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Cojiendo Rico en Tríos Ardientes

7043 palabras

Cojiendo Rico en Tríos Ardientes

Ana sentía el calor del sol de Puerto Vallarta pegándose a su piel como una caricia prohibida. Estaba en la terraza de la casa rentada, con el Pacífico rugiendo abajo y el aroma salado del mar mezclándose con el humo de la parrilla. Marco, su novio desde hace dos años, volteaba las carnes con esa sonrisa pícara que siempre la ponía mojada de solo verlo. A su lado, Luis, el carnal de Marco, reía con una cerveza en la mano, su cuerpo atlético brillando bajo el sol, tatuajes asomando por la camisa desabotonada.

—Órale, Ana, ¿ya quieres un trago o qué? —dijo Luis, guiñándole el ojo mientras le pasaba un vaso de tequila con limón. Sus dedos rozaron los de ella, un toque eléctrico que la hizo estremecer. Marco lo notó y soltó una carcajada.

—No le hagas caso a este pendejo, mi amor. Ya sabes que Luis siempre anda de galán —respondió Marco, acercándose por detrás y besándole el cuello. El vello de su barba raspó suave su piel, enviando ondas de calor directo a su entrepierna.

Ana se mordió el labio, sintiendo el pulso acelerarse. Habían platicado de fantasías antes, en la cama, susurrando ideas locas entre gemidos.

«¿Y si metemos a alguien más? ¿Te imaginas cojiendo rico en tríos?»
le había dicho Marco una noche, y ella solo había jadeado un sí, imaginando manos extras, bocas hambrientas. Ahora, con Luis ahí, tan cerca, la idea cobraba vida. El deseo era un nudo apretado en su vientre, y el bikini que traía apenas contenía sus pechos hinchados por la excitación.

La tarde avanzó con risas, shots de tequila que quemaban la garganta como fuego líquido, y miradas que se cruzaban cargadas de promesas. El sol se hundió en el horizonte, tiñendo el cielo de naranja y púrpura, mientras ponían cumbia rebajada en los bocinas. Ana bailaba entre los dos, sintiendo sus cuerpos rozarla: la cadera de Marco contra su culo, la mano de Luis en su cintura guiándola. El sudor perlaba su piel, mezclándose con el olor a mar y a hombre, ese aroma almizclado que la volvía loca.

—Neta, ustedes dos se ven chidos juntos —dijo Luis, su voz ronca por el alcohol. Ana lo miró a los ojos, verdes y brillantes, y sintió un cosquilleo en las nalgas.

—¿Y si bailamos los tres? —propuso ella, audaz, el tequila soltándole la lengua. Marco la abrazó por delante, Luis por detrás, y el sándwich humano la apretó. Sentía las vergas endureciéndose contra su cuerpo, gruesas y calientes a través de la tela. Su panocha palpitaba, húmeda, rogando atención.

Entraron a la casa, el aire fresco del ventilador contrastando con su piel ardiente. Las luces tenues pintaban sombras en las paredes blancas. Marco la besó primero, su lengua invadiendo su boca con sabor a tequila y sal, mientras Luis le bajaba el bikini de un tirón, exponiendo sus tetas firmes. Pinche cielo, pensó Ana, gimiendo cuando Luis chupó un pezón, succionando fuerte, el sonido húmedo resonando en la habitación.

—¿Quieres cojiendo rico en tríos, mi reina? —le murmuró Marco al oído, su aliento caliente haciendo que se le erizaran los vellos.

—Sí, wey, —jadeó ella, las manos temblando mientras desabrochaba sus shorts. La verga de Marco saltó libre, venosa y gruesa, oliendo a deseo puro. Luis se quitó la ropa rápido, su pija igual de impresionante, curvada y lista. Ana se arrodilló, el piso fresco contra sus rodillas, y las tomó en las manos, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. Las lamió alternadamente, saboreando el precum salado, el gemido de ambos como música erótica.

La llevaron a la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como seda. Marco se acostó primero, jalándola encima. Ella montó su verga despacio, sintiendo cómo la estiraba, llenándola centímetro a centímetro. Qué rico, tan profundo, pensó, el ardor placentero expandiéndose desde su coño hasta las yemas de los dedos. Luis se posicionó atrás, besándole la espalda, untando lubricante frío en su culo. El dedo entró suave, preparándola, y ella empujó contra él, ansiosa.

—Despacio, carnal —dijo Marco, guiando. Luis obedeció, la cabeza de su verga presionando su ano, abriéndola con cuidado. Ana gritó de placer-pain, el estiramiento exquisito, como si su cuerpo se dividiera en dos para recibirlos. Entró todo, y se quedaron quietos un segundo, jadeando, el sudor goteando, el olor a sexo impregnando el aire: almizcle, lubricante, piel caliente.

Empezaron a moverse, un ritmo sincronizado como dancers experimentados. Marco embestía desde abajo, golpeando su clítoris con el pubis, mientras Luis la taladraba por atrás, sus bolas chocando contra las de su hermano. Ana rebotaba entre ellos, tetas saltando, uñas clavándose en los hombros de Marco.

«Esto es el paraíso, cojiendo rico en tríos, neta»
, rugía en su mente, las sensaciones explotando: el roce áspero de vello púbico, el slap-slap de carne contra carne, el sabor de sus propios labios mordidos.

Los gemidos llenaban la habitación, graves y roncos de los hombres, agudos y desesperados de ella. Luis le jalaba el pelo suave, exponiendo su cuello para morderlo, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Marco le pellizcaba los pezones, torciéndolos hasta que lágrimas de placer rodaban por sus mejillas. El orgasmo se acercaba como una ola, tensando sus músculos, el coño contrayéndose alrededor de la verga de Marco, el culo apretando a Luis.

—¡Me vengo, pinches cabrones! —gritó Ana, explotando en espasmos violentos. El mundo se volvió blanco, pulsos retumbando en sus oídos, jugos chorreando por los muslos. Marco gruñó, llenándola de leche caliente, chorros espesos que la bañaban por dentro. Luis la siguió segundos después, su corrida lubricando más el pasaje, goteando fuera cuando se retiró.

Colapsaron en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas. Ana yacía entre ellos, piel pegajosa, el corazón martilleando contra sus costillas. Marco le besó la frente, Luis la nuca, manos acariciando perezosas.

—¿Ves? Cojiendo rico en tríos es lo máximo —dijo Marco, riendo bajito.

—Neta, wey. Repetimos cuando quieras —agregó Luis, su voz satisfecha.

Ana sonrió, el cuerpo lánguido y pleno. Fuera, las olas seguían rompiendo, un eco de su propio clímax. En su mente, las imágenes perduraban: cuerpos entrelazados, olores intensos, sabores prohibidos. Esto cambia todo, pensó, pero en el mejor sentido. El deseo no se había apagado; solo se había multiplicado, prometiendo más noches ardientes bajo el cielo mexicano.

Se durmieron así, envueltos en el afterglow, el ventilador zumbando suave, el mar susurrando secretos. Mañana sería otro día, pero esta noche, habían descubierto un nuevo nivel de placer, consensual y ardiente, solo para ellos tres.

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