Pasión en las Presentaciones del Tri
El estadio retumbaba con el rugido de la multitud, un mar de camisetas verdes y negros ondeando como banderas enloquecidas. Yo, Ana, había llegado temprano a esa presentación del Tri, con el corazón latiéndome a todo lo que daba por ver a Alex Lora en vivo otra vez. El aire estaba cargado de ese olor a cerveza tibia, sudor fresco y el humo dulzón de los cigarros que flotaba por todos lados. Me abrí paso entre la gente, sintiendo cuerpos rozándome, piel caliente contra mi blusa ajustada que se pegaba a mis curvas por el bochorno de la noche mexicana.
Me paré cerca del escenario, donde las luces parpadeaban como relámpagos rojos y azules. Neta, esto es vida, pensé mientras el bajo empezaba a vibrar en mi pecho, haciendo que mis pezones se endurecieran bajo la tela delgada. De repente, un empujón de la multitud me estrelló contra un wey alto, de cabello revuelto y ojos que brillaban con la misma fiebre que yo sentía. Olía a colonia barata mezclada con el aroma masculino de un día largo, y su mano se posó en mi cintura para estabilizarme.
—Órale, carnala, ¿todo chido? —dijo con una sonrisa pícara, su voz ronca compitiendo con los primeros acordes de la guitarra.
—Sí, wey, pero cuida que no me aplasten —respondí riendo, sin alejarme. Se llamaba Marco, un chilango como yo, fanático del Tri desde morrillo. Hablamos gritando sobre las rolas clásicas, cómo "Abuso Autoridad" nos ponía la piel chinita. Su cuerpo se pegaba al mío con cada brinco de la gente, y yo sentía su calor subiendo por mis muslos, el roce de su cadera contra la mía. El sudor nos unía, resbaloso y caliente, mientras cantábamos a todo pulmón.
La presentación del Tri avanzaba, y el ambiente se ponía cada vez más denso, más eléctrico. Alex Lora bramaba letras que hablaban de rebeldía y deseo crudo, y yo no podía evitar imaginar esas palabras saliendo de la boca de Marco. Sus manos, grandes y callosas, se deslizaban por mi espalda baja, trazando círculos que me erizaban la piel. ¿Qué chingados estoy haciendo? Pero se siente tan bien, me dije, mordiéndome el labio mientras su aliento cálido me rozaba el cuello.
En el clímax de "Piedra de Ancla", el estadio explotó. Todos saltaban, y Marco me levantó en vilo un segundo, mis piernas envolviéndolo por instinto. Sentí su verga dura presionando contra mí a través de los jeans, un pulso firme que me hizo jadear. Nuestras miradas se cruzaron, cargadas de esa hambre que no se disimula. Bajé despacio, frotándome contra él adrede, y su gruñido bajo se perdió en el ruido.
Después de la rola, me jaló hacia un rincón menos apretado, cerca de las salidas. El olor a sexo flotaba ya en el aire, mezclado con el de las chelas derramadas.
—Pinche calor, ¿no? —murmuró, su mano subiendo por mi muslo, dedos juguetones rozando el borde de mi falda corta.
—Calor de la buena —le contesté, empujando mis caderas contra su palma. Nos besamos ahí mismo, salvaje, lenguas enredándose con sabor a cerveza y sal de sudor. Sus labios eran ásperos, demandantes, y yo le clavé las uñas en los hombros, saboreando el momento. La multitud seguía a lo suyo, pero nosotros éramos un mundo aparte, el pulso del Tri latiendo en nuestras venas.
La segunda parte de la tocada nos encontró más pegados que nunca. Bailábamos lento ahora, un vaivén que imitaba lo que ambos queríamos. Su mano se coló bajo mi blusa, acariciando mi teta desnuda —no traía sostén, ¿para qué?—, pellizcando el pezón hasta que gemí bajito en su oído. Se va a volver loco este pendejo, pensé, excitada por su jadeo ronco. Yo bajé la mano, apretando su paquete tieso, sintiendo cómo latía bajo la tela. El olor de su excitación me mareaba, almizclado y puro macho.
Pero el deseo crecía como bola de nieve. No aquí, no con tanta gente, me dije, aunque mi cuerpo gritaba lo contrario. Cuando Alex gritó el encore, Marco me susurró al oído:
—Vámonos a mi troca, está cerca. No aguanto más verte moverte así.
Asentí, el corazón tronándome en el pecho. Salimos tomados de la mano, el eco de "Triste Canción de Amor" persiguiéndonos. Afuera, la noche de la CDMX nos recibió con brisa fresca que erizaba mi piel húmeda. Su camioneta era una beatona vieja, oliendo a cuero gastado y aventura. Apenas cerramos la puerta, nos lanzamos uno sobre el otro.
Me sentó en sus piernas, arrancándome la blusa con prisa. Sus ojos devoraban mis tetas, redondas y firmes, antes de morderlas suave, chupando hasta que arqueé la espalda gimiendo. ¡Qué rico su lengua, cabrón! Olía a su piel salada, a deseo puro. Yo desabroché sus jeans, liberando su verga gruesa, venosa, que saltó dura como fierro. La apreté, sintiendo el calor pulsante, el líquido preseminal resbaloso en mi palma.
—Chíngame ya, Marco —le rogué, bajando mis bragas a un lado. Me penetró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí fuerte cuando bottomed out, su pubis raspando mi clítoris hinchado. El carro se mecía con nuestros embistes, vidrios empañándose con nuestro aliento agitado. Sudábamos a chorros, cuerpos chocando con palmadas húmedas, el sonido obsceno mezclándose con nuestros ayes.
Él me agarraba las nalgas, clavándome las uñas, mientras yo cabalgaba fuerte, mis paredes apretándolo como guante. Sentía cada vena, cada pulso, el roce interno que me volvía loca. Neta, nunca me habían llenado así, pensé en medio del vértigo. Cambiamos, él encima ahora, piernas sobre sus hombros, follando profundo, brutal pero consensuado, perfecto. Su boca en mi cuello, mordiendo, lamiendo sudor. Yo me vine primero, un orgasmo que me sacudió entera, panocha contrayéndose, jugos chorreando por sus bolas.
—¡Sí, cabrón, así! —grité, arañándole la espalda.
Él se vino segundos después, gruñendo mi nombre, llenándome con chorros calientes que sentía resbalar dentro. Colapsamos jadeando, piel pegajosa, corazones galopando al unísono. El olor a sexo impregnaba todo, espeso y satisfactorio.
Nos quedamos ahí un rato, acariciándonos perezosos. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero nosotros flotábamos en esa burbuja post-orgásmica.
—Pinche presentación del Tri, ¿eh? Nos prendió a los dos —dijo él riendo bajito, besándome la frente.
—Las mejores noches empiezan con el Tri, respondí, acurrucándome en su pecho. Sabía que esto era de una noche, pero qué chingón final. El recuerdo de su sabor en mi lengua, su calor en mi cuerpo, me acompañaría por días. Salimos del carro ya de madrugada, caminando de la mano hacia la estación, con la promesa de otra tocada, otro fuego.