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Soundgarden El Dia Que Trate De Vivir

6794 palabras

Soundgarden El Dia Que Trate De Vivir

Era una de esas noches en el DF donde el aire huele a tacos de la esquina y a humo de cigarro barato mezclado con el perfume dulce de las flores de nochebuena que alguien dejó en un altar improvisado. Yo, Ana, llevaba semanas sintiéndome como un zombie, wey, atrapada en la rutina de oficina y exnovios pendejos que no valían la pena. Pero esa noche decidí que ya estaba harta. Soundgarden sonaba en mi cabeza todo el día, esa rola de The Day I Tried to Live, como un grito de guerra. "Hoy voy a intentarlo, carajo", me dije mientras me ponía un vestido negro ajustado que me hacía sentir como diosa grunge.

Entré al bar en la Condesa, luces neón parpadeando, el bajo retumbando en mi pecho como un corazón acelerado. El lugar estaba lleno de carnales con playeras vintage y chavas con labios rojos. Pedí un michelada helada, el limón picante en la lengua, la sal crujiendo. Ahí lo vi: alto, moreno, con ojos que brillaban como obsidiana bajo las luces. Se llamaba Marco, lo supe porque su cuate lo llamó así. Estaba solo, tamborileando los dedos en la barra al ritmo de una rola de Nirvana.

¿Y si hoy es el día? ¿Y si me lanzo sin pensarlo?
Pensé, mientras el sudor me perlaba la nuca por el calor del antro. Me acerqué, coqueta, con una sonrisa que decía "ven pa'cá". "Órale, wey, ¿te late el grunge?", le dije, señalando su playera de Soundgarden. Se rio, voz grave como el trueno. "Neta, es lo máximo. ¿Has oído The Day I Tried to Live? Esa rola me salva el día". Mi pulso se aceleró. Era como si el universo me guiñara el ojo.

Hablamos horas, cuerpos cada vez más cerca, el olor de su colonia amaderada mezclándose con mi perfume de vainilla. Sus manos rozaban las mías accidentalmente, pero no tanto. Sentía el calor de su piel, áspera de trabajar en algo manual, quizás mecánico. "Ven, vamos a otro lado", murmuró al fin, su aliento cálido en mi oreja. Asentí, el deseo ya ardiendo en mi vientre como chile en nogada.

Acto 1 fin, pero la noche apenas empezaba.

Salimos al coche, un vocho viejo pero chido, con asientos de piel gastada que olían a aventura. Manejó hasta su depa en la Roma, el viento nocturno azotando mi cabello por la ventanilla baja. Soundgarden seguía en mi mente, esa letra repitiéndose: "One more time around might do it". Estacionó y me jaló de la mano, subimos escaleras crujientes, su palma sudorosa apretando la mía. Adentro, luces tenues, posters de bandas en las paredes, el aroma a café y algo más, masculino, excitante.

Nos sentamos en el sofá, cervezas frías de la refri. Habló de su vida, de cómo el rock lo mantenía vivo, de ex que lo habían dejado hecho mierda. Yo conté lo mío, las decepciones, el vacío. Nuestras rodillas se tocaron, luego muslos.

Esto es lo que necesitaba, neta, sentirme viva de nuevo.
Su mirada se oscureció, pupila dilatada. Se inclinó, labios rozando los míos, suaves al principio, probando. Abrí la boca, lengua danzando con la suya, sabor a chela y menta. Gemí bajito, manos en su nuca, cabello corto y revuelto entre mis dedos.

La tensión crecía como tormenta. Sus manos bajaron por mi espalda, desabrochando el vestido con dedos temblorosos. Caí la tela al piso, quedando en brasier negro y tanga. Él se quitó la playera, torso marcado, tatuaje de un cuervo en el pecho, piel morena brillando bajo la luz. Olía a sudor limpio, a hombre. Me levantó en brazos, piernas alrededor de su cintura, camino al cuarto. El colchón nos recibió suave, sábanas frescas contra mi espalda ardiente.

Me besó el cuello, dientes rozando, enviando chispas por mi espina. "Eres chingona, Ana", susurró, voz ronca. Bajó a mis tetas, liberándolas del brasier, pezones duros como piedras. Los chupó, lengua girando, succionando fuerte. Arqueé la espalda, uñas clavándose en sus hombros. ¡Qué rico, wey! El calor entre mis piernas era insoportable, humedad empapando la tanga.

Él se arrodilló, quitándome la prenda despacio, ojos fijos en mi panocha depilada, labios hinchados de deseo. "Déjame probarte", dijo, y hundió la cara. Su lengua caliente lamió mi clítoris, círculos lentos, luego rápidos. Gemí alto, caderas moviéndose solas. Olía mi excitación, salada y dulce. Metió dos dedos, curvados, tocando ese punto que me volvía loca. "¡Sí, cabrón, así!", grité, piernas temblando.

Pero no quería acabar todavía. Lo jalé arriba, desabrochando su jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, cabeza roja brillante de precum. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, palpitando. La masturbé lento, viéndolo cerrar los ojos, jadeando. "Chúpamela, mami", pidió. Me puse de rodillas, boca abierta, lengua lamiendo desde la base hasta la punta. Sabía salado, masculino. La tragué profunda, garganta relajada, él gimiendo "¡Puta madre, qué chido!".

La intensidad subía, sudor perlando nuestros cuerpos, el cuarto lleno de jadeos y el slap de piel. Soundgarden de fondo en su mente, como banda sonora de esta locura. "Hoy es the day I tried to live", pensé, riendo por dentro.

Escalada al clímax.

Me tiró en la cama, abriéndome las piernas. Se puso condón rápido, verga lista. Rozó mi entrada, lubricada al mil. "Dime si quieres", murmuró, ojos en los míos. "¡Sí, métela ya, wey!", supliqué. Empujó despacio, llenándome centímetro a centímetro. ¡Dios, qué estirada, qué llena! Gemí largo, paredes apretándolo. Empezó a bombear, lento al inicio, luego feroz, caderas chocando, testículos golpeando mi culo.

Sentía cada vena, cada thrust profundo. Mis tetas rebotaban, manos en sus nalgas guiándolo más adentro. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje. Sus manos en mis caderas, pulgares en clítoris. El placer acumulándose, olas crecientes. "Me vengo, Marco", avisé, voz quebrada. Él aceleró, "Yo también, nena". Explosión: mi coño contrayéndose, leche chorreada, grito primal. Él rugió, llenando el condón, cuerpo tenso.

Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor, olores mezclados de sexo y éxtasis. Besos suaves ahora, caricias perezosas. Afuera, la ciudad zumbaba, pero aquí éramos solo nosotros.

Despertamos enredados, sol filtrándose por cortinas. "Fue el mejor día", dijo él, besando mi frente. Yo sonreí,

Soundgarden tenía razón, hoy intenté vivir y lo logré al cien.
Nos duchamos juntos, agua caliente lavando rastros, manos explorando de nuevo, pero tierno. Prometimos repetir, sin presiones. Salí a la calle, piernas flojas, corazón lleno. El DF nunca se vio tan vivo, colores vibrantes, aromas tentadores. Esa noche con Marco, con Soundgarden en el alma, fue mi renacer.

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