Intenté Resistirme a Tu Fuego
La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio de risas y copas chocando que te envuelve como un abrazo caliente. El aire olía a mezcal ahumado y a tacos de asador que un carrito ambulante regalaba en la esquina. Yo, con mi vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa urbana, intenté convencerme de que esa fiesta era solo para desestresarme del pinche trabajo en la agencia. Pero ahí estabas tú, Javier, recargado en la barra con esa sonrisa pícara que siempre me desarmaba. Hacía dos años que no te veía, desde que intenté borrarte de mi mente como quien borra un tatuaje mal hecho.
Tu mirada me encontró entre la gente bailando cumbia rebajada, y sentí un cosquilleo en la nuca, como si el destino me estuviera guiñando el ojo. "¿Qué onda, carnala? ¿Ya te olvidaste de mí o qué?", dijiste acercándote, tu voz grave retumbando por encima de la música. Olías a colonia cara mezclada con el sudor ligero de la noche, ese aroma que siempre me ponía la piel de gallina. Intenté jugarla cool, respondiendo con un "Pura madre, Javier, ya superé tus tonterías", pero mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Tus ojos cafés recorrían mi cuerpo sin disimulo, y yo sentía el calor subiendo por mis muslos.
¿Por qué carajos regresa este pendejo justo cuando pensé que lo tenía todo bajo control? Intenté resistirme, pero su presencia era como un imán chingón.
Charlamos de pendejadas: del tráfico en Insurgentes, de cómo el mundo cambió con la pandemia, pero el aire entre nosotros chispeaba. Tus manos rozaron mi cintura al pasarme una chela helada, y el frío del vidrio contrastó con el calor de tus dedos. "Sigues igual de rica, ¿eh?", murmuraste al oído, tu aliento tibio oliendo a limón y tequila. Me reí, pero por dentro ya estaba perdida. Bailamos pegaditos, tu pecho firme contra mis tetas, el ritmo lento haciendo que tu verga se endureciera contra mi panza. Intenté alejarme un poquito, pero tú me jalaste más cerca, y yo cedí como gelatina en horno.
La tensión crecía con cada roce. Tus labios rozaron mi cuello accidentalmente —o no tan accidental— y saboreé el salado de tu piel cuando te devolví el favor. "Vamos a otro lado, ¿no?", propusiste, y yo asentí sin pensarlo dos veces. En el taxi rumbo a tu depa en la Roma, la ciudad pasaba borrosa por la ventana, luces neón pintando nuestros cuerpos. Te besé primero, un beso hambriento que sabía a deseo reprimido. Tu lengua exploró mi boca con maestría, y mis manos bajaron a tu paquete, sintiendo lo duro que estabas por mí. "Qué chingón se siente esto", gemí contra tus labios, mientras tus dedos subían por mi muslo, rozando mi tanga húmeda.
Llegamos a tu departamento, un lugar chido con ventanales que daban a las luces de la ciudad. La puerta apenas se cerró y ya estabas quitándome el vestido, tus manos ásperas de tanto gym deslizándose por mi espalda desnuda. Me miraste como si fuera el mejor manjar del tianguis. "Eres una pinche obra de arte", dijiste, y yo me sentí poderosa, deseada. Te empujé al sofá, desabrochando tu camisa para lamer tus pezones duros. Olías a hombre puro, a sudor fresco y loción. Tus gemidos roncos me encendieron más, como música prohibida.
Intenté no caer tan rápido, pero ¿quién resiste esto? Su cuerpo es mi vicio favorito.
Te arrodillé, bajando tus jeans. Tu verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con anticipación. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado y ligeramente dulce. "¡Órale, qué rico chupas, mi reina!", gruñiste, enredando tus dedos en mi pelo. Chupé más profundo, mi garganta acomodándose a tu tamaño, el sonido húmedo de mi boca llenando la habitación. Tus caderas se movían instintivamente, follándome la boca con cuidado, pero con esa urgencia que me empapaba más.
No aguanté y me subí encima, frotando mi concha mojada contra tu verga. Estábamos sudados, el aire cargado de nuestro olor a sexo inminente: almizcle, piel caliente, un toque de mi perfume floral. Te metí despacio, gimiendo al sentirte llenarme por completo. "¡Ay, cabrón, qué grande estás!", exclamé, empezando a cabalgarte. Tus manos amasaban mis nalgas, guiando el ritmo. Cada embestida mandaba ondas de placer desde mi clítoris hasta la punta de mis dedos. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, el sofá crujiendo bajo nosotros.
Cambié de posición, tú encima ahora, penetrándome profundo mientras besabas mi cuello. Sentía cada vena de tu verga rozando mis paredes internas, el roce perfecto que me hacía arquear la espalda. "Dame más, Javier, chíngame duro", supliqué, mis uñas clavándose en tu espalda. Aceleraste, el sudor goteando de tu frente a mis tetas, mezclándose con mi esencia. El clímax se acercaba como tormenta: mis músculos se contraían, mi respiración entrecortada, gemidos convirtiéndose en gritos. "¡Me vengo, pinche amor!", chillé, explotando en oleadas que me dejaron temblando.
Tú seguiste unos segundos más, tu rostro contorsionado en éxtasis. "¡Voy a correr dentro de ti!", avisaste, y lo hiciste, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegada a piel. El cuarto olía a nuestro clímax compartido, un perfume embriagador de satisfacción.
Después, acurrucados en tu cama con sábanas revueltas, fumamos un cigarro —ese vicio post-sexo que siempre compartimos—. Tus dedos trazaban círculos en mi vientre, y yo apoyé la cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón volver a la normalidad. "Nunca debí intentarte olvidar", confesé riendo bajito. Tú me besaste la frente. "Y yo nunca quise que lo hicieras, mi chula". No hubo promesas locas, solo esa paz chida de haber reconectado. La ciudad zumbaba afuera, pero adentro, todo era perfecto. Salí al amanecer con una sonrisa tonta, sabiendo que había intentado resistir en vano, pero qué chido haber fallado tan gloriosamente.