Inyectando Pasión Bedoyecta Tri en Farmacia San Pablo
Entré a la Farmacia San Pablo con el cuerpo hecho pedazos, neta que andaba muerta de cansancio. El trabajo me tenía jodida, las noches sin dormir y ese pinche estrés que no me dejaba ni gozar un rato. Olía a ese desinfectante limpio, mezclado con el aroma dulce de los chicles y las cremas en los estantes. Mis ojos se posaron en las cajitas de Bedoyecta Tri, las inyecciones que todos decían que te ponían las pilas como por arte de magia. "Esto es lo que necesito", pensé, mientras sentía el pulso latiéndome en las sienes.
El chavo detrás del mostrador era un pendejazo guapísimo, de esos que te hacen babear sin querer. Alto, moreno, con una sonrisa que iluminaba todo el local y unos ojos cafés que te desnudaban con la mirada. Llevaba la bata blanca ajustada, marcando unos brazos fuertes que seguro levantaban más que frascos de medicina.
"¿En qué te ayudo, preciosa?"
Me dijo con voz grave, como si me estuviera acariciando el alma. Sentí un cosquilleo en la panza, de esos que suben hasta las chichis.
"Quiero Bedoyecta Tri, wey. Ando hecha mierda y necesito energía pa' la noche."
Me guiñó el ojo, como si supiera exactamente qué tipo de noche planeaba. Me cobró rápido, pero antes de irme, se acercó más de la cuenta, su colonia invadiendo mi espacio, un olor masculino y fresco que me puso la piel de gallina.
"¿Quieres que te la aplique aquí mismo? Salen bien ricas, y gratis pa' ti."
¿Gratis? Neta que el corazón me dio un brinco. Miré alrededor, la farmacia estaba casi vacía, solo una viejita en la esquina comprando pañales. Asentí, sintiendo ya el calor subiendo por mis muslos. Me llevó a una salita atrás, chiquita pero limpia, con una camilla y posters de anatomía en las paredes. El aire estaba más cargado, olía a alcohol y a su sudor ligero, excitante.
Me subí la blusa, dejando ver mi espalda desnuda. Sentí sus dedos fríos con el algodón empapado en alcohol rozándome la piel, y un escalofrío me recorrió entera. "Relájate, mamacita", murmuró cerca de mi oreja, su aliento caliente en mi cuello. La aguja pinchó suave, casi placentero, y el líquido entró frío en mi vena. Pero no era solo la Bedoyecta Tri, era él, tan cerca que su pecho rozaba mi hombro.
Al terminar, no se apartó. Sus manos se quedaron en mi cintura, masajeando despacito. Giré la cara, nuestros labios a milímetros. "¿Y si te ayudo con esa energía extra?", susurró, y yo, con el cuerpo ya encendido, lo jalé de la bata y lo besé como si no hubiera mañana.
Su boca era fuego puro, lengua juguetona explorando la mía, sabor a menta y deseo. Lo empujé contra la camilla, desabrochando su bata con dedos temblorosos. Debajo, una playera ajustada y pantalón de mezclilla que no escondía nada de su verga dura, marcada como un pinche monumento. Mis manos bajaron, palpando ese bulto caliente que palpitaba bajo la tela. Él gimió bajito, un sonido ronco que me mojó al instante.
Acto dos: la escalada
Me quitó la blusa de un tirón, sus labios bajando por mi cuello, lamiendo hasta mis tetas. Las chupó con hambre, mordisqueando los pezones hasta ponérmelos duros como piedritas. Olía a mi perfume mezclado con su sudor, y el de mi panocha ya abriéndose, húmeda y lista. "Estás cañona, neta", gruñó, mientras sus dedos se colaban en mi falda, rozando mis calzones empapados.
Me recargué en la camilla, abriendo las piernas instintivamente. Él se arrodilló, bajándome la tanga despacio, inhalando mi aroma como si fuera droga. Su lengua tocó mi clítoris y exploté en jadeos, el placer subiendo como olas. Lamía chido, círculos lentos y chupadas fuertes, metiendo dos dedos que me follaban adentro, curvándose justo en ese punto que me volvía loca. Mis manos en su pelo, jalándolo más cerca, mis caderas moviéndose solas contra su boca. "¡Sí, cabrón, así!", grité bajito, mordiéndome el labio pa' no armar escándalo.
Pero quería más. Lo levanté, le bajé el pantalón y su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillando de precum. La tomé en la mano, suave pero firme, masturbándolo mientras lo besaba. Saboreé la sal en mi lengua cuando la lamí desde la base hasta la punta, metiéndomela hasta la garganta. Él jadeaba, "Chin... qué chido", sus caderas empujando suave.
La Bedoyecta Tri ya hacía su magia, mi cuerpo vibraba de energía, lista pa' todo. Lo empujé a la camilla, me subí encima, frotando mi coño mojado contra su verga. Nuestros ojos se clavaron, consentimiento puro en esa mirada ardiente. "Fóllame, amor", le pedí, y él me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo.
¡Pinche delicia! Su verga estirándome, golpeando justo ahí, mis paredes apretándolo como guante. Cabalgaba fuerte, tetas rebotando, sudor resbalando entre nosotros. El sonido de piel contra piel, chapoteos húmedos, gemidos ahogados. Sus manos en mis nalgas, guiándome, un dedo rozando mi ano, mandándome al cielo.
Cambié de posición, él encima ahora, misionero intenso. Me abrió las piernas ancho, embistiéndome profundo, su boca en mi cuello, mordiendo suave. Sentía cada vena de su verga frotando adentro, mi clítoris rozando su pubis. El clímax se acercaba, tensión en el vientre, pulsos acelerados. "Ven conmigo", jadeó, y explotamos juntos, yo gritando en silencio, él gruñendo mientras se vaciaba dentro, caliente y espeso.
Acto tres: el afterglow
Nos quedamos pegados, respiraciones entrecortadas, cuerpos temblando. Su verga aún dentro, suavizándose despacio. Olía a sexo puro, semen y sudor mezclado con el alcohol de la farmacia. Me besó la frente, dulce, como si no fuera solo un polvo rápido.
"Neta que la Bedoyecta Tri de Farmacia San Pablo te puso como fiera", bromeó, riendo bajito.
Yo sonreí, acariciando su pecho. "Tú tampoco te quedas atrás, farmacéutico sexy". Nos vestimos entre besos perezosos, prometiendo vernos de nuevo. Salí de ahí con las pilas recargadas, no solo por la inyección, sino por él. Caminé por la calle con una sonrisa pendeja, el cuerpo satisfecho, recordando cada roce, cada gemido. Esa noche en Farmacia San Pablo había sido el mejor remedio pa' mi alma.