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El Secreto del Trio en Francés

6887 palabras

El Secreto del Trio en Francés

La noche en Polanco estaba calientita como un tamal recién salido del steamer, con esa brisa que trae olor a tacos de suadero y perfume caro mezclado. Yo, Ana, acababa de salir de mi curro en la agencia de publicidad, con el estrés acumulado en los hombros y un vacío en el pecho que pedía acción. Me metí al bar de la esquina, uno de esos chidos con luces neón y música electrónica que te hace mover las caderas sin querer. Pedí un paloma bien fría, el tequila quemándome la garganta como un beso ardiente.

Allí los vi: Luis y Sofía, sentados en la barra, riendo con esa complicidad que te pone celosita pero también curiosa. Él, moreno, con brazos tatuados y una sonrisa pícara que gritaba wey, ven pa'cá. Ella, rubia con acento francés, pechos generosos asomando por un escote que hipnotizaba, y ojos verdes que te desnudaban con la mirada. Me cacharon mirando y me invitaron a su mesa.

"¡Órale, güerita! ¿Qué pedo? Únete, que la noche está para locuras."
Dijo Luis, con voz ronca que me erizó la piel.

Charlamos de todo: de la pinche vida en la CDMX, de viajes a Cancún y de cómo el amor en pareja a veces necesita un extra. Sofía se acercó, su perfume a vainilla y jazmín invadiendo mi espacio, y me susurró al oído:

"¿Has probado un trio en francés? Es como un beso eterno, pero con tres lenguas danzando."
Sentí un cosquilleo entre las piernas, neta, mi panocha se humedeció al instante. ¿Yo? ¿En un trío? Siempre había sido la buena onda, la que fantaseaba pero no actuaba. Pero esa noche, con el tequila aflojándome las neuronas, dije que sí.

¿Qué chingados estoy haciendo? Pensé mientras subíamos al Uber rumbo a su depa en Lomas. El tráfico de la Reforma zumbaba afuera, luces parpadeando como mis dudas. Luis me tomaba la mano, su palma cálida y áspera rozando mis dedos, enviando chispas por mi espina. Sofía, en el otro lado, apoyaba la cabeza en mi hombro, su cabello sedoso oliendo a shampoo exótico.

"Relájate, chula, va a ser inolvidable."
Me dijo ella, y su aliento caliente en mi cuello me hizo jadear bajito.

Llegamos al depa, un penthouse con vista al skyline, luces tenues y una cama king size que parecía gritar ven a revolcarte. Pusieron jazz francés suave, esa trompeta sensual que te mete en mood. Empezamos con copas de vino tinto, el sabor afrutado explotando en mi boca mientras nos contábamos secretos. Luis confesó que Sofía era su musa parisina, llegada hace un año a México por amor. Yo hablé de mi ex pendejo que nunca me satisfizo del todo. La tensión crecía como una tormenta: miradas que se demoraban, roces accidentales que no lo eran.

Sofía fue la primera en actuar. Se paró, se quitó el vestido rojo dejando ver lencería negra que abrazaba sus curvas perfectas. Su piel pálida brillaba bajo la luz, pezones rosados endureciéndose al aire. Me jaló hacia ella, sus labios suaves encontrando los míos en un beso que sabía a vino y deseo. Lengua experta, danzando como en un tango francés, chupando mi inferior con hambre. Luis nos miraba, su verga ya marcada en el pantalón, ojos oscuros ardiendo.

Me desvistieron entre risas y gemidos. Sus manos everywhere: las de él grandes y firmes amasando mis nalgas, las de ella delicadas pellizcando mis tetas. Olía a sudor fresco, a excitación femenina dulce y almizclada.

"Mira qué rica estás, Ana. Tu conchita ya brilla."
Murmuró Sofía, hincándose para lamer mi ombligo bajando lento. Sentí su lengua caliente trazando mi monte de Venus, el vello púbico erizándose. Luis se unió, besándome el cuello mientras se sacaba la camisa, su pecho musculoso presionando contra mí. El corazón me latía como tamborazo zacatecano, pulsos acelerados en las sienes.

Caímos a la cama, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Empezó el verdadero trio en francés: besos triples, lenguas entrelazándose en un remolino húmedo y salado. Sofía guiaba, susurrando en francés cosas que no entendía pero que sonaban a poesía sucia: "Plus profond, ma belle". Chupé sus tetas, grandes y pesadas, sabor a sal y perfume, mientras Luis lamía mi clítoris hinchado. Sus bigotes rozaban mis muslos internos, enviando descargas eléctricas. Gemí fuerte,

"¡Ay, wey, no pares! ¡Qué chido se siente!"

La intensidad subía. Luis se posicionó, su verga gruesa y venosa palpitando contra mi entrada. Sofía me besaba, tragándose mis jadeos mientras él empujaba despacio. Me llenaba centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, el calor de su tronco fundiéndose con mi humedad. Empecé a mover caderas, cabalgándolo como en un rodeo, tetas rebotando. Ella se sentó en mi cara, su concha depilada goteando jugos dulces en mi boca. La lamí con ganas, lengua hundida en sus pliegues rosados, oliendo su arousal almizclado y femenino.

"¡Sí, chúpame así, puta rica!"
Gritó ella, cabalgándome la lengua mientras Luis me taladraba más fuerte.

Cambiábamos posiciones como en un baile sincronizado. Yo de perrito, Luis embistiéndome por atrás con palmadas que resonaban como aplausos, su sudor goteando en mi espalda. Sofía debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi clítoris y sus bolas. El slap-slap de carne contra carne, gemidos en tres tonos, el aire cargado de olor a sexo crudo. Sentía el orgasmo construyéndose, una ola en el estómago, músculos tensándose. ¿Esto es el cielo o qué pedo? Pensé, perdida en el placer.

Luis gruñó primero,

"¡Me vengo, cabronas!"
Su verga hinchándose dentro de mí, chorros calientes inundándome. Eso me detonó: exploté temblando, concha contrayéndose en espasmos, jugos chorreando por mis muslos. Sofía se vino después, frotándose contra mi muslo, chillidos agudos en francés. Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Besos suaves post-or-gasmo, lenguas perezosas saboreando el aftertaste salado.

Despertamos al amanecer, sol filtrándose por las cortinas, pintando nuestras pieles desnudas de dorado. Café negro humeante en la terraza, con vista a Chapultepec. Hablamos bajito, riendo de la noche loca. No hubo promesas, solo un va de nuevo cuando quieras. Me fui con las piernas flojas, el cuerpo marcado por chupetones y un brillo en los ojos que no se apaga. El trio en francés había despertado a la Ana salvaje, la que ya no se conforma con menos. Caminé por Reforma, el viento fresco secando mi piel, sabiendo que la vida en México acababa de volverse mucho más picante.

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