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Bedoyecta Tri la Inyección Ardiente en Farmacia Guadalajara

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Bedoyecta Tri la Inyección Ardiente en Farmacia Guadalajara

Entré a la Farmacia Guadalajara con el cuerpo hecho pedazos, neta que el pinche trabajo me tenía reventada. El calor de Guadalajara pegaba duro esa tarde, y el aire acondicionado de la farmacia me dio un respiro fresco que olía a desinfectante mezclado con ese aroma dulzón de jarabes. Mis piernas temblaban un poco, y sentía un vacío en el estómago que no era solo hambre. Órale, carnala, necesitas energía, me dije mientras buscaba al farmacéutico.

Ahí estaba él, detrás del mostrador: alto, moreno, con una sonrisa que iluminaba todo el lugar como si fuera el sol de Jalisco. Su bata blanca se le ajustaba chido al pecho musculoso, y unos ojos cafés que te miraban como si ya supieran todos tus secretos. Rodrigo, decía su placa. Le pedí bedoyecta tri, la inyección que todos recomiendan pa' recargar baterías.

¿Te la aplico yo, güey? Sale más barata y te va a caer de pelos —dijo con voz grave, juguetona, mientras preparaba la jeringa.

Me quedé mirándolo, sintiendo un cosquilleo en la panza que no era del cansancio. ¿Qué pedo? ¿Por qué este vato me prende tanto? Asentí, y me llevó a una salita al fondo, privada, con una camilla y cortinas que olían a limpio. Me subí la blusa, exponiendo la nalga, y él se acercó. Su aliento cálido rozó mi piel, y el pinchazo fue rápido, pero el líquido entrando en mis venas... ay, wey, fue como un fuego que se encendía despacito.

Salí de ahí flotando. La bedoyecta tri de Farmacia Guadalajara hacía su magia: el corazón me latía fuerte, la piel me hormigueaba, y cada paso mandaba chispas por mis muslos. Rodrigo me dio su número en una recetita falsa, guiñándome el ojo. Neta, este cuate sabe lo que hace.

Acto siguiente, no pude aguantar. Le mandé un mensajito: "La inyección me prendió, ¿vienes por más?". Quedamos en su depa cerca de la farmacia, un lugar chido con vista a las luces de la ciudad. Cuando abrió la puerta, olía a su colonia fresca, a jabón y a hombre. Me jaló adentro con manos firmes pero suaves, y nos besamos como si no hubiera mañana. Sus labios sabían a menta, ásperos contra los míos, y su lengua exploraba con hambre contenida.

Esto es lo que necesitaba, carajo, pensé mientras sus dedos me quitaban la blusa. Mi piel ardía bajo su toque, erizada de vello. Él gemía bajito,

—Estás rica, pinche diosa
, y yo reía, empoderada, jalándole el pelo. Lo empujé al sofá, montándome encima. Sentí su verga dura contra mi entrepierna, palpitando a través de la tela. El olor de nuestra excitación llenaba el aire: sudor salado, mi humedad dulce mezclada con su masculinidad terrosa.

Nos desnudamos lento, saboreando cada roce. Sus manos grandes masajeaban mis tetas, pellizcando los pezones hasta que dolían rico, enviando descargas directas a mi clítoris. Yo le bajé el calzón, admirando esa verga gruesa, venosa, que se erguía orgullosa. La tomé en la boca, saboreando el precum salado, chupando con ganas mientras él gruñía y me acariciaba el cabello. Su sabor es adictivo, como la bedoyecta que me dio alas.

La tensión crecía, pesada como el calor de Guadalajara en verano. Me recostó en la cama, sus labios bajando por mi cuello, lamiendo el sudor de mis clavículas, mordisqueando hasta llegar a mi coño empapado. Su lengua era mágica: círculos lentos en el clítoris, succionando suave, luego fuerte, haciendo que mis caderas se arquearan solas. Gemí alto,

—¡No pares, pendejo chingón!
El cuarto se llenaba de sonidos húmedos, de mi jadeo entrecortado y sus resoplidos calientes contra mi piel sensible.

Pero no quería soltarme todavía. Lo volteé, cabalgándolo despacio al principio, sintiendo cómo su verga me llenaba centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El roce interno era fuego puro, cada embestida rozando mi punto G. Sudábamos juntos, piel resbalosa chocando, el slap-slap rítmico como tambores. Sus manos en mis caderas guiaban, pero yo mandaba el ritmo, acelerando hasta que el placer dolía. La bedoyecta tri me tenía indomable, llena de vida.

Él volteó las tornas, poniéndome a cuatro patas. Entró profundo, golpeando fuerte, sus bolas chocando contra mi clítoris. Olía a sexo crudo, a nosotros dos fundidos. Me jaló el pelo suave, susurrando

—Córrete para mí, mi reina
. La presión creció, una ola gigante en mi vientre, hasta que exploté: temblores violentos, coño contrayéndose alrededor de su verga, gritando su nombre mientras el mundo se volvía blanco.

Rodrigo se vino segundos después, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que goteaban por mis muslos. Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos pegajosos y satisfechos. Su brazo alrededor de mi cintura, besos perezosos en la nuca. El aire olía a semen y a nosotro, a promesa de más.

Después, recostados, hablamos chido. Me contó que la bedoyecta tri en Farmacia Guadalajara era su secreto para noches largas, y yo le confesé que me salvó el día... y la noche. Esto no fue solo sexo, fue conexión pura, wey. Nos dormimos envueltos, con el pulso aún acelerado, sabiendo que volveríamos por más inyecciones... y más de esto.

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