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Las Triadas Ardientes de Dobereiner

6827 palabras

Las Triadas Ardientes de Dobereiner

Estaba en mi clase de química en la universidad de Guadalajara, frente a un montón de chavos y chavas adultos que me miraban con ojos curiosos. Yo, Ana, la profe que todos decían que era un chulada, explicaba las triadas de Dobereiner. “Miren, weyes –les dije con una sonrisa pícara–, litio, sodio y potasio. Tres elementos que se parecen como hermanitos, con propiedades que encajan perfecto. Dobereiner los agrupó así en el siglo XIX, y neta, es como si la naturaleza quisiera que se juntaran para hacer chispas”.

El salón olía a reactivos frescos, ese aroma metálico que me ponía la piel chinita. Mientras dibujaba la tabla en el pizarrón, sentí unas miradas que quemaban. Marco y Luis, mis dos asistentes de laboratorio, grandotes, morenos, con esa vibra de machotes mexicanos que te hacen mojar las panties sin querer. Marco, con su barba recortada y ojos cafés intensos; Luis, más delgado pero con brazos que gritaban fuerza. Habían estado en mis clases avanzadas, y desde hace semanas, la tensión entre los tres era como una reacción química a punto de explotar.

Después de la clase, me acerqué a ellos en el pasillo. “Órale, profes, ¿ya vieron cómo encajan las triadas de Dobereiner? –dijo Marco, con voz grave que me erizaba los vellos–. Como nosotros tres, ¿no?”. Luis soltó una carcajada juguetona. “Neta, Ana, tú eres el catalizador que nos hace reaccionar”. Mi corazón latió fuerte, el calor subiendo por mi cuello. “Pendejos –les respondí riendo–, pero no anden con juegos. ¿Vienen a mi casa esta noche? Traigan chelas y platicamos de química… en serio”.

En mi depa en la colonia Providencia, con vista a las luces de la ciudad, el ambiente ya estaba cargado. Ponemos cumbia rebajada de fondo, el bajo retumbando como pulsos acelerados. Abrí las chelas frías, el sonido del gas escapando como un suspiro. Nos sentamos en el sofá de cuero suave, que crujía bajo nuestros cuerpos. Hablamos de las triadas de Dobereiner, de cómo el bromo, cloro e yodo se atraen por sus similitudes. “Es como el deseo –murmuré, mi voz ronca–. Tres almas que vibran igual, listas para unirse y arder”.

¿Qué chingados estoy haciendo? –pensé–. Pero se siente tan correcto, como si estos dos fueran mis elementos perfectos. Marco huele a colonia fresca con un toque de sudor masculino, y Luis a limón y piel caliente. Quiero probarlos.

Marco se acercó primero, su mano grande rozando mi muslo desnudo bajo la falda corta. El tacto era eléctrico, piel contra piel, cálida y firme. “Ana, desde que nos hablaste de esas triadas, no dejo de imaginarte con nosotros –susurró, su aliento caliente en mi oreja–. ¿Nos dejas ser tu experimento?”. Asentí, el pulso martillándome en las sienes. Luis se unió, besando mi cuello, su lengua trazando un camino húmedo que olía a menta. Gemí bajito, el sonido perdido en la música.

Nos levantamos, tropezando un poco con la risa nerviosa. En mi cuarto, la luz tenue de las velas parpadeaba, lanzando sombras danzantes en las paredes blancas. Me quité la blusa despacio, dejando que vieran mis tetas firmes, pezones duros como piedritas. “Qué rico –dijo Luis, lamiéndose los labios–. Eres perfecta, profe”. Marco me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso salvaje, lengua explorando mi boca con sabor a cerveza y hambre. Sus manos amasaron mis nalgas, apretando la carne suave, mientras Luis chupaba un pezón, el tirón enviando ondas de placer directo a mi concha, que ya chorreaba.

Caímos en la cama king size, sábanas de algodón fresco rozando nuestras pieles sudorosas. El olor a sexo empezaba a llenar el aire: almizcle dulce de mi excitación, salado de sus vergas endureciéndose. Marco se desabrochó los jeans, sacando su verga gorda, venosa, palpitante. “Tómala, Ana –gruñó–. Es tuya”. La agarré, la piel aterciopelada caliente en mi palma, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, ligeramente amargo. Luis se posicionó detrás, sus dedos hurgando mi panocha empapada, separando los labios hinchados. “Estás mojadísima, wey –rió–. Listísima para la triada”.

Me puse de rodillas, mamando a Marco con ganas, la cabeza subiendo y bajando, gargantas profundas que me hacían babear. El sonido era obsceno: slurp slurp, mezclado con sus gemidos roncos. Luis metió dos dedos en mí, curvándolos contra mi punto G, el roce jugoso haciendo que mis caderas se movieran solas. “¡Ay, cabrón! –jadeé, soltando la verga un segundo–. No pares”. El placer subía en oleadas, mi clítoris latiendo, pidiendo más.

Somos las triadas de Dobereiner –pensé en éxtasis–. Litio, sodio, potasio: explosivos juntos. Su deseo me completa, me enciende como una reacción en cadena.

Cambié de posición, montándome en Marco. Su verga entró de un jalón, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. El choque de pelvis contra pelvis era rítmico, plaf plaf, sudor goteando entre nosotros. Olía a sexo puro, intenso. Luis se arrodilló frente a mí, ofreciendo su verga larga y curva. La chupé con furia, alternando lamidas y succiones, mientras cabalgaba a Marco más rápido. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, el dolor placentero amplificando todo.

La tensión crecía, mis muslos temblando, el orgasmo acechando. “¡Ya vengo, pinches weyes! –grité–. ¡Córremonos juntos!”. Marco embistió desde abajo, golpeando profundo, su verga hinchándose. Luis se corrió primero en mi boca, chorros calientes y espesos que tragué con gusto, salados y viscosos. Eso me disparó: mi concha se contrajo alrededor de Marco, ordeñándolo, mientras ondas de placer me sacudían, visión borrosa, grito ahogado en la garganta. Él explotó dentro, semen caliente inundándome, goteando por mis muslos.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes llenando el cuarto. El aire pesado con olor a semen, sudor y velas de vainilla. Marco me besó la frente, Luis acarició mi espalda. “Eres nuestra triada perfecta, Ana –murmuró Marco–. Como Dobereiner lo predijo”. Reí suave, el cuerpo lánguido, satisfecho. Me sentía completa, empoderada, como si hubiéramos descubierto una ley universal del placer.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando los restos, manos jabonosas explorando de nuevo, pero suave, tierno. En la cama, envueltos en sábanas frescas, platicamos bajito de química y vida. “Las triadas de Dobereiner no son solo elementos –dije, acurrucada entre ellos–. Son nosotros, encajando sin esfuerzo, ardiendo eternos”. El sueño vino dulce, con promesas de más experimentos, más noches donde tres se convierten en uno explosivo.

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