, poniéndome a cuatro, penetrándome por atrás con fuerza, su vientre contra mi culo redondo. Sofía debajo de mí, chupándome las tetas, luego mi clítoris mientras él me taladraba. Los gemidos se volvieron gritos ahogados: "¡Más duro, profe! ¡Chínganos!".

La tensión crecía como una tormenta. Mis paredes se contraían alrededor de su verga, pulsando. Sofía se tocaba furiosa, sus jugos chorreando por sus dedos. Él aceleró, "Me vengo, cabronas", y explotamos juntos. Sentí su leche caliente llenándome, chorros espesos golpeando mi interior, mientras yo squirteaba en la boca de Sofía, temblores sacudiéndome entera. Ella gritó su orgasmo, mordiendo mi muslo suave. Colapsamos en un enredo de piernas y brazos, respiraciones jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos.

Después, en el afterglow, él nos abrazó, besándonos las frentes. "Eso fue... inolvidable, chicas". Nos vestimos lento, risas compartidas, promesas de más "clases privadas". Salimos de la oficina con piernas temblorosas, el pasillo ahora oliendo a nuestra aventura secreta.

El trio con el profesor no fue solo sexo; fue conexión, fuego puro que nos cambió
. Caminamos hacia el metro, el sol de la Ciudad de México calentándonos la piel, sabiendo que habíamos vivido el pinche sueño hecho realidad.

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