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Triada de Placer Normotensivo

5514 palabras

Triada de Placer Normotensivo

Me llamo Carla, y todo empezó en esa clínica privada de la Roma, donde el aire olía a desinfectante mezclado con el perfume caro de las pacientes. Tenía treinta y cinco años, casada con un tipo guapo pero distraído, y últimamente sentía una presión en la cabeza que no me dejaba en paz. ¿Qué chingados me pasa? me preguntaba mientras esperaba en la sala, con las piernas cruzadas y el corazón latiéndome como tambor en fiesta de pueblo.

El doctor entró, alto, moreno, con ojos que te desnudaban sin tocarte. Se llamaba Rodrigo, neurólogo estrella, y su bata blanca no escondía los músculos que se marcaban debajo. "Señora, sus síntomas suenan a la triada hidrocefalia normotensiva: problemas de equilibrio, ganas de orinar todo el tiempo y esa niebla mental que le nubla el juicio", dijo con voz grave, como si me estuviera seduciendo con un diagnóstico. Me explicó que era acumulación de líquido en el cerebro, pero presión normal, nada grave si se trataba a tiempo. Pero en lugar de asustarme, algo en su mirada me prendió.

¿Y si este pendejo es el remedio que necesito?
pensé, sintiendo un calor subirme por el cuello.

Me pidió que me recostara en la camilla para un examen. Sus manos enguantadas tocaron mi cabeza, palpando suave, descendiendo por el cuello. El roce era eléctrico, como si cada dedo mandara chispas directo a mi entrepierna. "Relájese, Carla", murmuró, y su aliento cálido me rozó la oreja. Olía a menta y hombre, ese aroma que te hace mojar sin darte cuenta. Intenté concentrarme en el techo, pero mi mente volaba: imaginaba esas manos sin guantes, explorando más abajo, abriendo mis piernas como un secreto bien guardado.

La consulta terminó, pero no me fui. "Doctor, ¿y si necesito más pruebas?", le dije con voz ronca, mordiéndome el labio. Él sonrió, esa sonrisa de neta, carnal, y cerró la puerta con llave. "Aquí no hay triada que valga, solo la tuya y la mía", respondió, quitándose la bata. Debajo, camisa ajustada y pantalón que marcaba todo. Nos miramos, el aire cargado de tensión, como antes de una tormenta en el DF.

Acto uno: el inicio del fuego. Me levantó la blusa despacio, besando mi ombligo. Su lengua trazó círculos húmedos, saboreando mi piel salada. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes blancas. "Eres deliciosa, como tamal en día de fiesta", susurró, y yo reí, nerviosa, excitada. Mis manos enredaron en su pelo negro, tirando suave mientras él bajaba mi falda. El suelo era frío bajo mis pies descalzos, contrastando con el calor que subía de mi coño palpitante. Olía a mi propia humedad, ese musk dulce que invita al pecado.

Nos besamos entonces, fieros, lenguas enredándose como serpientes en celo. Sabía a café y deseo puro. Me cargó a la camilla, abriéndome las piernas. "Dime si quieres parar", jadeó, pero yo negué con la cabeza. "¡No mames, sigue!" exigí, y él obedeció. Sus dedos rozaron mis labios vaginales, hinchados y listos, separándolos con ternura. Entró uno, luego dos, curvándose adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. El sonido era obsceno: chup chup húmedo, mi jugo lubricando todo.

En el medio, la escalada. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo la curva de mi culo. "Triada hidrocefalia normotensiva", murmuró juguetón contra mi piel, "pero tu presión está alta aquí abajo". Reí, pero el chiste se perdió en un gemido cuando su lengua encontró mi clítoris. Lamía despacio, círculos perfectos, aspirando suave. Mis caderas se movían solas, frotándome contra su cara barbuda. Sentía su nariz presionando mi entrada, el roce áspero enviando ondas de placer por mi espina.

Internalmente, luchaba:

Esto es una locura, Carla. Tienes marido, una vida normal. Pero ¡qué chido se siente! Cada lamida borra la culpa, reemplazándola por fuego líquido.
Él se incorporó, sacando su verga dura, gruesa, venosa. La frotó contra mí, untándola en mis jugos. "Entra, cabrón", supliqué, y empujó lento, centímetro a centímetro. Llenándome, estirándome delicioso. El dolor inicial se fundió en éxtasis puro. Empezó a bombear, suave al principio, luego más rápido, piel contra piel slap slap slap. Sudor nos cubría, goteando, mezclándose. Olía a sexo crudo, almizcle y pasión mexicana.

Cambié de posición, montándolo. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Cabalgaba fuerte, mis muslos temblando, el clítoris rozando su pubis. "¡Más, Rodrigo, dame más!", gritaba, voz ahogada. Él gruñía, "¡Qué rica verga tienes para mí!", y eso me llevó al borde. La tensión crecía, como olla exprés a punto de explotar. Sentía cada vena de su polla pulsando adentro, mi coño apretándolo como puño.

El clímax: liberación total. Me corrí primero, olas y olas, gritando su nombre mientras mi cuerpo convulsionaba. Él siguió, unos empujones más, y se vació dentro, caliente, espeso, llenándome hasta rebosar. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa. Su semen goteaba por mis muslos, aroma salado y victorioso.

Después, el afterglow. Nos vestimos despacio, besos suaves. "Vuelve por tu tratamiento", dijo guiñando. Salí a la calle soleada, piernas flojas, sonrisa pícara. La triada hidrocefalia normotensiva era real, pero mi triada era él, yo y este secreto ardiente. Caminé con paso nuevo, el mundo más vivo, sabiendo que regresaría por más "consultas".

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