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Tríos XXX Dos Mujeres que Encienden el Alma

6054 palabras

Tríos XXX Dos Mujeres que Encienden el Alma

La noche en Puerto Vallarta olía a mar salado y a coco quemado por el sol del día. Yo, Carlos, un pendejo de treinta y tantos que trabaja en una agencia de viajes en la Ciudad de México, había llegado esa semana para desconectarme del pinche tráfico y las juntas eternas. La playa estaba viva con música de cumbia rebajada retumbando desde los chiringuitos, y el aire cargado de risas y promesas de aventuras. Ahí las vi: dos morras que parecían salidas de un sueño húmedo, bailando pegaditas bajo las luces neón. Sofia, con su pelo negro largo hasta la cintura y un bikini rojo que apenas contenía sus chichis firmes, y Mariana, rubia teñida con curvas de infarto, culo redondo que se movía como hipnosis.

Me acerqué con una chela en la mano, sintiendo el corazón latiéndome como tambor. Neta, siempre he fantaseado con tríos xxx dos mujeres, pensé, recordando esas noches solo frente a la compu buscando videos que me ponían la verga dura como piedra. "¿Qué onda, reinas? ¿Bailan o qué?", les dije, con mi mejor sonrisa de galán de telenovela. Sofia me miró de arriba abajo, lamiéndose los labios pintados de rojo. "Ven, carnal, muéstranos qué traes", respondió Mariana, jalándome por la mano. Su piel estaba caliente, suave como seda bajo mis dedos, y olía a vainilla y sudor dulce.

Charlamos un rato, riendo de tonterías. Ellas eran de Guadalajara, venidas de vacaciones, solteras y listas para todo. "Somos amigas con derechos", confesó Sofia guiñándome el ojo, mientras Mariana me rozaba el brazo con sus tetas. La tensión crecía como ola en tormenta; cada roce mandaba chispas por mi espina.

¿Y si esta noche pasa lo imposible? ¿Dos mujeres envolviéndome, sus bocas, sus manos...?
Invitación directa: "Ven a nuestro hotel, está cerca. Trae más chelas". No lo pensé dos veces.

El elevador del hotel era un horno de deseo. Apenas se cerraron las puertas, Sofia me besó, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y menta. Mariana se pegó por detrás, sus manos bajando por mi pecho hasta mi entrepierna, apretando mi verga que ya palpitaba. "Uy, qué grande traes, cabrón", murmuró al oído, su aliento caliente erizándome la piel. Olía a ellas dos: perfume floral mezclado con el aroma almizclado de excitación que empezaba a filtrarse. Llegamos al cuarto, una suite con vista al mar, luces tenues y cama king size que gritaba pecado.

Nos desvestimos lento, saboreando cada segundo. Sofia se quitó el bikini, revelando pezones oscuros duros como balas, y Mariana dejó caer su pareo, mostrando un pubis depilado que brillaba con anticipación. Yo me quité la camisa, sintiendo sus ojos devorándome. Esto es real, no un pinche video de tríos xxx dos mujeres, me repetía, mientras mi pulso tronaba en los oídos. Nos tumbamos en la cama, sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Sofia se montó en mi cara, su concha mojada rozando mis labios. "Lámeme, papi", suplicó, y obedecí. Su sabor era salado-dulce, como mango maduro, y gemía bajito, "¡Ay, sí, qué rico!" mientras se mecía.

Mariana no se quedó atrás. Tomó mi verga en su mano suave, masturbándola lento, el sonido de piel contra piel como música obscena. "Mira cómo te late, pendejo caliente", dijo riendo, antes de metérsela a la boca. Su lengua giraba alrededor del glande, chupando con fuerza, succionando hasta que vi estrellas. El cuarto se llenó de jadeos, del chap chap húmedo de su boca, del crujir de la cama. Intercambiaron posiciones: ahora Mariana en mi cara, su culo perfecto abriéndose para mí, mientras Sofia cabalgaba mi verga, hundiéndose centímetro a centímetro. "¡Qué chingona está tu pija!", gritó Sofia, sus tetas rebotando, sudor perlando su piel bronceada.

La intensidad subía como fiebre. Las dos se besaban sobre mí, lenguas enredadas, manos explorando cuerpos. Yo las tocaba: nalgas firmes, cinturas estrechas, clítoris hinchados bajo mis dedos.

Esto es el paraíso, neta. Dos mujeres entregadas, sus cuerpos fusionándose conmigo.
Sofia se corrió primero, temblando sobre mi polla, su concha contrayéndose en espasmos que me ordeñaban. "¡Me vengo, cabrón! ¡No pares!", aulló, uñas clavándose en mi pecho, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Mariana la siguió, frotándose contra mi lengua hasta explotar en un grito ronco, jugos calientes inundando mi boca.

Pero yo aguantaba, queriendo prolongar el éxtasis. Las puse de rodillas, una al lado de la otra, culos en pompa como ofrenda. El olor a sexo era espeso, embriagador: sudor, fluidos, esencia femenina pura. Metí mi verga en Sofia primero, embistiéndola fuerte, el plaf plaf de caderas contra nalgas resonando. "Más duro, métemela hasta el fondo", rogaba. Luego a Mariana, alternando, sus gemidos sincronizándose en coro lascivo. Sus manos se entrelazaban, besos robados mientras yo las follaba. El clímax me alcanzó como tsunami: saqué la verga y eyaculé sobre sus espaldas, chorros calientes salpicando piel, mientras ellas se tocaban mutuamente, prolongando sus orgasmos.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El mar susurraba afuera, brisa fresca colándose por la ventana, refrescando nuestra piel pegajosa. Sofia me besó el cuello, "Eres un animal, Carlos. Lo mejor de las vacaciones". Mariana acurrucada en mi otro lado, trazando círculos en mi pecho con el dedo. Tríos xxx dos mujeres... ya no es fantasía, es mi realidad, pensé, con una sonrisa boba. Hablamos en susurros, de sueños, de lo chido que fue todo tan natural, tan consensual, tan nuestro.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, nos despedimos con promesas de repetir. Salí del hotel con piernas flojas, el cuerpo marcado por sus besos y arañazos, pero el alma llena. Esa noche en Puerto Vallarta cambió todo: probé el fuego de dos mujeres que encienden el alma, y supe que el deseo verdadero no tiene fin.

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