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Trío Sexual Mhm en la Playa Privada

6912 palabras

Trío Sexual Mhm en la Playa Privada

La brisa salada del mar Caribe me acariciaba la piel mientras el sol se ponía en el horizonte, tiñendo el cielo de naranjas y rosas intensos. Estábamos en una playa privada cerca de Playa del Carmen, un paraíso que Marco y yo habíamos rentado para unas vacaciones chidas con nuestra carnala Luisa. Neta, qué suerte la nuestra. Yo, Ana, con mi bikini rojo que apenas contenía mis curvas, sentía el calor del día todavía pegado a mi cuerpo, mezclado con el aroma a coco de mi crema bronceadora.

Marco, mi novio desde la uni, era un moreno alto con músculos marcados de tanto surfear, y sus ojos cafés siempre me miraban como si yo fuera el único premio en la lotería. Luisa, su prima lejana pero como hermana mía, era una morra explosiva: pelo negro largo, labios carnosos y un cuerpo atlético de tanto yoga. Habíamos llegado esa tarde, con chelas frías y tacos de pescado frescos que compramos en el mercado local. La tensión flotaba en el aire desde que Luisa nos contó, entre risas, sobre su última aventura con un pendejo que no supo qué hacer con ella.

"Órale, Lu, ¿y si probamos algo nuevo esta noche?", soltó Marco de repente, mientras avivaba la fogata que habíamos armado en la arena. Su voz grave vibró en mi pecho, y sentí un cosquilleo entre las piernas. Luisa me miró con picardía, mordiéndose el labio inferior. Yo tragué saliva, el corazón latiéndome como tambor de cumbia. ¿Un trío? ¿Aquí, con nosotros? Neta, ¿estoy lista?

La noche cayó rápido, las estrellas salpicando el cielo como diamantes. Nos sentamos en las sillas de playa, pasando una botella de tequila reposado que sabía a vainilla y humo. El sonido de las olas rompiendo era hipnótico, un crash rítmico que aceleraba mi pulso. Luisa se acercó más, su muslo rozando el mío, suave y cálido. "Ana, carnalita, siempre he pensado que tú y Marco son la pareja perfecta. ¿Y si... jugamos un poco?" Su aliento olía a tequila y menta, y sus dedos trazaron un camino ligero por mi brazo, erizándome la piel.

Marco nos observaba, su sonrisa lobuna iluminada por el fuego. "Imaginemos un trío sexual mhm", murmuró, imitando un gemido sensual que nos hizo reír nerviosas. Ese "mhm" salió de su garganta como un ronroneo, y de pronto, el aire se cargó de electricidad. Mi cuerpo respondió al instante: pezones endureciéndose bajo el bikini, un calor húmedo creciendo en mi centro.

Esto es loco, pero qué chingón se siente. Quiero tocarla, sentirla, que Marco nos vea ardiendo.

Nos levantamos casi al unísono, caminando hacia la cabaña de madera con techo de palapa. Dentro, el ventilador zumbaba perezosamente, moviendo el aire tibio cargado de nuestro aroma mezclado: sudor salado, perfume floral de Luisa y el almizcle masculino de Marco. Nos quitamos la ropa despacio, como en un ritual. Primero los bikinis, revelando mi piel bronceada con pecas en los senos, los de Luisa más firmes y oscuros. Marco se desvistió último, su verga ya semierecta, gruesa y venosa, apuntando hacia nosotras como una promesa.

Luisa me besó primero, sus labios suaves y urgentes, lengua danzando con la mía en un sabor a tequila dulce. Gemí contra su boca, mis manos explorando su espalda curva, bajando a apretar sus nalgas redondas. Marco se unió desde atrás, su pecho duro contra mi espinazo, besando mi cuello mientras sus dedos se colaban entre mis muslos. "Qué mojada estás, mi amor", susurró, y sus dedos encontraron mi clítoris hinchado, frotándolo en círculos lentos. El placer era un rayo, mi concha palpitando, jugos resbalando por mis piernas.

Caímos en la cama king size, sábanas de algodón fresco contrastando con nuestra piel ardiente. Luisa se arrodilló entre mis piernas, su aliento caliente sobre mi monte de Venus depilado. "Déjame probarte, reina", dijo con voz ronca, y su lengua lamió mi raja de abajo hacia arriba, saboreando mis fluidos salados y dulces. Ay, wey, qué rico. Sus labios chupaban mi clítoris como si fuera un mango maduro, succionando con maestría mientras yo arqueaba la espalda, uñas clavándose en las sábanas. Marco observaba, masturbándose despacio, su verga ahora fully erecta, goteando precum que brillaba a la luz de las velas.

Quería corresponder. La volteé, poniéndola a cuatro patas, y hundí mi cara en su culo perfecto, lamiendo su ano rosado mientras mis dedos penetraban su coño empapado. Ella jadeaba, "¡Sí, Ana, chíngame con la lengua!", su voz quebrada por gemidos. Marco no aguantó más: se posicionó detrás de mí, restregando su polla contra mi entrada. "Dime si quieres, mi vida", gruñó. "¡Sí, métela toda!", supliqué, y él empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Su grosor me llenaba, rozando mi punto G con cada embestida.

El ritmo se aceleró. Marco me taladraba con fuerza controlada, sus bolas golpeando mi clítoris, plaf plaf resonando en la habitación junto a los jadeos y el slurp de mi lengua en Luisa. Ella se retorcía, masturbándose furiosamente mientras nos veía unirnos. Cambiamos posiciones: yo encima de Marco, cabalgándolo como una amazona, su verga hundiéndose profunda mientras Luisa se sentaba en su cara. Él la devoraba, lengua follando su concha mientras ella y yo nos besábamos, pechos rozándose, pezones duros como piedritas.

La tensión crecía como una ola gigante. Sentía mi orgasmo aproximándose, un nudo apretado en el vientre. "Trío sexual mhm, qué pinche delicia", balbuceé entre besos, y Luisa rio, gimiendo alto. Marco aceleró, sus caderas subiendo para clavarse más duro. El olor a sexo era embriagador: sudor, fluidos, esencia pura de deseo. Mis paredes internas se contraían alrededor de su verga, ordeñándola, y exploté primero. Un grito gutural salió de mi garganta, olas de placer sacudiendo mi cuerpo, jugos chorreados empapando sus bolas.

Luisa vino segundos después, temblando sobre la boca de Marco, su concha convulsionando y rociando su rostro. Él rugió, embistiéndome una última vez antes de llenarme con chorros calientes de semen, su verga pulsando dentro de mí como un corazón desbocado. Nos derrumbamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas sincronizándose con el vaivén del mar afuera.

Minutos después, yacíamos en afterglow, caricias perezosas y besos suaves. Luisa trazaba círculos en mi vientre, Marco besaba mi hombro. "Neta, eso fue épico", susurró él. Yo sonreí, el cuerpo lánguido y satisfecho, un calor residual entre las piernas recordándome cada roce.

Este trío sexual mhm nos unió más. No hay celos, solo amor y placer compartido. Mañana, ¿repetimos?
La noche nos envolvió en paz, el aroma a sal y sexo persistiendo como un secreto delicioso.

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