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Ver Trios Cojiendo en la Noche Ardiente

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Ver Trios Cojiendo en la Noche Ardiente

La fiesta en la casa de playa en Cancún estaba que ardía. El aire olía a sal marina mezclado con el humo dulce de la fogata en la arena y el perfume caro de las morras que bailaban al ritmo de cumbia rebajada. Yo, Ana, había llegado con mis compas de la uni, todos grandes ya, solteros y con ganas de chido. No era una peda cualquiera, neta, era una de esas noches donde el deseo flota como el calor húmedo del trópico. Mis ojos se clavaron en ellos desde el principio: Karla, mi carnala del alma, con su culazo prieto en un bikini rojo que apenas tapaba nada; Marco, su vato, todo músculos bronceados y sonrisa pícara; y Sofia, la nueva, una mamacita de ojos verdes y tetas firmes que acababa de mudarse de la CDMX.

Estábamos sentados en las hamacas, con chelas frías en la mano, cuando Karla me jaló del brazo. "Wey, Ana, ven pa'cá", me dijo con esa voz ronca que pone cuando está caliente. El sonido de las olas chocando contra la orilla era como un latido constante, y el viento traía el olor a coco de sus cremas. Sentí un cosquilleo en la piel, como si el aire mismo me estuviera acariciando. ¿Qué pedo? pensé, pero seguí, el corazón latiéndome fuerte en el pecho.

Nos metimos a una cabaña iluminada solo por velas y luces tenues de colores. El piso de madera crujía bajo mis pies descalzos, cálido y áspero. Ahí, en una cama king size con sábanas de satén negro, Marco y Sofia ya se estaban comiendo a besos. Karla se recargó en mí, su aliento caliente en mi oreja. "Hoy te toca ver tríos cogiendo, carnala. ¿Quieres?" Su mano rozó mi muslo, suave como pluma, y un escalofrío me recorrió la espalda. Asentí, la boca seca, el pulso acelerado. Era consensual, todo entre adultos que se picaban mutuo, sin presiones, solo puro deseo compartido.

¿En serio voy a hacer esto? Verlos así, tan crudos, tan reales... Mi chucha ya palpita solo de imaginarlo.

Me senté en un sillón mullido frente a la cama, las piernas temblando un poco. El aroma a jazmín de las velas se mezclaba con el olor incipiente a sudor y excitación. Marco desató el bikini de Sofia con dientes, dejando al aire esas chichis perfectas, pezones duros como piedras. Ella gimió bajito, un sonido gutural que me erizó la piel. "Sí, papi, chúpamelas", le rogó Sofia, arqueando la espalda. Él obedeció, succionando con hambre, el ruido húmedo de su boca llenando la habitación como una sinfonía sucia.

Karla se arrodilló junto a la cama, quitándose su tanga despacio, mostrándome su panocha depilada, ya brillante de jugos. "Míralos, Ana. Mira cómo se calientan", murmuró, y yo no podía despegar la vista. Marco metió dos dedos en Sofia, moviéndolos con ritmo experto, y ella se retorció, las caderas alzándose. El slap-slap de la piel mojada era hipnótico, y olía a ella, a esa esencia almizclada de mujer en celo. Mi propia entrepierna se humedecía, el calor subiendo por mi vientre como lava.

La tensión crecía despacio, como una tormenta tropical. Karla se unió, lamiendo el cuello de Marco mientras él follaba a Sofia con los dedos. "Qué rico ver tríos cogiendo, ¿verdad?", me dijo Karla entre jadeos, y asentí muda, mordiéndome el labio. Sentía mi clítoris hinchado contra el shortcito, rogando atención. Marco sacó su verga gruesa, venosa, palpitante, y Sofia la tomó en la boca con un pop sonoro. Chupaba como diosa, saliva chorreando por las comisuras, el glug-glug resonando. Yo apreté los muslos, imaginando el sabor salado en mi lengua.

