El Trío de Guitarras
La cantina La Guitarra Loca en el corazón de Guadalajara estaba a reventar esa noche. El aire cargado de humo de cigarro y olor a tequila reposado se mezclaba con el sudor de la gente bailando al ritmo de la banda. Yo, Ana, acababa de llegar después de un pinche día de mierda en la oficina, buscando algo que me sacara del estrés. Me senté en la barra, pedí un caballito de José Cuervo y mis ojos se clavaron en el escenario. Ahí estaban ellos: El Trío de Guitarras, tres vatos que tocaban como dioses, con sus instrumentos brillando bajo las luces rojas.
Javier, el líder, con su pelo negro largo y esa sonrisa pícara que te hacía mojar las panties de solo verla. Miguel, el más moreno, con brazos tatuados y dedos que volaban sobre las cuerdas como si fueran caricias. Y Luis, el güero, con ojos verdes que te desnudaban sin tocarte. Tocaban un son jalisciense bien ranchero, pero con un twist eléctrico que ponía la piel chinita. El sonido de las guitarras vibraba en mi pecho, bajito al principio, como un ronroneo, y luego explotaba en riffs que me erizaban el alma.
¿Qué chingados me pasa? Solo vine a tomar, no a babear por unos músicos. Pero neta, se ven tan chidos, tan... comibles.
Terminaron la rola y el público aplaudió como loco. Yo levanté mi vaso en un brindis solitario. Javier me vio desde el escenario, guiñó un ojo y señaló su guitarra. ¿Me invitaban a algo? Bajaron, sudados y oliendo a hombre puro, ese aroma almizclado que te revuelve el estómago de deseo. Se acercaron a la barra, pidiendo chelas.
—Órale, morra, ¿te late nuestra música? —dijo Javier, su voz ronca como el requinto que acababa de soltar.
—Neta que sí, carnales. Ustedes son El Trío de Guitarras, ¿verdad? Me volaron la cabeza. —respondí, sintiendo el calor subir por mis mejillas.
Charlamos un rato, tequila va, cerveza viene. Miguel me contó que eran de un pueblo cerca de Tequila, que habían armado el trío hace dos años para conquistar Guadalajara. Luis rozó mi mano al pasarme la sal para el shot, y juro que sentí una corriente eléctrica, como las cuerdas de su guitarra vibrando contra mi piel. La tensión crecía, sus miradas me recorrían el cuerpo, deteniéndose en mis tetas bajo la blusa escotada. Yo no era ninguna santa; llevaba semanas sin sexo, y estos tres me prendían como mecha.
—¿Y si nos vamos a mi depa? Ahí seguimos la fiesta con las guitarras —propuso Luis, con esa sonrisa lobuna.
Mi corazón latía a todo lo que daba. ¿Tres? ¿Yo con tres? ¡Puta madre, qué chingonería! Pero era consensual, yo quería, ellos querían. Asentí, y salimos de la cantina, el fresco de la noche callejera calmando un poco el fuego que ya ardía entre mis piernas.
El depa de Javier estaba en una colonia chida, con vistas a la catedral. Entramos riendo, con las guitarras colgadas al hombro. Pusieron música de fondo, un mariachi suave, y sacaron más tequila. Me senté en el sofá de piel gastada, que crujió bajo mi peso. Javier se sentó a mi lado izquierdo, Miguel a la derecha, Luis enfrente en una silla, rasgueando su acústica.
—Enséñanos a tocar, Ana —dijo Miguel, poniendo su guitarra en mis manos. Sus dedos rozaron los míos, ásperos de tanto frotar cuerdas, y un escalofrío me bajó por la espalda.
Yo no sabía ni madres de guitarra, pero intenté. Reían, me corregían, sus cuerpos acercándose. Javier inhaló profundo cerca de mi cuello.
—Hueles a vainilla y deseo, morra.
