1205 Bloqueo Espera Timeout Excedido Reinicia la Transa
Estaba hasta la madre con esa pinche base de datos. La pantalla de mi laptop parpadeaba como si se burlara de mí, y el error saltaba una y otra vez: 1205 lock wait timeout exceeded try restarting transaction. Órale, neta que ya me tenía con los huevos de corbata. Era medianoche en mi depa de la Roma, el aire cargado del olor a tacos de la taquería de la esquina que se colaba por la ventana entreabierta. El zumbido del ventilador del cuarto chocaba con el tecleo furioso de mis dedos, pero nada, el servidor se trababa como mi carnal cuando se empeda y no quiere soltar el michelón.
De repente, la puerta del cuarto se abrió con un chirrido suave, y ahí estaba ella, Mariana, mi morra, con esa sonrisa pícara que me ponía la verga dura en segundos. Llevaba un vestidito negro ajustado que marcaba sus chichis perfectas y sus caderas anchas, como si hubiera nacido para volverme loco. El perfume de jazmín y vainilla que usaba invadió el cuarto, dulce y embriagador, mezclándose con el sudor que ya me perlaba la frente. ¿Qué onda, mi amor? ¿Otra vez peleando con tu máquina? dijo con esa voz ronca, mexicana hasta los huesos, mientras se acercaba contoneándose.
La miré de arriba abajo, sintiendo cómo mi frustración se transformaba en un calor que subía desde mis huevos hasta el pecho.
Pinche error 1205, me tiene jodido. Lock wait timeout exceeded, try restarting transaction, y ni así jala, le contesté, pero mi voz salió más ronca de lo que esperaba. Ella se rio bajito, un sonido como cascabeles calientes, y se sentó en mi regazo, sus nalgas firmes presionando justo donde más lo necesitaba. Sus manos subieron por mi pecho, desabotonando la camisa con dedos juguetones. Olía a ella, a piel tibia y a esa crema de coco que se echaba después del baño. Mi verga se endureció al instante, latiendo contra el pantalón.
—Déjala, pendejo —me susurró al oído, su aliento caliente rozándome la oreja—. Reiniciemos nuestra transacción. —Sus labios rozaron mi cuello, suaves y húmedos, enviando chispas por mi espina. La abracé por la cintura, sintiendo la curva de su espalda bajo mis palmas, la tela del vestido tan delgada que casi no existía. La besé con hambre, nuestras lenguas enredándose en un baile salvaje, saboreando el dulzor de su boca con un toque de tequila de la cena. Ella gimió bajito, un sonido que vibró en mi pecho, y empezó a frotarse contra mí, lento, deliberado, como si quisiera volverme loco.
El mundo se redujo a nosotros. Apagué la laptop de un manotazo, el error 1205 olvidado por un rato. La cargué en brazos hasta la cama, sus piernas envolviéndome la cintura, sus uñas clavándose en mis hombros con esa mezcla de dolor y placer que me encanta. La tiré sobre las sábanas revueltas, blancas y frescas contra su piel morena. Me quité la ropa a la carrera, mi verga saltando libre, gruesa y palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. Ella se lamió los labios, ojos brillantes de deseo. Ven, mi rey, fóllame como se debe, murmuró, quitándose el vestido en un movimiento fluido. Sus chichis rebotaron libres, pezones oscuros y erectos, invitándome.
Me tiré sobre ella, besando cada centímetro de su cuerpo. Empecé por el cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a sus tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Ella arqueó la espalda, gimiendo fuerte, ¡ay, cabrón, qué rico! Sus manos enredadas en mi pelo, tirando suave, guiándome más abajo. El olor de su excitación me golpeó cuando separé sus muslos: almizcle dulce, caliente, como miel caliente. Lamí su clítoris despacio, saboreando sus jugos, que corrían abundantes por mis labios. Su coño estaba empapado, hinchado de necesidad, y ella se retorcía, caderas alzándose para follarme la boca. Más, pendejito, no pares, jadeaba, su voz entrecortada por gemidos que llenaban el cuarto.
Pero yo quería más, quería sentirla apretándome. Me incorporé, mi verga rozando su entrada resbaladiza. La miré a los ojos, esos ojos cafés profundos que me decían todo sin palabras. ¿Lista para reiniciar, mi amor? le pregunté, y ella asintió, mordiéndose el labio. Empujé despacio al principio, sintiendo cómo su coño me tragaba centímetro a centímetro, caliente, apretado, como un guante de terciopelo húmedo. ¡Órale, qué grande estás! gritó ella, uñas clavándose en mi espalda. Empecé a bombear, lento al inicio, sintiendo cada vena de mi verga rozando sus paredes internas, el slap slap de piel contra piel, el crujido de la cama, sus gemidos subiendo de tono.
La tensión crecía como una tormenta. Aceleré, follando más duro, profundo, mis huevos chocando contra su culo con cada embestida. Sudábamos como locos, el cuarto olía a sexo puro: sudor, jugos, mi precum mezclado con ella. Sus tetas rebotaban con cada golpe, y yo las chupaba, mordía, mientras ella me arañaba, gritando ¡sí, así, no te pares, mi amor! Sentía su coño contrayéndose, ordeñándome, acercándose al borde. Yo también, el calor subiendo por mis bolas, listo para explotar.
Pinche 1205, ni madres, esta transacción no va a timeout, pensé, riéndome por dentro mientras la volteaba a cuatro patas.
Desde atrás, la vista era épica: su culo redondo alzado, coño chorreando, invitándome. La embestí de nuevo, agarrándola por las caderas, follando como animal. El sonido era obsceno, húmedo, sus gritos ahogados en la almohada. ¡Métemela toda, cabrón, hazme venir! suplicó. Puse un dedo en su ano, presionando suave, y ella se vino como loca, coño apretándome la verga en espasmos, chorros calientes mojando las sábanas. Ese fue mi detonante: grité su nombre, bombeando semen espeso dentro de ella, pulso tras pulso, hasta vaciarme por completo.
Caímos exhaustos, enredados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, pelo revuelto oliendo a sexo y jazmín. Besé su frente, sintiendo el latido de su corazón contra el mío. ¿Ves? Nuestra transacción siempre jala, murmuró ella con una risita, trazando círculos en mi piel con el dedo. Yo sonreí, el error 1205 ahora un chiste lejano en la laptop apagada. El cuarto estaba en paz, solo el zumbido del ventilador y el tráfico lejano de la ciudad. Nos quedamos así, piel con piel, saboreando el afterglow, sabiendo que siempre podríamos reiniciar cuando quisiéramos.
Al día siguiente, prendí la máquina y el pinche error seguía ahí, pero ya no me importaba. Mariana se asomó por la puerta, desnuda y radiante, y solo con su mirada supe que la transacción estaba lista para otro round. En la vida, como en el código, a veces hay que reiniciar para que todo fluya perfecto.