Marco la volteó a cuatro patas, su culazo blanco contrastando con la sábana negra. Entró en ella de un empujón lento, centímetro a centímetro, y Sofia gritó de placer. "¡Ay, cabrón, rómpeme la verga!" –no, "¡Rómpeme el culo, no, la panocha!" Se corrigió entre risas jadeantes. Él la cogía fuerte ahora, el choque de pelvis como tambores, piel sudorosa brillando bajo las luces. Karla se metió debajo de Sofia, lamiéndole el clítoris mientras Marco la taladraba. Tres cuerpos entrelazados, gemidos mezclándose con el crujir de la cama y el lejano rumor del mar.

Neta, esto es lo más caliente que he visto. Mi corazón late como loco, mi piel quema. Quiero tocarme, pero no, solo ver... verlos cogiendo así, tan fieros, tan libres.

El sudor goteaba de Marco sobre la espalda de Sofia, oliendo a macho puro, a testosterona y mar. Karla gemía contra la panocha de su amiga, lengua danzando rápida. Sofia se corrió primero, un grito agudo que me vibró en los huesos, su cuerpo convulsionando, jugos salpicando la cara de Karla. "¡Me vengo, pinches weyes!" Marco no paró, acelerando, sus bolas golpeando rítmicamente. Karla se levantó, besando a Sofia con boca llena de su sabor, lenguas enredadas en un beso baboso y dulce.

Ahora tocaba el turno de Karla. Marco la puso boca arriba, abriéndole las piernas anchas. Su verga entró resbalosa, fácil, y ella arañó su espalda. "Cógeme duro, amor", suplicó. Sofia se sentó en la cara de Karla, frotándose contra su boca. Yo veía todo: la verga entrando y saliendo, brillando de jugos; la lengua de Karla lamiendo ansiosa; los pezones rozándose. El cuarto apestaba a sexo, a semen preeyaculatorio, a chichis sudadas. Mi respiración era entrecortada, pechos subiendo y bajando rápido, pezones duros como balas contra mi blusa.

La intensidad subía, como el clímax de una rola de banda. Marco gruñía, "Me voy a venir, putas", pero aguantaba, cambiando posiciones. Sofia ahora cabalgaba a Karla con un strap-on que sacaron de quién sabe dónde –negro, grueso, reluciente de lubricante que olía a fresa. Marco se paró atrás, cogiendo a Sofia por el culo mientras ella follaba a Karla. Trío perfecto, pensé, el aire cargado de sus alaridos. Ver tríos cogiendo era adictivo, cada embestida mandándome ondas de placer sin tocarme.

Sofia se vino de nuevo, temblando, "¡Sí, chinguen, sí!" Su culo se contraía alrededor de la verga de Marco. Karla lamía todo lo que podía, dedos en su propia panocha. Marco rugió al fin, sacando la verga y chorreado semen caliente sobre las tetas de las dos. Blanco espeso, goteando lento, olor fuerte y salado. Ellas se lamieron mutuo, limpiándose con lenguas ávidas, besos perezosos ahora.

Yo estaba al borde, el short empapado, clítoris latiendo como tambor. Karla me miró, ojos brillosos. "¿Vienes, carnala?" Me levanté temblando, uniéndome al fin, pero suave, solo besos y caricias. Mis dedos en la piel sudada de Marco, suave y pegajosa; boca en el cuello de Sofia, sabor a sal y sudor. Me corrí sin penetración, solo frotándome contra su muslo, un orgasmo que me dejó las rodillas flojas, visión borrosa, grito ahogado.

Después, en la cama revuelta, cuerpos enredados, el aire fresco de la noche entrando por la ventana. Olía a sexo saciado, a paz. Karla me abrazó, piel contra piel cálida. "¿Qué tal ver tríos cogiendo?", rió bajito. Sonreí, exhausta, el corazón calmándose al ritmo de las olas.

Neta, esta noche cambió todo. El placer de ver, de sentir sin actuar del todo... Quiero más. Mucho más.

Nos quedamos así hasta el amanecer, risas suaves, chelas tibias, el sol pintando el cielo de rosa. No hubo arrepentimientos, solo conexión profunda, empoderamiento en el deseo compartido. La playa nos esperaba, pero esa imagen –ellos tres, cogiendo con pasión– se grabó en mi alma para siempre.

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