Al Menos Lo Intenté Traducción
El sol de la tarde se colaba por las cortinas entreabiertas de mi depa en la Condesa, tiñendo todo de un naranja cálido que me hacía sudar bajo la blusa ligera. Yo, Daniela, traductora freelance de veintiocho pirulos, me senté frente a la laptop con un café negro en la mano, oliendo a canela y tierra mojada de la lluvia de anoche. Mi carnala me había mandado un texto erótico en inglés por WhatsApp, un cachito de historia gringa que quería que tradujera para su blog personal. Neta, pensé, ¿por qué yo siempre termino en estas broncas? Pero el pinche snippet me prendió: hablaba de un tipo que intenta seducir a una morra con frases torpes, y al final suelta un "at least I tried" que sonaba a rendición sexy.
Leí en voz alta, probando el ritmo: "Al menos lo intenté". La traducción me salió suave, como un susurro en la nuca. Mi piel se erizó, el aire se sentía espeso, cargado con el olor de mi propio sudor mezclado con el perfume de vainilla que me echaba en las muñecas. Imaginé al wey del texto, con su acento chaparro, tratando de traducir su deseo a otra lengua, fallando estrepitosamente pero ganándose el premio gordo.
¿Y si lo intento yo?,me dije, mientras mis dedos volaban en el teclado, adaptando las palabras para que sonaran mexicanas, con ese sabor callejero que nos prende el ojo.
El teléfono vibró. Era Marco, mi lover de hace seis meses, el morro alto y moreno que trabaja de diseñador en Polanco. "Oye, Dani, ¿ya terminaste el jale? Paso por unas chelas y te invito a cenar". Su voz grave, con ese ronroneo que me hace cosquillas en el estómago, me aceleró el pulso. "Ven nomás, wey. Tengo algo que traducirte". Colgué, sintiendo el calor subir por mis muslos. Al menos lo intenté, murmuré para mí, guardando la traducción en un doc que titulé igual que el archivo original.
Llegó media hora después, con una six de Indio Sol frías y una sonrisa que iluminaba el pasillo. Olía a colonia fresca, a jabón y a esa masculinidad que me derrite: sudor limpio de gym y algo salvaje debajo. Me abrazó por la cintura, su pecho duro contra mis tetas, y me plantó un beso en la boca que sabía a menta y promesas. "Qué chida pinta traes, mamas", dijo, recorriendo con la mirada mi shortcito de mezclilla y la playera holgada sin bra. Lo jalé adentro, cerrando la puerta con el pie.
Nos sentamos en el sofá de piel sintética que crujía bajo nuestro peso, el ventilador zumbando perezoso arriba. Le pasé la laptop. "Lee esto, cabrón. Es lo que traduje hoy". Sus ojos cafés se clavaron en la pantalla, y vi cómo sus pupilas se dilataban. El texto describía a un vato que intenta ligar en un bar, traduce mal una frase coqueta, pero la morra lo entiende perfecto y lo lleva a su casa. "At least I tried", decía el original, y yo lo había puesto como "Al menos lo intenté, traducción del alma". Marco levantó la vista, con una ceja arqueada. "¿Esto es lo que traduces, pinche pervertida? Me está dando envidia".
Su mano grande se posó en mi rodilla, subiendo despacio por el interior del muslo. El tacto áspero de sus dedos callosos me hizo jadear bajito. El cuarto olía ahora a cerveza abierta y a nuestra excitación creciente, ese aroma almizclado que se cuela por la nariz como droga. "Imagínate que soy el wey ese", murmuró, acercando su boca a mi oreja, su aliento caliente rozándome el lóbulo. "Al menos lo intenté", repitió en inglés torpe, con acento mexicano que lo hacía mil veces más cachondo.
El corazón me latía en la garganta, un tambor sordo que retumbaba en mis oídos. Lo empujé suave contra el respaldo, montándome a horcajadas sobre él. Sus manos se hundieron en mis nalgas, amasándolas con fuerza, mientras yo frotaba mi entrepierna contra el bulto creciente en sus jeans. "Tradúceme esto, Marco: quiero que me cojas como si fuera la primera vez que lo intentas". Su risa vibró en su pecho, subiendo hasta mi clítoris como una onda eléctrica. "Neta, Dani, eres una chingona".
