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El Ardor del Jonny Sins Trio

8139 palabras

El Ardor del Jonny Sins Trio

Estaba en mi depa en la Condesa, con el calor de la noche mexicana pegándome en la piel como una promesa sucia. Yo, Ana, una morra de veintiocho pirulos que ya estaba harta de las citas culeras y las noches solas. El ventilador zumbaba como un zumbido de mosquito cachondo, y el olor a tacos de la esquina se colaba por la ventana, mezclándose con mi perfume de vainilla que ya se sentía pegajoso por el sudor. Agarré mi teléfono, neta que necesitaba algo que me prendiera el ojo.

¿Por qué no un buen porno pa' desconectar? pensé, mientras scrolleaba en la app. Y ahí estaba: "Jonny Sins Trio". Ese cabrón con su cuerpo de gym eterno, su verga gruesa y esa cara de pendejo confiado que te hace mojar nomás de verlo. Dos morras lo montaban como reinas, y él las volteaba como tortillas en el comal. Mi concha se contrajo al instante, un pulso caliente que me subió por las piernas. Me quité el shortcito de algodón, ya empapado, y me recosté en la cama, con las sábanas frescas rozándome las nalgas.

Pero el video no era suficiente. Llamé a mis compas de toda la vida, Marco y Luis, unos weyes que siempre andaban listos pa' la fiesta. "Órale, vengan al depa, traigan chelas y lo que se les antoje", les mandé por Whats. Marco, con su tatuaje en el pecho y músculos que parecen esculpidos, y Luis, alto como Jonny Sins, con esa sonrisa que te deshace las bragas. Habíamos coqueteado antes, pero nunca cruzamos la línea. Esta noche, neta que la iba a cruzar.

Llegaron en menos de media hora, con el estruendo de sus motos rompiendo la quietud de la calle. El olor a cerveza fría y su loción varonil me golpeó cuando abrí la puerta. "¡Qué onda, reina!", dijo Marco, abrazándome fuerte, su pecho duro contra mis tetas. Luis me plantó un beso en la mejilla, su aliento a menta rozándome el cuello. Nos sentamos en el sofá, con reggaetón de fondo bajito, y las chelas abriéndose con ese psssht que sabe a libertad.

La plática fluyó como tequila: de chismes del barrio a confesiones calientes. "Yo vi un video de Jonny Sins trio hoy", solté de repente, sintiendo el calor subirme a las mejillas. "Esas morras lo chingaban sin piedad, y él las hacía volar". Marco se rio, su mano en mi muslo, apretando suave. "Suena chingón, ¿no quieres que lo hagamos real?". Luis me miró fijo, sus ojos oscuros como pozos de deseo. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano, y entre mis piernas ya sentía esa humedad traicionera.

¿Estoy lista pa' esto? Tres cuerpos enredados, sudados, gimiendo. Sí, carajo, lo estoy.

Acto uno: la chispa. Marco me jaló hacia él, sus labios gruesos capturando los míos en un beso que sabía a cerveza y hambre. Su lengua exploró mi boca, áspera y juguetona, mientras Luis se pegaba por detrás, sus manos grandes subiendo por mi blusa, rozando mis pezones que ya estaban duros como piedras. El sonido de sus respiraciones pesadas llenaba la sala, mezclado con el zumbido del ventilador. Olía a hombre: sudor fresco, colonia y ese almizcle de excitación que te pone la piel de gallina.

Me quitaron la blusa despacio, como si fuera un regalo. Marco lamió mi cuello, mordisqueando suave, enviando chispas por mi espina. "Estás rica, Ana", murmuró, su voz ronca como gravel. Luis desabrochó mi brasier, y mis tetas saltaron libres, pesadas y sensibles. Él las tomó en sus manos, masajeando, pellizcando los pezones hasta que gemí bajito. Qué delicia, wey, pensé, mientras mi mano bajaba al bulto de Marco, sintiendo su verga tiesa bajo el pantalón, gruesa y palpitante.

Nos movimos a la cama, un enredo de piernas y risas nerviosas. La transición al medio acto fue gradual, como el calor que sube en una taquería abarrotada. Me puse de rodillas, el colchón hundiéndose bajo mi peso. Saqué las vergas de los weyes: la de Marco, venosa y curva, oliendo a jabón y deseo; la de Luis, larga y recta, como la de Jonny Sins en ese trio que no me salía de la cabeza. "Esto es mejor que cualquier Jonny Sins trio", susurré, y ellos rieron, pero con ojos de lobos.

