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La Triada Ardiente de la Mujer Atleta (1)

6388 palabras

La Triada Ardiente de la Mujer Atleta

El sol de mediodía caía a plomo sobre el estadio en Ciudad de México, pero eso no nos detenía. Yo, Ana, con mis piernas tonificadas de tanto correr, lideraba el entrenamiento junto a Lupe y Carla, mis compas inseparables. Lupe, la sprinter más rápida del equipo, con ese culo prieto que se marcaba bajo los shorts ajustados, y Carla, la voleibolista alta y curvilínea, con pechos firmes que rebotaban al saltar. Nosotras tres formábamos la triada de la mujer atleta, un trío chingón que todos en la federación envidiaban. Sudorosas, jadeantes, nos mirábamos entre series de burpees, y algo en el aire olía a más que esfuerzo físico.

¡Órale, Ana, no seas floja wey! —gritó Lupe, riendo mientras me adelantaba en las sentadillas. Su piel morena brillaba como aceite, y cuando se agachó, vi cómo sus músculos glúteos se contraían, invitadores. El olor a sudor fresco, mezclado con su perfume de vainilla, me llegó directo al cerebro. Mi corazón latía fuerte, no solo por el cardio.

¿Por qué carajos me pongo así con ellas? Neta, esto no es normal entre amigas.
Carla se acercó por detrás, su mano rozando mi espalda baja para "corregir" mi postura. Ese toque eléctrico me erizó la piel, y sentí un calor húmedo entre las piernas que nada tenía que ver con el clima.

Terminamos la sesión exhaustas pero euforicas. En el vestidor del gimnasio, el vapor de las regaderas ya llenaba el lugar con ese aroma húmedo y limpio. Nos quitamos los tops empapados sin pudores, como siempre. Los pezones de Lupe, oscuros y duros por el roce de la tela, me hipnotizaron. Carla, con sus chichis grandes y perfectos, se metió bajo el chorro primero.

Vengan, mamacitas, que el agua está chida —dijo ella, guiñando un ojo. Lupe y yo nos unimos, nuestros cuerpos rozándose en el espacio chico. El jabón espumoso corría por sus curvas, y cuando Lupe me enjabonó la espalda, sus dedos bajaron peligrosamente cerca de mi nalga. ¡Puta madre, qué rico se siente! Mi coño palpitaba, traicionero, y noté que ella respiraba agitada contra mi cuello.

Carla, siempre la más directa, se giró y nos miró con ojos hambrientos.

¿Saben qué? Ya me harté de fingir. Las dos me calan cañón desde hace meses —confesó, su voz ronca por el vapor. Lupe soltó una carcajada nerviosa.

Neta, Carla? ¿Y tú qué piensas, Ana? ¿O nomás soy yo la caliente aquí?

Mi boca se secó, pero el deseo me soltó la lengua.

Las dos me mojan la panocha cada vez que entrenamos. Somos la triada, ¿no? Hagamos que valga la pena —dije, y antes de arrepentirme, jalé a Lupe por la nuca y la besé. Sus labios suaves, con sabor a sal y menta, se abrieron ansiosos. Su lengua danzó con la mía, y gemí bajito cuando sus tetas se aplastaron contra las mías.

Carla no se hizo rogar. Se pegó por detrás, sus manos grandes amasando mis nalgas mientras besaba mi hombro. El agua caía como lluvia caliente sobre nosotras, amplificando cada roce. Olía a sexo incipiente, a jabón y a piel excitada. Lupe metió una mano entre mis muslos, rozando mi clítoris hinchado.

Estás empapada, wey. No es el agua —susurró, y metí dos dedos en su chochita rasurada, suave y resbalosa. Ella arqueó la espalda, gimiendo contra mi boca. Carla nos separó un segundo para arrodillarse, su lengua lamiendo mi ombligo antes de bajar. ¡Ay, cabrón, qué chingón! Su boca experta succionó mi clítoris, enviando chispas por mi espina. Lupe me besaba el cuello, pellizcando mis pezones duros como piedras.

Salimos tambaleantes de la regadera, secándonos a medias, y caímos en el banco largo del vestidor. Nadie más alrededor; el estadio estaba desierto. Lupe se sentó a horcajadas sobre mí, frotando su panocha contra la mía en un tribbing delicioso. Sus jugos se mezclaban con los míos, el sonido chapoteante llenando el aire junto a nuestros jadeos. Carla se posicionó detrás de Lupe, dedos hundiéndose en su culo mientras lamía sus chichis.

Esto es el paraíso. Mis músculos arden de placer, no de fatiga. Somos fuertes, unidas, imparables.

Más rápido, Lupe, rómpeme —supliqué, mis caderas empujando contra ella. El olor almizclado de nuestras excitaciones era embriagador, como feromonas puras. Carla se levantó y nos besó a las tres, turnándonos, su saliva conectándonos. Luego, me tendí en el banco, piernas abiertas, y Carla se sentó en mi cara. Su concha madura, con labios gruesos y jugosos, me ahogó en néctar dulce y salado. Lamí con hambre, sintiendo su clítoris endurecerse bajo mi lengua mientras ella gemía como loca.

Lupe, no queriendo quedarse atrás, se coló entre mis piernas. Sus dedos me penetraron profundo, curvándose para golpear ese punto que me hacía ver estrellas. ¡Virgen de Guadalupe, voy a explotar! El ritmo se aceleró: lenguas chupando, dedos follando, pieles chocando con palmadas húmedas. Mis muslos temblaban como en una carrera final, el orgasmo construyéndose como una ola imparable.

¡Ya, cabronas, me vengo! —grité, y el mundo se volvió blanco. Mi coño se contrajo alrededor de los dedos de Lupe, chorros calientes salpicando su mano. Carla se corrió segundos después, inundándome la boca con su squirt, su cuerpo convulsionando sobre mí. Lupe, la última, se frotó contra mi muslo hasta gritar su liberación, uñas clavándose en mi piel.

Nos quedamos ahí, enredadas, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El vestidor olía a sexo crudo, a nosotras tres. Carla me acarició el pelo, Lupe besó mi frente.

Eso fue épico, triada. La mujer atleta necesita esto para equilibrarse —dijo Lupe, riendo suave.

Me incorporé, sintiéndome poderosa, renovada. Nuestros cuerpos atléticos, marcados por el esfuerzo y el placer, brillaban bajo la luz tenue.

Esto no es el fin. Somos la triada de la mujer atleta, y ahora sabemos que nuestro poder va más allá de las medallas.

Nos vestimos lento, robándonos besos y promesas de más sesiones "de recuperación". Salimos al atardecer, el aire fresco besando nuestra piel sensible. En el fondo, sabía que esto nos haría más fuertes, más unidas. La vida de atleta es dura, pero con ellas, cada día valía la pena.

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