El beso llegó natural, como el final de una rola. Javier me besó primero, sus labios suaves pero firmes, lengua explorando mi boca con sabor a tequila y menta. Miguel no se quedó atrás; besó mi cuello, mordisqueando suave, mientras sus manos subían por mis muslos, abriendo mis piernas con permiso implícito. Yo gemí bajito, el sonido ahogado por la boca de Javier.
Esto es una locura, pero qué rica locura. Sus toques son como acordes perfectos, armónicos.
Luis dejó la guitarra y se unió, quitándome la blusa con delicadeza. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. —Pinche belleza, murmuró, lamiendo uno mientras Javier chupaba el otro. El placer era doble, sus lenguas calientes y húmedas girando, succionando, enviando ondas de calor directo a mi clítoris palpitante.
Me recostaron en el sofá, quitándome el jeans y las tangas de un jalón. Estaba empapada, mi panocha brillando bajo la luz tenue. Miguel se arrodilló primero, inhalando mi aroma almizclado de excitación.
—Qué rica estás, Ana. Permíteme —dijo, y su lengua se hundió en mí. Lamió lento, saboreando mis jugos, chupando el clítoris con maestría. Yo arqueé la espalda, gimiendo fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Javier y Luis se desnudaron, sus vergas duras saltando libres: Javier gruesa y venosa, Miguel larga y curva, Luis perfecta y lisa. Se masturbaban viéndome, el slap-slap de piel contra piel uniéndose al festín sonoro.
La intensidad subía como un solo de guitarra. Cambiaron posiciones; yo me puse de rodillas, chupando la verga de Javier mientras Luis me penetraba por atrás, lento al principio, su grosor estirándome delicioso. ¡Ay, wey, qué rica tu verga! grité mentalmente, el sabor salado de Javier llenándome la boca, sus gemidos roncos como gruñidos de placer. Miguel esperaba su turno, besándome la espalda, dedos jugando con mi ano, lubricándolo con mi propia humedad.
El ritmo se aceleró. Luis embestía más fuerte, sus bolas chocando contra mi clítoris, el plaf-plaf húmedo mezclándose con los jadeos. Javier follaba mi boca con cuidado, pero profundo, su prepucio deslizándose sobre mi lengua. Sentí el orgasmo venir, un crescendo imparable. Grité alrededor de la verga, mi coño contrayéndose alrededor de Luis, jugos chorreando por mis muslos.
—¡Ya, cabrones, fóllenme todos! —supliqué, volteándome.
Me montaron como en un trío perfecto. Javier debajo, su verga en mi panocha, Miguel en mi culo —bien lubricado, consensual, delicioso—, y Luis en mi boca. El sofá crujía, sudor goteando, olores a sexo puro impregnando el aire: esperma, panocha, piel caliente. Sus cuerpos se movían en armonía, como si tocaran una sinfonía con mis orificios. Gemidos, slap de carne, mis tetas rebotando con cada embestida.
Soy el instrumento principal de El Trío de Guitarras. Cada nota es placer, cada acorde un éxtasis.
Explotamos juntos. Javier gruñó primero, llenándome de leche caliente que rebosaba. Miguel siguió, su corrida en mi culo tibia y espesa. Luis eyaculó en mi boca, salada y abundante, tragándola con avidez. Colapsamos en un enredo de miembros, pulsos latiendo al unísono, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco.
Después, yacimos ahí, acariciándonos suaves. Javier me besó la frente, Miguel trajo toallas húmedas para limpiarnos, Luis tocó una guitarra suave, una serenata post-sexo.
—Eres increíble, Ana. Vuelve cuando quieras a tocar con El Trío de Guitarras —dijo Javier, ojos brillantes.
Me vestí con piernas temblorosas, el cuerpo satisfecho, alma plena. Salí a la madrugada fresca, el eco de sus guitarras en mi mente, un secreto ardiente que me haría volver. Neta, esa noche cambió todo; ahora era parte de su melodía.