Nos besamos con hambre, lenguas enredándose en un baile húmedo y salado, saboreando la cerveza en su saliva y el dulzor de mi gloss de cereza. Le quité la playera, revelando su torso esculpido, pectorales firmes salpicados de vello negro que olía a su sudor fresco. Mis uñas rasguñaron su piel, dejando surcos rojos que lo hicieron gemir. "¡Órale, morra!", gruñó, bajándome el short de un tirón. El aire fresco besó mi coño depilado, ya mojado, chorreando jugos que brillaban bajo la luz mortecina.
Acto dos: la cosa se puso intensa. Lo desabroché, liberando su verga dura como fierro, venosa y palpitante, con ese olor terroso a macho listo para la acción. La tomé en la mano, sintiendo su calor y el pulso acelerado bajo la piel suave. "Al menos lo intenté", susurré, lamiendo la punta donde perleaba una gota precursora salada y amarga. Él jadeó, arqueando la espalda, sus dedos enredados en mi pelo. Bajé la boca, engulléndolo centímetro a centímetro, el sabor almendrado invadiéndome la lengua mientras succionaba con ritmo, oyendo sus mugidos roncos que llenaban el depa.
Pero no lo dejé acabar. Me levanté, quitándome la blusa, mis tetas rebotando libres, pezones duros como piedras rosadas. Marco me miró como lobo hambriento, lamiéndose los labios. "Ven pa'cá, pinche diosa". Me recostó en el sofá, abriéndome las piernas con gentileza, sus ojos devorando mi sexo hinchado. Su lengua trazó un camino desde mi ombligo hasta el clítoris, chupándolo suave al principio, luego con furia, sorbiendo mis fluidos que sabía a mar y miel.
¡Joder, este wey sabe lo que hace!Mi mente era un torbellino: el calor de su boca, el roce de su barba incipiente en mis labios mayores, el zumbido del ventilador mezclándose con mis gemidos agudos.
La tensión crecía como tormenta. Le rogué: "Métemela ya, cabrón". Se puso de rodillas, frotando la cabeza de su pija contra mi entrada resbaladiza, untándola de mis jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, el dolor placer mezclándose en una explosión sensorial. Sentí cada vena, cada latido, llenándome hasta el fondo. Empezó a bombear, lento al inicio, sus caderas chocando contra las mías con palmadas húmedas que resonaban en el cuarto. El olor a sexo puro nos envolvía: sudor, fluidos, piel caliente.
Yo clavaba las uñas en su espalda, arañándolo mientras él aceleraba, sus bolas golpeando mi culo con ritmo frenético. "¡Más duro, wey! ¡Tradúceme tu pinche alma!", grité, mi voz ronca de puro gozo. Él obedeció, follándome como poseído, sus músculos tensos brillando de sudor. Mi clítoris rozaba su pubis con cada embestida, mandando chispas por mi espina. El clímax se acercaba, un nudo apretándose en mi vientre, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga como puño caliente.
Acto tres: el desmadre final. Cambiamos de posición; yo arriba, cabalgándolo como amazona, mis tetas botando al ritmo de mis bajadas salvajes. Él me amasaba las nalgas, metiendo un dedo en mi ano para más placer, lubricado con mis propios jugos. "Al menos lo intenté", jadeó él, recordando el texto, y eso me llevó al borde. Exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera: luces blancas detrás de los ojos, coño convulsionando, chorros calientes salpicando su abdomen. Grité su nombre, mordiéndome el labio hasta sangrar un hilito metálico.
Él no tardó; con tres embestidas brutales, se vació dentro de mí, su leche espesa y caliente inundándome, mezclándose con la mía en un río pegajoso. Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, pieles pegadas por sudor y semen. El cuarto apestaba a nosotros, a victoria compartida. Me besó la frente, suave ahora, su mano acariciando mi espalda. "Neta, Dani, esa traducción fue lo mejor que has hecho".
Nos quedamos así, enredados, el ventilador secando nuestro sudor mientras el sol se ponía.
Al menos lo intenté, pensé, sonriendo contra su pecho. Y vaya que valió la pena. La noche apenas empezaba, con chelas frías y más rondas por delante. En el fondo, supe que esa frase torpe se había traducido en algo eterno entre nosotros.