Empecé chupando a Marco, mi lengua rodeando la cabeza hinchada, saboreando el pre-semen salado que brotaba. Él gruñó, sus dedos enredados en mi pelo, guiándome sin fuerza, solo puro instinto. Luis se masturbaba viéndonos, su mano subiendo y bajando con un shlick shlick húmedo. Luego cambié, mamando a Luis profundo, hasta que toqué su pubis con la nariz, el olor musgoso invadiéndome. Marco se unió, lamiendo mis tetas desde atrás, sus dientes rozando la piel.

La tensión crecía, mis jugos chorreando por mis muslos. Me muero de ganas de que me cojan. Los weyes me voltearon boca arriba, y Marco se hundió entre mis piernas. Su lengua era mágica: lamió mi clítoris en círculos lentos, chupando suave, luego fuerte, haciendo que mis caderas se arquearan. "¡Ay, cabrón, qué rico!", grité, el sonido de mi voz ecoando en las paredes. Luis me besaba, su verga frotándose contra mi mano, mientras el sabor de su boca me volvía loca.

Intercambiaron posiciones, Luis ahora lamiéndome la concha, metiendo la lengua adentro, bebiendo mis jugos como si fueran pulque fresco. Marco me metió dos dedos, curvándolos justo en el punto G, y sentí el primer orgasmo building up, un nudo apretado en mi vientre. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en sus hombros, el sudor perlando sus cuerpos morenos. El cuarto olía a sexo puro: concha mojada, vergas calientes, pieles rozándose.

El clímax del medio: penetración. Marco se puso un condón –siempre seguros, weyes responsables– y me penetró despacio. Su verga me estiró delicioso, llenándome hasta el fondo. "¡Chingado, qué prieta estás!", jadeó, embistiéndome con ritmo pausado al principio. Luis se arrodilló cerca de mi cara, y lo mamé mientras Marco me cogía, el vaivén haciendo que su verga se hundiera más en mi garganta. Sentía sus pulsos, el calor de sus cuerpos presionándome de ambos lados.

Cambiaron: Luis debajo de mí, yo cabalgándolo como amazona, su verga golpeando profundo, mis tetas rebotando con cada salto. Marco detrás, untando lubricante en mi culo –habíamos platicado esto antes, todo consensual y chido–. Entró despacio, centímetro a centímetro, el ardor convirtiéndose en placer puro. Doble penetración, como en el Jonny Sins trio, pero mejor porque es con mis weyes. Grité de éxtasis, el roce de sus vergas separadas solo por una delgada pared me volvía loca. Sus manos everywhere: en mis caderas, pellizcando nalgas, apretando tetas.

El sudor chorreaba, sus gruñidos roncos mezclándose con mis alaridos. "¡Más fuerte, pendejos!", exigí, empoderada, controlando el ritmo. El sonido de carne contra carne, plap plap plap, era hipnótico. Olía a lubricante, semen contenido, mi concha inundada. El orgasmo me pegó como camión: olas de placer desde el clítoris hasta la nuca, convulsionando entre ellos, apretándolos con mi interior.

Acto final: la liberación. Marco salió primero, corriéndose en su mano con un rugido animal, el semen caliente salpicando mi espalda. Luis me volteó, me penetró misionero feroz, sus ojos en los míos. "Córrete conmigo, Ana", jadeó. Y lo hice, otro orgasmo uniéndonos, su verga latiendo dentro, llenando el condón mientras yo temblaba, lágrimas de placer en los ojos.

Nos derrumbamos en un montón sudoroso, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El ventilador nos secaba la piel, el olor a sexo lingering como un buen recuerdo. Marco me besó la frente, Luis acarició mi pelo. "Eso fue épico, mejor que cualquier Jonny Sins trio", dije riendo, exhausta y satisfecha.

En este momento, con sus cuerpos pegados al mío, sé que esto no es el fin. Es el principio de muchas noches así, empoderadas, libres, mexicanas hasta el hueso.

Nos quedamos así, charlando bajito sobre la vida, con el amanecer tiñendo las cortinas de rosa. Mi cuerpo zumbaba de afterglow, cada músculo relajado, el corazón lleno. Neta, qué chingón ser mujer y tomar lo que quiero.

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