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Pasión Desatada en Tri Cities Mall Kennewick

7157 palabras

Pasión Desatada en Tri Cities Mall Kennewick

Entré al Tri Cities Mall Kennewick esa tarde de sábado con el sol pegando duro afuera, pero adentro el aire acondicionado me dio la bienvenida como un beso fresco. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba un poquito a mi piel por el calor del estacionamiento, y mis sandalias chasqueaban contra el piso brillante. El olor a pretzels calientes del food court se mezclaba con perfumes caros de las tienditas, y la gente iba y venía, risas y pláticas flotando en el aire. Yo, Karla, de veintiocho pirulos, había venido a distraerme un rato, a comprar algo chulo para la noche, pero no imaginaba que el destino me tenía una sorpresa bien rica.

Estaba echando un ojo a los escaparates de Victoria's Secret cuando lo vi. Alto, moreno, con una camiseta ajustada que marcaba unos brazos fuertes y unos jeans que le quedaban como pintados. Sus ojos cafés me clavaron en seco mientras pasaba, y me sonrió con esa picardía que hace que se te acelere el corazón. ¿Qué onda, güey? ¿Por qué me mira así? pensé, sintiendo un cosquilleo en la panza. Él se detuvo, fingiendo ver un maniquí, pero yo sabía que era por mí. Me acomodé el cabello negro largo, dejando que cayera sobre mis hombros bronceados, y le devolví la sonrisa.

Órale, qué bonita estás —me dijo acercándose, con voz grave y un acento norteño que me erizó la piel. Se llamaba Marco, treinta tacos bien puestos, originario de Juárez pero radicado en Kennewick por el trabajo. Hablamos de tonterías: el mall, el calor, las ofertas. Pero entre líneas, el aire se cargaba de electricidad. Sus ojos bajaban a mi escote, y yo sentía el calor subiendo por mis muslos.

Este pendejo me va a volver loca con esa mirada
, me dije, mordiéndome el labio.

La tensión creció cuando entramos a una tienda de ropa. Él me seguía, comentando lo bien que me quedaría un vestido rojo. —Pruébatelo, nena, me dijo guiñando. En el probador, el espejo reflejaba mi cuerpo curvilíneo, pechos firmes apretados por el brasier, caderas anchas que Marco no podía dejar de imaginar. Salí luciendo el vestido, girando para él. Su mirada era fuego puro; se acercó tanto que olí su colonia amaderada mezclada con sudor fresco. —Te ves de muerte, Karla —murmuró, su aliento caliente en mi oreja.

Salimos de la tienda con el vestido en una bolsa, caminando por los pasillos del Tri Cities Mall Kennewick. Nuestras manos se rozaban "accidentalmente", y cada toque era como una chispa. El bullicio del mall —música pop de fondo, niños gritando, carritos de comida zumbando— contrastaba con el silencio cargado entre nosotros. —¿Quieres un cafecito? —propuse, pero él negó con la cabeza. —Mejor algo más privado, dijo, y su mano rozó mi cintura. Mi corazón latía como tambor, el pulso retumbando en mis oídos. ¡Sí, carnal! Esto va pa'lante, pensé, mojándome solo de imaginarlo.

Nos metimos al estacionamiento subterráneo, menos gente, luces tenues y el eco de pasos. Su camioneta negra estaba al fondo, y una vez adentro, el mundo se achicó. Olía a cuero nuevo y a él, ese aroma masculino que me volvía loca. Nos besamos como hambrientos: sus labios carnosos devorando los míos, lengua explorando con urgencia. Gemí contra su boca, sintiendo su barba raspándome la piel suave del cuello. —Te quiero tanto, Karla —gruñó, manos grandes subiendo por mis muslos, arrugando el vestido.

El beso se profundizó, saboreando su saliva dulce con un toque de menta. Le quité la camiseta, tocando su pecho duro, velludo, sintiendo los músculos tensarse bajo mis uñas. Él me desabrochó el brasier con maestría, liberando mis tetas redondas. —¡Qué chulas! —dijo chupando un pezón, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna. Jadeé, arqueándome, el sonido de mi respiración agitada llenando la cabina. Mis manos bajaron a su bragueta, sintiendo la verga dura como piedra, palpitando bajo la tela. La saqué, gruesa y venosa, la piel caliente y suave. La acaricie despacio, oyendo su gemido ronco.

Esto es lo que necesitaba, un hombre de verdad, pensé mientras él me bajaba las panties, exponiendo mi panocha húmeda y depilada. Sus dedos juguetearon con mi clítoris, resbalosos por mis jugos, círculos lentos que me hacían retorcer. —Estás chorreando, nena —dijo riendo bajito, y metí un dedo mío junto al suyo, guiándolo adentro. El olor a sexo empezó a impregnar el aire, almizclado y excitante. Me subí encima, frotándome contra su verga, sintiendo la punta rozar mi entrada. Lentamente, me hundí, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud. —¡Ay, Marco, qué rica!

El ritmo empezó suave, balanceándonos en el asiento reclinado. El crujido del cuero bajo nosotros, el slap slap de piel contra piel, mis tetas rebotando con cada embestida. Sudor perlando su frente, goteando en mi pecho; lo lamí, salado y delicioso. Él agarraba mis nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en mi ano para más placer.

¡Puta madre, esto es el cielo!
grité en mi mente, mientras acelerábamos. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, el orgasmo construyéndose como tormenta.

Pero no queríamos acabar tan rápido. Bajamos del carro, aún desnudos, riendo como locos por la adrenalina. Nos apoyamos contra la pared fría del estacionamiento, un rincón oscuro. Él me levantó una pierna, penetrándome de pie, profundo y fuerte. El eco de nuestros jadeos rebotaba, riesgo de ser pillados avivando el fuego. —Más duro, papi —le pedí, clavando uñas en su espalda. Sus caderas chocaban contra mí, verga golpeando mi punto G, jugos chorreando por mis piernas. Olía a gasolina y sexo, sonidos húmedos y guturales.

La tensión psicológica era brutal: ¿Y si viene alguien? ¿Y si nos cachan? Eso solo nos ponía más calientes. Marco me volteó, cogiéndome por atrás, una mano en mi clítoris, la otra en mi garganta suave. —Eres mía ahora —susurró, y yo asentí, perdida en éxtasis. El clímax llegó como avalancha: yo primero, convulsionando, gritando su nombre ahogado, chorros calientes empapándolo. Él siguió bombeando, gruñendo, hasta explotar dentro, semen caliente llenándome, goteando lento.

Nos quedamos jadeando, abrazados contra la pared fría. Su semen escurría por mi muslo, cálido y pegajoso. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. —Qué chingón estuvo eso —dijo él, riendo. Yo sonreí, sintiendo el afterglow calmar mi cuerpo tembloroso. Regresamos al mall como si nada, pero con promesas de más. Caminando por los pasillos iluminados del Tri Cities Mall Kennewick, su mano en mi espalda baja, supe que esto era solo el principio. El deseo lingüe aún, un fuego que no se apaga fácil.

De vuelta en mi depa esa noche, el vestido rojo puesto, recordé cada detalle: el roce de su piel áspera, el sabor de su sudor, el pulso acelerado compartido. Marco, el rey del Tri Cities Mall, pensé sonriendo. La vida en Kennewick acababa de volverse mucho más interesante.

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