Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Intento y Prueba de Pasión Prohibida Intento y Prueba de Pasión Prohibida

Intento y Prueba de Pasión Prohibida

6996 palabras

Intento y Prueba de Pasión Prohibida

La noche en la casa de la Condesa caía como un velo caliente sobre la ciudad de México. El aire olía a jazmines del jardín y a tacos al pastor de la taquería de la esquina, mezclado con el humo dulce de los cigarros electrónicos que flotaban entre la gente. Yo, Ana, de treinta años y con el cuerpo que aún volvía locos a los vatos, me sentía como una bomba a punto de estallar. Llevaba un vestido negro ajustado que marcaba mis curvas, mis chichis firmes y mi culo redondo que tanto trabajo me costaba en el gym. Frente a mí estaba Diego, mi amigo de la uni, el güey alto con ojos cafés profundos y una sonrisa pícara que me hacía mojarme con solo pensarlo.

¿Por qué carajos no lo he intentado antes? pensé mientras lo veía platicar con unos cuates, su camisa blanca pegada al pecho musculoso por el sudor de la calor. Habíamos coqueteado mil veces, pero nunca pasábamos de besos robados en fiestas. Esta noche era diferente. Mi intento y prueba de romper esa barrera iba a empezar ya. Caminé hacia él con las caderas balanceándose, el sonido de mis tacones contra el piso de mármol resonando como un desafío.

—Órale, Ana, ¡qué buena onda verte! —dijo Diego, su voz grave vibrando en mi pecho como un tambor bajo.

—Neta, Diego, ya me tenías abandonada —respondí, rozando su brazo con mis dedos. Su piel estaba caliente, áspera por la barba incipiente. Olía a colonia barata pero sexy, con un toque de sudor hombre que me ponía la piel chinita.

Nos quedamos platicando, riendo de chistes pendejos sobre la chamba y los exes. Pero yo sentía la tensión crecer, como un elástico a punto de romperse. Mis pezones se endurecían contra la tela del vestido cada vez que sus ojos bajaban a mi escote. Es ahora o nunca, pinche Ana, haz tu intento y prueba.

—Ven, te enseño el jardín —le dije, tomándolo de la mano. Sus dedos envolvieron los míos, fuertes y seguros. Caminamos entre las luces de colores, el bullicio de la fiesta quedando atrás. El jardín era un paraíso privado: palmeras susurrando con la brisa, el olor a tierra húmeda y flores tropicales invadiendo mis sentidos.

Allá, bajo un rincón oscuro, lo empujé contra la pared de adobe. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento. Su boca sabía a tequila y limón, dulce y picante. Gemí bajito cuando su lengua invadió la mía, explorando con urgencia. Sus manos bajaron a mi culo, apretándolo con fuerza, enviando chispas de placer directo a mi entrepierna.

—Ana... ¿qué pedo? —murmuró contra mi cuello, su aliento caliente haciendo que mi piel ardiera.

—Shh, güey, déjame intentar algo —susurré, mordiendo su oreja. Mi mano bajó a su entrepierna, sintiendo su verga ya dura como piedra bajo los jeans. La apreté suave, y él gruñó, un sonido animal que me empapó más.

Acto uno cerrado, la tensión sexual ya latía como un corazón acelerado. Lo jalé de vuelta a la casa, directo a una recámara vacía que olía a sábanas limpias y lavanda. Cerré la puerta con llave, el clic resonando como una promesa. Diego me miró con ojos en llamas, su pecho subiendo y bajando rápido.

—Si esto es tu intento y prueba, carnal, vas ganando —dijo riendo nervioso, quitándose la camisa. Su torso era un sueño: abdominales marcados, vello oscuro bajando en una línea tentadora hasta su cintura.

Me quité el vestido de un tirón, quedando en tanga negra y nada más. Sus ojos se clavaron en mis chichis, los pezones rosados erectos pidiendo atención. Se acercó, sus manos ásperas acariciando mi piel suave, bajando por mi espalda hasta mis nalgas. Tocó mi panocha por encima de la tela, y jadeé al sentir sus dedos resbalar en mi humedad.

Qué rico se siente esto, pero no quiero apresurarme. Tengo que build-up la intensidad, pensé mientras lo empujaba a la cama king size. Me arrodillé entre sus piernas, desabrochando sus jeans con dientes. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con una gota de precum brillando en la punta. Olía a hombre puro, almizclado y adictivo. La lamí despacio, saboreando la sal de su piel, mi lengua rodeando el glande mientras él gemía y enredaba sus dedos en mi pelo.

—Pinche Ana, qué chingona... —gruñó, su voz ronca como grava.

Lo chupé más profundo, mi boca estirándose alrededor de su grosor, el sonido húmedo de succión llenando la habitación. Sentía mi clítoris palpitar, rogando atención. Me quité la tanga, mi coño depilado goteando jugos por mis muslos. Diego me jaló arriba, volteándome para un 69 perfecto. Su lengua atacó mi panocha como un hambriento, lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris con succiones que me hacían arquear la espalda. Yo devoraba su verga, gimiendo vibraciones contra ella.

El sudor nos cubría, piel contra piel resbalosa. Olía a sexo crudo, a feromonas mexicanas en calor. Mis caderas se movían solas contra su cara, su nariz frotando mi ano mientras su lengua follaba mi entrada. No aguanto más, pero quiero prolongar esta prueba.

Cambié de posición, montándolo a la reversa. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, el estiramiento ardiente pero delicioso. Reboté lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas, mis chichis balanceándose. Él agarró mis caderas, guiándome más rápido. El slap-slap de carne contra carne, mis jugos chorreando por sus bolas, el aire cargado de nuestros jadeos.

—Más duro, Diego, ¡chingame como hombre! —exigí, mi voz quebrada.

Me volteó boca arriba, sus brazos como pilares a mis lados. Entró de nuevo, profundo y lento, mirándome a los ojos. Nuestros cuerpos se movían en sincronía, piel sudada pegándose, corazones latiendo al unísono. Besé su cuello salado, mordí su hombro mientras él aceleraba, su verga golpeando mi punto G con precisión brutal.

En mi intento y prueba de contenerme, fallé estrepitosamente. El orgasmo me golpeó como un camión, olas de placer convulsionando mi cuerpo, mi panocha apretando su verga en espasmos.

Él gruñó profundo, su leche caliente inundándome, chorro tras chorro. Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos temblando en el afterglow. Su peso sobre mí era reconfortante, su verga aún palpitando dentro.

Nos quedamos así un rato, acariciándonos perezosos. El cuarto olía a semen y sudor, una fragancia íntima y nuestra. Diego me besó la frente, suave.

—Neta, Ana, eso fue épico. ¿Tu intento funcionó?

Reí bajito, mi mano trazando su espalda. —Más que prueba, güey. Fue el comienzo de algo chido.

Salimos de la recámara de la mano, la fiesta seguía rugiendo afuera. Pero dentro de mí, el fuego ardía eterno, sabiendo que mi intento y prueba había valido cada segundo de tensión acumulada. La noche mexicana nos envolvía, prometiendo más noches de pasión desenfrenada.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.