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El Amor Que Trató de Acogerme

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El Amor Que Trató de Acogerme

La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio chido de la Zona Rosa que te envuelve como un abrazo caliente. Yo, Ana, acababa de salir de una ruptura que me dejó con el corazón hecho mierda, pero ahí estaba, en el bar La Catarina, con un michelada en la mano, fingiendo que no me importaba nada. El aire olía a tequila ahumado y a jazmín de los maceteros, y la música ranchera fusionada con reggaetón retumbaba en mis huesos. Entonces lo vi: Javier, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba mexicano de hueso colorado. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en la piel, como si el destino me estuviera guiñando el ojo.

—¿Qué onda, preciosa? ¿Te puedo invitar otra? —me dijo, acercándose con esa voz grave que vibra en el pecho.

Le sonreí, coqueta pero cauta. No caigas, Ana, el amor es un pendejo que te engaña. Pero neta, su colonia —una mezcla de sándalo y limón — me llegó directo al cerebro. Charlamos horas: de tacos al pastor en la Condesa, de lo padísimo que está el tráfico en Reforma, de sueños locos como viajar a Oaxaca por el mezcal. Al final de la noche, me dejó su número con un beso en la mejilla que duró un segundo de más. Mi piel ardía donde tocó.

Los días siguientes fueron un jueguito delicioso. Mensajes a media noche: "Pienso en ti y se me para el mundo, Ana". Salidas casuales: un café en el Parque México, donde sus dedos rozaron los míos al pasar el azúcar, enviando chispas por mi brazo. Cada vez que lo veía, olía a él antes de que llegara —ese aroma varonil que me hacía mojarme sin querer. Pero yo resistía. El amor trató de darme la bienvenida una vez, y me dejó tirada, pensaba, recordando al ex que me cambió por otra. Javier era diferente, lo sentía en cómo me escuchaba, en cómo sus ojos se clavaban en mis labios como si fueran el postre más rico.

Una viernes, después de una cena en un restaurante de Coyoacán con mole poblano que nos dejó la boca enchilada y los sentidos en llamas, me invitó a su depa en la Roma. ¿Por qué no? me dije. El elevador subía lento, y su mano en mi cintura era fuego puro. Olía a su sudor mezclado con el picante de la cena, y mi corazón latía como tamborazo zacatecano.

¿Y si esta vez sí? ¿Y si el amor que trató de darme la bienvenida regresa con todo?

Entramos, y el lugar era un sueño: luces tenues, velas de vainilla encendidas, música de Natalia Lafourcade de fondo. Me sirvió un mezcal reposado, el cristal frío contra mis labios, el líquido quemándome la garganta con sabor a humo y agave. Nos sentamos en el sofá de piel suave, y su rodilla tocó la mía. El roce fue eléctrico. Lo miré, y ahí estaba la tensión, esa hambre mutua que no se disimula.

—Ana, desde que te vi, no dejo de imaginarte así, cerca, toda mía —susurró, su aliento cálido en mi oreja.

Me incliné, probando sus labios. Eran suaves al principio, como un beso de bienvenida tímida, pero pronto se volvieron urgentes, su lengua danzando con la mía, saboreando el mezcal compartido. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando mi blusa con dedos hábiles. Mi piel se erizó bajo su toque, pezones endureciéndose contra el encaje del bra. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras le quitaba la camisa, revelando un pecho firme, velludo justo lo necesario, oliendo a hombre puro.

Nos paramos, tambaleantes de deseo, y fuimos al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente. Me quitó el resto de la ropa despacio, besando cada centímetro: el cuello, donde mi pulso galopaba; los senos, chupando un pezón hasta que gemí bajito, un sonido ronco que no reconocí mío; el ombligo, bajando hasta mis caderas. Sus dedos trazaron mi pubis, y cuando tocaron mi clítoris, ya estaba empapada, resbalosa de jugos que olían a excitación salada.

Estás cañona, Ana, neta te quiero comer entera —gruñó, arrodillándose.

Su boca fue un incendio. Lengua experta lamiendo mis labios vaginales, succionando el clítoris con succiones que me hacían arquear la espalda. Sentía cada lamida como olas en la playa de Puerto Vallarta: cálidas, rítmicas, construyendo placer hasta que mis muslos temblaron. Gemí su nombre, agarrando su cabello negro, oliendo mi propio aroma mezclado con el suyo. Esto es el paraíso, wey.

Lo jalé arriba, desesperada por sentirlo dentro. Le bajé los pantalones, y su verga saltó libre: gruesa, venosa, palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y la masturbé lento, saboreando su gemido gutural. Él se puso condón —siempre responsable, qué chulo — y se posicionó entre mis piernas. La fricción al entrar fue exquisita: estirándome, llenándome centímetro a centímetro, hasta que sus bolas tocaron mi culo.

Empezamos lento, sus embestidas profundas, el sonido de piel contra piel como palmadas en una fiesta. Olía a sexo crudo, sudor perlando su frente, cayendo en mis tetas. Aceleramos: yo clavándole las uñas en la espalda, él mordisqueándome el hombro, gruñendo "¡Qué rico te sientes, pinche diosa!". Cambiamos posiciones —yo encima, cabalgándolo como amazona, sus manos amasando mis nalgas, el slap-slap resonando; luego de lado, su mano en mi clítoris frotando en círculos mientras me penetraba duro.

La tensión crecía, un nudo en mi vientre bajando. El amor trató de darme la bienvenida así, con fuego y ternura, pensé en medio del éxtasis. Mi orgasmo llegó primero: un estallido que me hizo gritar, paredes vaginales contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por sus bolas. Él se vino segundos después, cuerpo rígido, rugiendo mi nombre mientras llenaba el condón con chorros calientes que sentía palpitar.

Caímos exhaustos, jadeando, piel pegajosa de sudor. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en la nuca. El cuarto olía a vainilla quemada, sexo y paz. Afuera, la ciudad zumbaba lejana, pero aquí éramos solo nosotros.

—¿Sabes? El amor trató de darme la bienvenida contigo —le susurré, girándome para mirarlo.

Él sonrió, esa sonrisa que me derrite. Esta vez lo dejo entrar, pensé, mientras nos dormíamos enredados, el corazón latiendo al unísono. Mañana sería otro día, pero esta noche, el amor había ganado.

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