Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Música de Los Trío Los Panchos en Cuerpos Entrelazados Música de Los Trío Los Panchos en Cuerpos Entrelazados

Música de Los Trío Los Panchos en Cuerpos Entrelazados

7334 palabras

Música de Los Trío Los Panchos en Cuerpos Entrelazados

La noche caía suave sobre la Ciudad de México, con ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos. Tú entras al departamento en la Condesa, el aire cargado de jazmines del balcón y un olor a tequila reposado que tu vieja ya había destapado. Ella, Karla, te espera recargada en la puerta de la cocina, con un vestido negro ceñido que marca cada curva de su cuerpo moreno y prieto. Sus ojos cafés brillan con esa picardía que te pone la piel de gallina.

«Neta, carnal, llegaste justo a tiempo. Hoy hay música de Los Trío Los Panchos pa' ponernos románticos», dice con esa voz ronca que te eriza los vellos de la nuca.

Tú sonríes, sientes el pulso acelerarse mientras dejas la chamarra en el sofá. La bocina Bluetooth ya está conectada, y de pronto, la melodía de "Quizás, quizás, quizás" llena el espacio. Esa guitarra suave, los tres voces entrelazadas como amantes enredados, te envuelve. El ritmo bolero es lento, sensual, como un caricia que sube por la espalda.

Karla se acerca, sus caderas balanceándose al compás. Toma tu mano, la pone en su cintura, y tú sientes la tela delgada del vestido, cálida por su piel debajo. Chin, qué rica está esta morra, piensas, mientras tu otra mano sube a su cuello, oliendo su perfume de vainilla mezclado con el sudor ligero de la tarde. Bailan pegados, pecho contra pecho, sus tetas firmes presionando tu torso. El sonido de la música se mezcla con su respiración agitada en tu oído.

La primera copa de tequila pasa rápido, quemando la garganta, aflojando los nudos. Hablan de tonterías, de cómo la música de Los Trío Los Panchos siempre les ha recordado esas noches en Acapulco, cuando eran novios y se comían a besos en la playa. Pero hay tensión en el aire, un deseo que bulle desde que cruzaste la puerta. Sus labios rozan tu oreja al susurrar: «Te extrañé todo el día, wey. Me tienes mojadita nomás de pensarte».

Tú la aprietas más, sientes su culo redondo bajo tus dedos, duro y suave a la vez. La canción cambia a "Sombras", más oscura, más intensa. Sus bocas se encuentran en un beso hambriento, lenguas danzando como la música. Sabe a tequila y a menta, su saliva tibia inundándote. Tus manos bajan por su espalda, levantando el vestido poco a poco, tocando la piel desnuda de sus muslos. Ella gime bajito contra tu boca, un sonido que vibra en tu pecho y te pone la verga dura como piedra.

Esto apenas empieza, piensas, mientras la guías al sofá sin soltarla. La música sigue sonando, envolviéndolos en su manto romántico. Karla se sienta a horcajadas sobre ti, el vestido subido hasta la cintura, revelando unas tangas de encaje negro que apenas cubren su panocha hinchada. Tú acaricias sus piernas, subiendo lento, sintiendo los músculos tensarse bajo tu tacto. El olor a su excitación llega hasta ti, almizclado y dulce, haciendo que tu boca se haga agua.

Ella se inclina, mordisquea tu cuello, dejando marcas rojas que arden delicioso. «Quítame esto, pendejo», ordena juguetona, y tú obedeces, rasgando el vestido con un tirón que la hace reír. Sus tetas saltan libres, pezones oscuros y erectos, pidiendo atención. Los chupas con hambre, lamiendo el sudor salado, sintiendo cómo se endurecen en tu lengua. Karla arquea la espalda, sus uñas clavándose en tus hombros, el dolor mezclado con placer que te hace gruñir.

