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Tocando a Major Triad

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Tocando a Major Triad

La luz del atardecer se colaba por las ventanas altas del depa en la Condesa, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire se sintiera pesado, cargado de promesas. Ana se recargó en el sillón de cuero negro, con la guitarra acústica en las piernas, rasgueando distraída. Marco, su novio desde hace dos años, estaba afinando la suya al otro lado de la sala, con esa sonrisa pícara que siempre le aceleraba el pulso. Neta, qué guapo se ve cuando se concentra, pensó ella, mordiéndose el labio inferior.

"Órale, wey, ya viene Luis", dijo Marco, levantando la vista del traste. "Va a estar chido este jam. Trae unas rolas nuevas que van a sonar de poca madre".

Ana sintió un cosquilleo en el estómago. Luis era el carnal de Marco, el baterista de su banda indie que estaba rompiéndola en la escena de la Roma. Alto, moreno, con tatuajes que asomaban por las mangas de su camiseta ajustada, y unos ojos cafés que te desnudaban con solo mirarte. Habían coqueteado un par de veces en fiestas, pero nada serio. Hasta ahora. La idea de los tres juntos, tocando, sudando, había estado rondando en su cabeza como un riff pegajoso.

El timbre sonó, y Marco abrió la puerta. Luis entró con su mochila y una botella de mezcal artesanal. "¡Qué onda, morra! ¿Lista pa' romperla?", le dijo a Ana con esa voz grave que vibraba en su pecho.

"Siempre lista, carnal", respondió ella, guiñándole un ojo. Se pusieron a afinar, el aroma del mezcal mezclándose con el incienso de lavanda que Ana había encendido. Empezaron con unas baladas suaves, pero pronto escalaron a rolas más intensas, ritmos que hacían palpitar el corazón.

¿Por qué carajos me siento así? Cada vez que lo miro, siento que mi piel se eriza, como si sus baquetas me estuvieran tocando a mí.

Marco propuso probar una progresión nueva. "Vamos con a major triad, weyes. Esa tríada mayor que resuelve todo, pura armonía". Sus dedos se movieron por el mástil, formando el acorde perfecto: Do mayor, Mi mayor, Sol mayor. Ana lo siguió, y Luis marcó el ritmo con palmadas en las piernas. El sonido llenó la sala, vibrante, completo. Como si los tres encajaran a la perfección.

La tensión creció con cada repetición. Sus miradas se cruzaban, cargadas. Marco dejó la guitarra y se acercó a Ana, besándola lento, profundo, con sabor a mezcal y deseo. Ella gimió bajito, sintiendo sus manos grandes recorrer su espalda. Luis los miró, su respiración agitada, pero no se movió. Hasta que Ana extendió la mano hacia él.

"Ven, Luis. Esto es pa' los tres".

Él se acercó, arrodillándose frente a ella. Marco sonrió, orgulloso, excitado. "Sí, carnal. Somos a major triad, ¿no? Pura vibra".

Ana sintió el calor de sus cuerpos presionando contra el suyo. El beso de Marco era hambriento, su lengua explorando su boca con urgencia, mientras Luis besaba su cuello, mordisqueando suave la piel sensible justo debajo de la oreja. Olía a él: sudor limpio mezclado con colonia cítrica, un aroma que la mareaba. Sus manos temblaban al desabrocharle la blusa, revelando sus pechos llenos, los pezones ya duros como piedritas.

"Qué chingones se ven", murmuró Luis, su aliento caliente contra su piel. Ana arqueó la espalda, gimiendo cuando su boca los capturó, chupando uno mientras masajeaba el otro. El roce áspero de su barba incipiente le enviaba chispas directas al centro de su ser. Marco, meanwhile, deslizaba la mano por su muslo, subiendo la falda hasta encontrar sus bragas empapadas.

"Estás chorreando, mi amor", le susurró al oído, metiendo dos dedos dentro de ella con lentitud tortuosa. Ana jadeó, el sonido húmedo de su excitación llenando el aire. Puta madre, qué rico. Nunca me habían tocado así, los dos a la vez.

Se levantaron, tambaleantes de deseo, y se dirigieron al cuarto. La cama king size los esperaba, sábanas de algodón egipcio suaves como un sueño. Ana se quitó la ropa rápido, quedando desnuda, vulnerable pero poderosa. Marco y Luis se desvistieron, sus cuerpos tonificados por horas en el gym y ensayos. Los vergas erectas, gruesas, palpitantes, la hicieron salivar.

"¿Qué quieren mis hombres?", preguntó ella, voz ronca, posicionándose en el centro.

"Todo", respondió Marco, empujándola suave contra el colchón. Luis se acostó a su lado, besándola mientras Marco separaba sus piernas. Su lengua descendió, lamiendo su clítoris hinchado, succionando con maestría. Ana gritó, las caderas elevándose. Luis capturó sus pechos, pellizcando los pezones, mientras ella lo masturbaba, sintiendo la piel aterciopelada sobre la dureza de acero.

El cuarto olía a sexo: almizcle, sudor, el dulzor de su humedad. Los gemidos se mezclaban como una sinfonía caótica, pulsos acelerados latiendo al unísono. Ana volteó, poniéndose a cuatro patas. "Cógeme, Marco. Y Luis, métemela en la boca".

Marco obedeció, embistiéndola de una sentada, llenándola por completo. El estiramiento era exquisito, cada thrust rozando ese punto que la volvía loca. Ella abrió la boca para Luis, tragándoselo hasta la garganta, saboreando el precum salado, el sabor único de él. Sus bolas golpeaban su barbilla con ritmo frenético.

Somos perfectos juntos. Como esa puta a major triad, resolviendo en éxtasis puro.

Cambiaron posiciones, el sudor pegoteando sus cuerpos. Luis debajo de ella, penetrándola profundo mientras Marco la tomaba por atrás, lubricados con saliva y deseo. El doble llenado la desarmaba: presión en todos lados, frotes intensos contra su pared interna. Gritaba sin control, uñas clavadas en la espalda de Luis, mordiendo el hombro de Marco.

"¡Más fuerte, pendejos! ¡No paren!", exigía, empoderada en su placer. Ellos gruñían, thrusts sincronizados, como un acorde perfecto. El clímax la golpeó como un rayo: ondas de placer convulsionándola, el coño apretando sus vergas en espasmos. Ellos la siguieron segundos después, llenándola de semen caliente, chorros que la marcaban como suya.

Colapsaron en un enredo de miembros, respiraciones entrecortadas. Ana en el medio, besos suaves en su piel. Marco acariciaba su cabello. "Esto fue chingón, ¿verdad?".

Luis rio bajito. "Más que chingón. Somos a major triad, neta. Armonía total".

Ella sonrió, el cuerpo lánguido, satisfecho. El aroma de sus jugos y semen impregnaba las sábanas, un recordatorio tangible. No hay vuelta atrás. Esto es lo que quiero: nosotros tres, sin límites, sin celos. Puro amor y placer.

Se quedaron así hasta que la noche cayó, planeando el siguiente jam, el siguiente toque. La ciudad bullía afuera, pero dentro, habían encontrado su acorde mayor, eterno.

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