Te Intentaré Arreglar
El sol de Playa del Carmen se ponía como una bola de fuego sobre el mar Caribe, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas suaves. Tú, con el corazón hecho trizas después de que ese pendejo de tu ex te dejara por otra, habías venido a este resort de lujo para desconectarte. El viento salado te revolvía el cabello mientras estabas sentada en la barra del beach club, con un margarita helado en la mano, el limón fresco explotando en tu lengua y el tequila quemándote la garganta justo como necesitabas.
El ritmo de la música reggaetón flotaba en el aire, mezclado con risas y el choque de copas. Tus ojos se perdieron en el horizonte, pero de pronto sentiste una presencia a tu lado. Un hombre alto, moreno, con esa piel bronceada que gritaba mexicano chingón, se acercó con una sonrisa que iluminaba más que el atardecer. Olía a colonia fresca con un toque de sal marina, y sus ojos cafés te clavaron en el sitio.
¿Por qué carajos me mira así? Como si pudiera ver hasta mi alma rota.
"¿Todo bien, güerita?" te dijo con voz grave, ronca, como si hubiera fumado un buen puro esa tarde. Tú asentiste, pero él no se tragó el cuento. "Se te nota en la cara que alguien te hizo mierda. Ven, baila conmigo, que el mar cura todo."
Sus manos fuertes te tomaron de la cintura, guiándote a la pista improvisada en la arena. El calor de su cuerpo contra el tuyo era eléctrico, su pecho duro rozando tus pechos a través del vestido ligero de algodón. La arena tibia se colaba entre tus dedos de los pies, y el sudor empezaba a perlar tu piel mientras sus caderas se movían al ritmo de Perro Fiel. Olías su aroma masculino, mezclado con el de tu propio perfume floral que se evaporaba con el calor.
"Yo will try to fix you," murmuró en tu oído, su aliento caliente rozando tu lóbulo. Sus palabras en inglés te sorprendieron, pero sonaron como una promesa pecaminosa, sacadas de esa canción que tanto te gustaba. I will try to fix you. Te derretiste un poco, imaginando cómo lo haría.
La noche avanzó con shots de tequila reposado, el líquido ámbar bajando ardiente por tu garganta, soltándote las inhibiciones. Sus dedos trazaban círculos en tu espalda baja, enviando chispas directas a tu entrepierna. "Estás cañón, mija," te susurró, y tú sentiste cómo tu clítoris palpitaba al compás de su voz.
Acto uno cerrado, la tensión crecía como la marea. Lo invitaste a tu suite en el resort, el pasillo iluminado tenuemente, el sonido de las olas rompiendo a lo lejos. Apenas cerraste la puerta, sus labios capturaron los tuyos. Sabían a tequila y menta, su lengua invadiendo tu boca con hambre contenida. Gemiste contra él, tus uñas clavándose en su nuca mientras lo empujabas hacia la cama king size con sábanas de hilo egipcio.
Te quitó el vestido despacio, sus ojos devorando cada centímetro de tu piel expuesta. "Qué chingona estás," gruñó, lamiendo tu cuello, bajando hasta tus pezones que se endurecieron al instante bajo su boca caliente y húmeda. Sentiste su lengua girando, succionando, el placer como un rayo directo a tu panocha que ya chorreaba. Tus manos bajaron a su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La acariciaste, sintiendo su calor, el pulso acelerado bajo tu palma, el olor almizclado de su excitación llenando la habitación.
Esto es lo que necesitaba. Que me arregle con su cuerpo, que me haga olvidar todo.
Él te tumbó en la cama, sus manos expertas abriendo tus piernas. "Déjame probarte," dijo, y su boca se hundió entre tus muslos. Su lengua lamía tu clítoris con maestría, chupando suave al principio, luego con fuerza, mientras dos dedos gruesos entraban en ti, curvándose justo en ese punto que te hacía arquear la espalda. El sonido húmedo de tus jugos, tus gemidos roncos mezclados con su resuello, el sabor salado de tu piel en su boca. "Estás empapada, nena," murmuró contra tu carne, vibrando deliciosamente.
La intensidad subía. Tú lo volteaste, montándote encima, frotando tu coñito mojado contra su polla dura como piedra. "Chíngame," le rogaste, y él obedeció, embistiéndote de un solo golpe. Sentiste cómo te llenaba, estirándote, el roce perfecto contra tus paredes internas. Cabalgaste con furia, tus tetas rebotando, sus manos apretando tus nalgas, el slap slap de piel contra piel resonando en la suite. Sudor goteaba de su pecho al tuyo, mezclándose, salado en tus labios cuando lo besaste.
Pero no era solo físico. Entre jadeos, confesaste tu dolor, cómo te sentías rota. "I will try to fix you, mi amor," repitió él, volteándote para ponerte a cuatro patas, penetrándote más profundo. Sus embestidas eran rítmicas, poderosas, cada una golpeando tu G-spot, haciendo que vieras estrellas. El olor a sexo impregnaba el aire, tus jugos corriendo por tus muslos, su verga hinchándose dentro de ti.
La tensión psicológica se rompía con la física. Tus orgasmos venían en olas: primero uno clitoriano cuando él te frotó mientras te follaba, explotando en temblores que te dejaron gritando "¡Sí, cabrón, así!". Luego, él te dio la vuelta, misionero profundo, mirándote a los ojos. "Ven conmigo," gruñó, y su corrida caliente te inundó, disparos espesos que te hicieron correrme de nuevo, contrayéndote alrededor de él, ordeñándolo hasta la última gota.
Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su corazón latía contra tu pecho, fuerte, vivo. El aire acondicionado zumbaba suave, trayendo brisa fresca a vuestras pieles ardientes. Lo olías, lo sentías, su mano acariciando tu cabello húmedo.
Me arregló. Con su polla, con sus palabras, con su ternura. Ya no estoy rota.
Se quedaron así hasta el amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, pintando sus cuerpos dorados. "¿Ves? Te lo dije," murmuró él con una risa ronca, besando tu frente. Tú sonreíste, el peso del pasado disuelto en el placer compartido. El mar cantaba afuera, prometiendo más noches como esta, más arreglos en la cama de un desconocido que se sentía como destino.