La levantas en brazos, fuerte y fácil, camino al cuarto. La música de Los Trío Los Panchos se filtra por la puerta, "Rayito de Luna" ahora, evocando lunas y amores eternos. La arrojas a la cama king size, las sábanas frescas contrastando con sus cuerpos calientes. Te quitas la camisa, los pantalones, quedando en boxers que no ocultan tu erección palpitante. Ella se lame los labios, ojos fijos en tu bulto. «Ven acá, cabrón, dame esa verga que tanto quiero».

Tú te arrodillas entre sus piernas abiertas, besas su vientre suave, bajando hasta el borde de las tangas. El olor es intenso ahora, puro sexo, y tú lo inhalas profundo mientras las deslizas. Su panocha depilada brilla húmeda, labios rosados hinchados. La pruebas con la lengua, plano y lento, saboreando su jugo dulce y salado. Karla jadea, agarra tu pelo, empujándote más adentro. «¡Ay, sí, así, no pares, qué rico chingas con la boca!» Su clítoris pulsa bajo tu lengua, y tú lo rodeas en círculos, chupando suave hasta que sus caderas se sacuden.

Pero no la dejas venir aún. Quieres que la tensión crezca, como la música que sube de volumen en el fondo. Te incorporas, te quitas los boxers, tu verga saltando libre, venosa y gruesa, goteando precum. Karla la agarra, masturba lento, sintiendo cada vena bajo su palma cálida. Tú gimes, el placer subiendo por tu columna. «Estás cañón, amor. Métemela ya», suplica ella, guiándote a su entrada.

Empujas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes calientes te envuelven, apretadas y resbalosas. Puta madre, qué chingona está, piensas, mientras ella clava las uñas en tu espalda, dejando surcos rojos. Empiezas a moverte, lento al principio, el sonido de piel contra piel uniéndose a la guitarra bolero. Sus tetas rebotan con cada embestida, y tú las agarras, pellizcando pezones mientras la follas más profundo.

La tensión sube como una ola. Cambian posiciones: ella encima, cabalgándote como amazona, sus caderas girando en círculos que te vuelven loco. Sudor perla su piel morena, goteando sobre tu pecho, salado al lamerlo. La música llega a "Contigo Aprendí", perfecta para este aprendizaje de cuerpos. Tú la sientas, la pones a cuatro patas, admirando su culo perfecto alzado. Le das una nalgada juguetona, el chasquido resonando, y ella ríe: «Más, pendejo, dame duro».

La penetras de nuevo, profundo, tus bolas golpeando su clítoris. Tus manos en sus caderas, tirando de ella contra ti. El cuarto huele a sexo crudo, a sudor y fluidos mezclados. Sus gemidos se vuelven gritos ahogados, «¡Me vengo, cabrón, no pares!» Su coño se contrae alrededor de tu verga, ordeñándote, y tú sientes el orgasmo de ella como un puño caliente.

No aguantas más. La volteas, misionero, piernas en tus hombros para ir más hondo. La miras a los ojos, vidriosos de placer, y aceleras, el placer acumulándose en tus huevos. «Vente conmigo, Karla, lléname», gruñes. Ella asiente, apretándote más, y explotas dentro, chorros calientes llenándola mientras tiemblas entero. El mundo se reduce a ese pulso compartido, la música de Los Trío Los Panchos desvaneciéndose en el fondo.

Caen exhaustos, enredados en las sábanas húmedas. Tú besas su frente sudada, oliendo su pelo revuelto. Ella suspira, acurrucándose en tu pecho. «La mejor noche con esa música de Los Trío Los Panchos, ¿verdad?» Tú ríes bajito, el corazón latiendo calmado ahora. Afuera, la ciudad murmura, pero aquí dentro, solo queda el afterglow, pieles pegajosas y promesas mudas de más noches así.

Se quedan así, escuchando el último bolero hasta que la bocina se apaga sola. Mañana será otro día, pero esta pasión, esta conexión, es eterna como las melodías que los unieron.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.