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Razones Tri Para Un Trío Inolvidable

6660 palabras

Razones Tri Para Un Trío Inolvidable

Estaba en esa fiesta en Polanco, con el aire cargado de ese olor a tequila reposado y perfume caro que te envuelve como una caricia prohibida. La música ranchera moderna retumbaba suave, de esas que te hacen mover la cadera sin querer. Yo, carnal, me sentía el rey del mambo esa noche, con mi camisa ajustada marcando el pecho que tanto trabajo me costó en el gym. Ahí estaba Roxana, mi ex de la uni, con ese vestido rojo que le pegaba como guante a sus curvas, y su amiga Lulú, una morra de ojos verdes que parecía salida de un sueño húmedo.

Wey, ¿qué onda contigo? —me dijo Roxana, acercándose con una sonrisa pícara, su aliento cálido rozándome la oreja—. Te ves bien bueno, neta.

El corazón me latió fuerte, como tambor en fiesta patronal. Hacía meses que no la veía, pero el deseo viejo se encendió de golpe. Lulú se unió, su mano rozando mi brazo accidentalmente, o eso creí. Su piel suave, tibia, olía a vainilla y algo más salvaje, como jazmín en calor. Hablamos pendejadas, risas que fluían como el mezcal que nos echábamos, y de repente Roxana soltó:

Oye, ¿te late la idea de unas razones tri para pasarla chido?

Me quedé tieso, pero mi verga ya sabía la respuesta. Razones tri: una para revivir lo nuestro, otra por Lulú que me traía loco desde el primer vistazo, y la tercera... pues porque la noche pedía fuego.

Salimos de la fiesta, los tres en mi coche, el viento nocturno de la CDMX colándose por las ventanas bajadas. Roxana en el asiento del copiloto, su mano en mi muslo subiendo despacio, mientras Lulú en el de atrás se inclinaba para morderme juguetona el lóbulo de la oreja. ¡Puta madre, esto va en serio! pensé, el pulso acelerado, la sangre hirviendo.

Llegamos a mi depa en la Roma, ese lugar chido con vista al skyline. Apenas cerré la puerta, Roxana me empujó contra la pared, sus labios devorando los míos con hambre acumulada. Sabían a tequila y gloss de fresa, dulce y ardiente. Lulú observaba, lamiéndose los labios, sus pechos subiendo y bajando rápido bajo la blusa escotada.

¿Por qué chingados estoy tan nervioso? Esto es lo que siempre quise, un trío con dos morras que me ponen como moto, me dije, mientras mis manos exploraban la cintura de Roxana, sintiendo su calor a través de la tela.

La llevé al sofá, tirando cojines al piso. Lulú se acercó por detrás, desabrochándome la camisa con dedos temblorosos de excitación. Su aliento en mi nuca era puro fuego, oliendo a menta fresca. Roxana se arrodilló, bajándome el zipper con una mirada que prometía pecados. Neta, esta es la primera razón tri: su boca experta.

Me la metió despacio, su lengua girando alrededor de la cabeza de mi verga, chupando con esa succión que te hace gemir sin control. El sonido húmedo, slurp slurp, llenaba la sala, mezclado con mis jadeos roncos. Lulú me besaba el cuello, sus uñas arañando suave mi pecho, enviando chispas por mi espina. Olía su perfume invadiendo todo, ese aroma que te hace querer enterrarte en ella.

¡Ay, wey, qué rica! —gruñí, agarrando el pelo de Roxana.

Pero no quería acabar tan rápido. Las levanté, las besé a las dos, alternando lenguas calientes y resbalosas. Sus sabores se mezclaban en mi boca: fresa de Roxana, menta de Lulú. Las desvestí lento, saboreando cada centímetro de piel expuesta. Roxana tenía esas tetas firmes, pezones duros como piedras preciosas, que chupé hasta hacerla arquear la espalda. ¡Dios, qué sabor a sal y deseo!

Lulú era más delgada, pero su culo... ¡carajo! Redondo, perfecto para apretar. La puse de rodillas en el sofá, comiéndosela desde atrás mientras Roxana me masturbaba. Su panocha estaba empapada, oliendo a sexo puro, ese musk femenino que te enloquece. Lamí su clítoris hinchado, sintiendo cómo temblaba, sus gemidos agudos como música prohibida.

¡Más, pendejo, no pares! —suplicó Lulú, empujando contra mi cara.

La tensión crecía, el aire espeso de sudor y gemidos. Roxana se unió, lamiendo mis bolas mientras yo devoraba a su amiga. Nuestros cuerpos se enredaban, piel contra piel resbalosa, el calor subiendo como fiebre. Segunda razón tri: compartirlas, verlas tocarse entre ellas.

Las puse frente a frente, besándose con pasión lésbica que me puso la verga como acero. Lenguas danzando, manos en tetas ajenas, oh sí. Me masturbé viéndolas, el pre-semen goteando. Luego, Roxana se montó en mi cara, restregando su chocha jugosa mientras Lulú me cabalgaba. Sentí su interior apretado, caliente, envolviéndome como terciopelo mojado. Subía y bajaba, sus nalgas chocando contra mis muslos con plaf plaf, el sonido rítmico como tambores aztecas.

¡Te sientes tan chingón adentro! —jadeó Lulú, sus ojos verdes clavados en los míos, sudor perlando su frente.

Roxana gemía en mi boca, su jugo dulce inundándome la lengua. Cambiamos posiciones mil veces: yo de perrito a Lulú mientras metía dedos en Roxana, ellas chupándose mutuamente. El olor a sexo era abrumador, mezcla de fluidos, sudor y esa esencia femenina que te marca para siempre. Mis huevos dolían de tanto placer contenido, el corazón martilleando como loco.

La intensidad subía, sus cuerpos temblando al borde. Tercera razón tri: el clímax compartido, explotar juntos. Puse a Lulú boca arriba, embistiéndola fuerte, profundo, sintiendo su coño contraerse alrededor de mi verga. Roxana se sentó en su cara, las tres conectados en un nudo de carne y lujuria.

¡Me vengo, cabrones! —gritó Lulú primero, su cuerpo convulsionando, uñas clavadas en mis brazos.

El apretón de su orgasmo me llevó al límite. Roxana se corrió segundos después, ahogando gemidos en su mano, su culo temblando sobre la boca de Lulú. No aguanté más: saqué la verga y eyaculé chorros calientes sobre sus tetas, marcándolas como mío. El placer fue cegador, olas y olas sacudiendo mi cuerpo, el semen espeso goteando lento.

Caímos exhaustos en un enredo de piernas y brazos, el pecho subiendo y bajando al unísono. El aire olía a clímax, a nosotros tres. Roxana me besó suave, Lulú acurrucada en mi otro lado, su mano trazando círculos perezosos en mi abdomen.

Neta, las razones tri valieron cada segundo, murmuré, riendo bajito.

Nos quedamos así, en afterglow, con la ciudad brillando afuera. No era solo sexo; era conexión, fuego compartido que nos unía más. Mañana quién sabe, pero esa noche fuimos invencibles.

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