Prueba el Controlador
Era una noche calurosa en la Condesa, de esas que te hacen sudar hasta el alma, pero con el aire acondicionado zumbando bajito en mi depa, todo se sentía chido. Yo, Ana, acababa de llegar de un trago con las morras y encontré a Marco esperándome en el sillón, con esa sonrisa pícara que me derrite. Llevábamos saliendo un par de meses, puro fuego, pero esta vez traía algo nuevo en la mirada. Órale, ¿qué traes? le pregunté, quitándome los tacones y caminando descalza sobre la alfombra suave.
Él se levantó, alto y moreno, con esa playera ajustada que marca sus músculos de gym. Me jaló por la cintura y me besó el cuello, oliendo a su colonia fresca mezclada con un toque de sudor masculino que me eriza la piel. "Nena, hoy vas a probar algo que te va a volar la cabeza", murmuró contra mi oreja, su aliento caliente rozándome el lóbulo. Saqueó de su bolsillo un chiquito aparatito negro, como control remoto de tele, pero con botones que brillaban.
"Prueba el controlador", dijo, poniéndomelo en la mano. Mis dedos lo agarraron, sintiendo su peso ligero, el plástico liso y fresco.
Me reí, pensando que era un juego. ¿Qué es esto, güey? ¿El control de la tele pa' ver Netflix? Pero él negó con la cabeza, ojos brillantes de deseo. Me llevó a la recámara, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio, blancas y crujientes. Se arrodilló frente a mí, subiéndome el vestido corto negro que traía, besando mis muslos mientras bajaba mis calzones de encaje. Sentí el aire fresco en mi piel expuesta, el cosquilleo de anticipación. De un cajón sacó un huevito rosado, vibrador inalámbrico, brillante y suave al tacto. Lo untó con lubricante que olía a fresa madura, dulce y pegajoso.
¿Estás lista pa' la acción? preguntó, y yo asentí, mordiéndome el labio. Lo introdujo despacio en mi panocha, que ya estaba húmeda de solo imaginarlo. El huevito se deslizó adentro, llenándome con una presión deliciosa, fría al principio pero calentándose rápido con mi calor interno. Gemí bajito, sintiendo cómo se acomodaba perfecto contra mi clítoris desde adentro. Él se paró, tomó mi mano con el controlador y dijo otra vez: "Prueba el controlador, Ana. Hazme ver cómo te pones".
Presioné el botón de encendido. Un zumbido suave empezó, como un abejorro dentro de mí, vibrando contra mis paredes sensibles. ¡Ay, cabrón! solté, las rodillas temblándome. El placer era eléctrico, subiendo por mi espina como chispas. Marco me observaba, su verga ya dura marcándose en los jeans, el bulto grande y tentador. Caminé hacia él, el vibrador moviéndose con cada paso, mandándome ondas de calor al vientre. Lo empujé al colchón, trepándome encima, mis tetas rebotando libres porque me quité el brasier.
En el medio de la noche, la tensión crecía como tormenta. Yo controlaba el ritmo con el aparatito en la mano, subiendo la intensidad poco a poco. Primero bajo, un ronroneo que me hacía mojarme más, el juguito chorreando por mis muslos, oliendo a mujer en celo, salado y almizclado. Marco gemía, manoseándome las nalgas, sus dedos hundiéndose en la carne suave.
Pienso: Esto es poder, güey. Yo mando en su placer y en el mío. Le desabroché los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, la cabeza roja y brillante de precum que probé con la lengua, salada y amarga, deliciosa.
La chupé despacio, saboreando cada centímetro, mientras el vibrador me volvía loca adentro. Subí la velocidad a medio, y ¡uf! el zumbido se intensificó, golpeando mi punto G como martillitos suaves. Mis caderas se movían solas, frotándome contra su muslo peludo, el roce áspero de su vello contra mi clítoris hinchado. Él gruñía, "Así, nena, trágatela toda", jalándome el pelo con ternura. Olía a sexo puro: sudor, lubricante, mi aroma dulce mezclado con el suyo terroso.
Pero no quería acabar todavía. Bajé la intensidad, jadeando, mi corazón latiendo como tambor en pecho ajeno. Lo monté, guiando su verga a mi entrada. El huevito seguía ahí, presionado ahora entre su polla y mis paredes. Entró despacio, estirándome deliciosamente, el doble llenado me hacía ver estrellas. ¡Qué chingón! grité, sintiendo cada vena pulsando contra el vibrador. Empecé a cabalgar, lento al principio, el colchón crujiendo bajo nosotros, mis tetas balanceándose al ritmo.
Marco me agarraba las caderas, guiándome, sus ojos clavados en los míos, llenos de lujuria y cariño. "Eres mi reina, prueba el controlador más fuerte", suplicó. Lo hice, al máximo. El vibrador rugió adentro, un terremoto en mi coño, ondas de placer explotando desde el fondo hasta mi clítoris. Mis jugos salpicaban, mojando sus bolas, el sonido chapoteante llenando la habitación junto con nuestros gemidos. Sudábamos, piel resbalosa pegándose, el olor a sexo intenso, animal.
La escalada era brutal. Yo rebotaba más rápido, su verga golpeando profundo, el vibrador amplificando todo. Sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre, mis músculos contrayéndose alrededor de él.
No aguanto, se viene...Marco se incorporó, chupándome las tetas, mordisqueando los pezones duros como piedras, el dolor placentero mandándome al borde. "Córrete conmigo, amor", jadeó, sus caderas embistiendo arriba.
Exploté primero. El clímax me sacudió como rayo, mi panocha apretando su verga y el huevito, chorros de placer saliendo de mí, empapándolo todo. Grité su nombre, uñas clavadas en su espalda, el mundo volviéndose blanco, pulsos retumbando en oídos. Él siguió unos segundos, gruñendo ronco, y sentí su leche caliente llenándome, mezclándose con mis jugos, desbordando por mis muslos.
Colapsamos juntos, el vibrador aún zumbando bajito hasta que lo apagué con mano temblorosa. Sacó el huevito despacio, un pop húmedo, y mi cuerpo se relajó en afterglow. Nos quedamos abrazados, pieles pegajosas enfriándose, respiraciones calmándose. Él me besó la frente, "¿Qué tal la prueba del controlador?" bromeó. Reí suave, oliendo nuestro amor en las sábanas revueltas.
En esa quietud, pensé en lo empowering que fue: yo al mando, probando límites, descubriendo placeres nuevos con él. Mañana sería otro día, pero esta noche, en mi depa de la Condesa, todo era perfecto. El controlador descansaba en la mesa, tentador, prometiendo más aventuras. Chido, ¿verdad?