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Canciones de Trios Amorosos

7283 palabras

Canciones de Trios Amorosos

La noche en la playa de Cancún olía a sal y a jazmín salvaje, con el mar susurrando promesas contra la arena tibia. Ana se recargó en la hamaca del balcón de la casa rentada, sintiendo la brisa cálida acariciar su piel morena, esa que brillaba bajo la luna llena. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas como una caricia prohibida, y el sonido de las olas le erizaba los vellos de los brazos. Marco, su novio desde la uni, estaba adentro preparando unos tequilas con limón, mientras Luis, el carnal de Marco, armaba la bocina bluetooth en la mesa de centro.

¿Por qué carajos invité a Luis?, pensó Ana, mordiéndose el labio inferior. Era el mejor amigo de Marco, alto, con ese tatuaje de águila en el pecho que asomaba por su playera holgada, y unos ojos negros que la miraban como si supiera todos sus secretos. Habían llegado esa tarde de la Ciudad de México en un road trip improvisado, escapando del pinche tráfico y del estrés del jale. Ahora, con el sol ya escondido, el aire se cargaba de algo eléctrico, indefinible.

—Órale, wey, ponle algo chido —dijo Marco saliendo con los vasos, su sonrisa pícara iluminada por las velitas de citronela que parpadeaban en la mesa—. Nada de reggaetón mamón, algo que prenda el mood.

Luis soltó una carcajada ronca, ese sonido grave que vibraba en el pecho de Ana como un tambor. —Neta, carnal, ya sé. Canciones de trios amorosos. Esas rancheras y baladas que hablan de amores enredados, de tres corazones latiendo al mismo tiempo. Mi playlist perfecta para noches como esta.

Ana sintió un cosquilleo en el estómago. Canciones de trios amorosos, ¿eh? Recordó esas melodías que su abuelita ponía en la radio, con voces quejumbrosas de amores imposibles, pero en la boca de Luis sonaban como una invitación pecaminosa. La primera canción empezó: una guitarra suave, un acordeón meloso, y una voz que cantaba sobre besos robados entre tres sombras.

Se sentaron en el piso, sobre cojines mullidos, pasando el tequila que quemaba la garganta con un dulzor agrio. El humo del coco de las velas se mezclaba con el aroma salobre del mar, y Ana notó cómo las manos de Marco rozaban su muslo al reírse de un chiste de Luis. La tensión era como una cuerda de guitarra a punto de romperse. Luis la miró fijo, sus ojos recorriendo el escote de su vestido.

—Ana, neta, estás cañona esta noche —dijo él, con esa voz juguetona, levantando su vaso—. Salúd por los trios amorosos que no se atreven a ser.

Ella se sonrojó, pero el tequila la hacía valiente. —Pendejo, ¿y tú qué sabes de eso? —replicó, pero su risa era coqueta, y extendió la mano para tocar su brazo, sintiendo los músculos firmes bajo la piel caliente.

La segunda canción llenó el aire, más intensa, con trompetas que aceleraban el pulso. Marco se acercó más, su aliento con sabor a limón rozando su oreja. —Mi amor, ¿y si le damos play a la idea? —susurró, mientras su mano subía por su espalda, desatando el nudo del vestido con lentitud tortuosa.

Ana jadeó, el corazón latiéndole como tambores en una fiesta.

Esto es una locura, pero qué chingón se siente. Dos hombres que me miran como si fuera su diosa, el mar testigo, la música envolviéndonos.
Asintió, y Luis se acercó gateando como un felino, sus labios capturando los de ella en un beso que sabía a tequila y deseo crudo.

El vestido cayó al piso con un susurro suave, dejando su cuerpo expuesto al aire nocturno. Marco besaba su cuello, lamiendo la sal de su piel, mientras Luis exploraba sus pechos con manos expertas, pellizcando los pezones hasta que dolían de placer. Ana gimió, el sonido ahogado por la ola que rompía cerca. Sus pieles se rozaban, sudorosas y calientes, el olor almizclado de la excitación mezclándose con el jazmín.

—Qué rico hueles, morra —murmuró Luis, bajando la cabeza para saborear su vientre, su lengua trazando círculos húmedos que la hacían arquearse. Marco se desvistió rápido, su verga ya dura presionando contra su cadera, y ella la tomó en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel sedosa.

La canción cambió a un bolero ardiente, con maracas que imitaban el ritmo de sus respiraciones entrecortadas. Ana se puso de rodillas, el arena fina clavándose en sus palmas, mientras chupaba a Marco con avidez, saboreando el precum salado que goteaba. Luis se posicionó atrás, sus dedos abriendo sus labios húmedos, frotando su clítoris hinchado hasta que ella temblaba.

No mames, esto es el paraíso, pensó ella, mientras Luis entraba en ella de un empujón lento, llenándola por completo. El estiramiento era exquisito, un dolor placentero que se convertía en olas de placer. Marco gemía en su boca, follándole la garganta con cuidado, sus manos enredadas en su cabello negro.

Cambiaron posiciones como en una danza erótica guiada por la música. Ahora Ana cabalgaba a Luis, sintiendo su grosor palpitar dentro, el vello púbico rozando su clítoris con cada rebote. Marco se arrodilló frente a ella, ofreciéndole su miembro para que lo lamiera, y ella lo hacía con hambre, alternando entre besos y succiones profundas. El sudor les chorreaba por la espalda, el aire cargado de gemidos y el slap-slap de carne contra carne.

—Más fuerte, wey, hazla gritar —gruñó Marco a su carnal, y Luis obedeció, embistiéndola con fuerza, sus bolas golpeando su culo redondo. Ana gritó, el orgasmo construyéndose como una tormenta, sus paredes contrayéndose alrededor de él. Olía a sexo puro, a mar y a ellos tres mezclados en un éxtasis compartido.

La tensión subió como la marea. Luis la volteó, penetrándola por detrás mientras Marco se deslizaba debajo, su lengua lamiendo donde se unían. Ana se corrió primero, un estallido que la dejó temblando, chorros de placer mojando las sábanas que habían improvisado en el piso. —¡Chingado, sí! —aulló, las uñas clavadas en la arena.

Los hombres no tardaron. Luis se vació dentro de ella con un rugido gutural, su semen caliente llenándola, mientras Marco eyaculaba en su boca, el sabor amargo y espeso bajando por su garganta. Colapsaron en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas sincronizadas con el final de la canción, que moría en un suspiro melancólico.

Después, el afterglow fue como un baño tibio. Se quedaron tendidos bajo las estrellas, el mar calmado ahora, pasando un porro que Luis sacó de quién sabe dónde —nada heavy, solo para relajar. Ana apoyada en el pecho de Marco, la mano de Luis acariciando su muslo perezosamente.

—Neta, carnales, esas canciones de trios amorosos nos armaron el desmadre perfecto —dijo ella, riendo bajito, el cuerpo aún zumbando de réplicas.

Marco la besó en la frente. —Y qué chido desmadre. Somos nosotros tres, enredados como en esas rolas.

Luis asintió, su dedo trazando patrones en su piel.

Esto no termina aquí,
pensó Ana, sintiendo el latido compartido. La noche los envolvía, prometiendo más melodías, más pieles, más amores imposibles hechos reales. El mar aplaudía suave, y ellos se durmieron así, unidos en el calor de lo vivido.

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