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Trío Calaveras Peregrina

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Trío Calaveras Peregrina

El sol del mediodía caía a plomo sobre el camino empedrado rumbo a Chalma, pero el aire estaba cargado de ese olor dulce y terroso de las ofrendas de Día de Muertos: cempasúchil, copal y pan de muerto recién horneado. Yo, Ana, peregrina de veintiocho años, avanzaba con mi rebozo blanco sobre los hombros, el vestido ligero pegándose a mi piel sudada por el esfuerzo. No era solo devoción lo que me traía aquí; era esa necesidad de desconectar del pinche ajetreo de la Ciudad de México, de sentirme viva en medio del bullicio de la ruta. La música de mariachis lejanos y el eco de rezos se mezclaban con el zumbido de las abejas alrededor de las flores.

Entonces los vi. Dos weyes altos, morenos, con los rostros pintados de calaveras perfectas: huesos blancos relucientes, ojos negros hundidos y sonrisas rojas que brillaban como invitaciones pecaminosas. Uno tenía el cabello negro largo atado en coleta, el otro rapado con tatuajes en el cuello. Vestían pantalones de manta negra y camisas abiertas que dejaban ver pechos firmes y sudorosos. Órale, qué chingones, pensé, mientras mi pulso se aceleraba. Se acercaron con pasos seguros, cargando mochilas con velas y calaveritas de azúcar.

¿Y si me hablan? Neta, su mirada me está quemando la piel.

"¡Peregrina! ¿Vas sola al santuario? ¿No te da miedo la noche con tanto espíritu suelto?", dijo el de la coleta, con voz grave y juguetona, extendiendo una mano callosa llena de tierra santa.

"Miedo no, carnal. Pero compañía buena no le digo que no", respondí con una sonrisa pícara, sintiendo el calor subir por mis muslos. Me llamaban Marco y Luis, hermanos de sangre y peregrinos como yo, pero con ese aire de aventureros que me hacía mojarme de solo imaginarlos. Caminamos juntos, platicando de leyendas de calaveras vivientes y peregrinaciones eróticas que corrían de boca en boca en las posadas. El roce accidental de sus brazos contra el mío enviaba chispas; olía a su sudor mezclado con pintura acrílica y un toque de mezcal en el aliento.

Al caer la tarde, llegamos a una posada colorida al borde del camino, con patios llenos de altares iluminados por veladoras. "Vengan a mi cuarto, les invito pulque fresco", les propuse, el corazón latiéndome como tambor de concheros. No hubo dudas; sus ojos decían antes que sus bocas.

En la habitación, el aire era denso, perfumado por el incienso que encendí en honor a la noche. Nos sentamos en la cama king size, con sábanas blancas como mi vestido. El pulque dulce bajaba ardiente por mi garganta, aflojando nudos. Marco, el de coleta, se acercó primero, su mano grande en mi rodilla, subiendo despacio.

"Eres la calavera más sexy que hemos visto en esta ruta, peregrina", murmuró Luis, mientras sus dedos trazaban mi clavícula, borrando el polvo del camino. Me recargué, dejando que me desataran el rebozo. Sus bocas encontraron mi cuello; una lengua áspera lamió mi lóbulo, la otra mordisqueó suave mi hombro. ¡Ay, cabrones, qué rico! El sabor salado de su piel pintada se mezclaba con el mío, la pintura se corría un poco, dejando rastros blancos en mi escote.

Esto es lo que necesitaba: dos cuerpos fuertes adorándome, sin prisas, solo puro deseo mutuo.

Me quitaron el vestido con reverencia, como si fuera una ofrenda. Quedé en brasier de encaje y tanga, mis pezones duros como piedras de obsidiana bajo la luz parpadeante de las velas. Ellos se desvistieron, revelando vergas gruesas y erectas, venosas, palpitantes. Olía a macho en celo, a testosterona y a mi propia excitación empapando la tela. "Tócala, hermano", dijo Marco a Luis, y sus manos expertas me abrieron las piernas. Sentí dedos calientes separando mis labios, rozando mi clítoris hinchado. Gemí alto, arqueándome, mientras Marco chupaba mis tetas, succionando fuerte hasta dejar marcas rojas.

La tensión crecía como la marea de fieles en Chalma. Me puse de rodillas, ávida. Tomé la verga de Marco en la boca, saboreando el precum salado, mientras Luis lamía mi panocha desde atrás, su lengua metiéndose profunda, sorbiendo mis jugos. Neta, esto es el paraíso pagano. El sonido de succiones húmedas llenaba el cuarto, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la cama. Cambiamos posiciones; yo encima de Luis, su polla dura entrando centímetro a centímetro en mi concha resbalosa. "¡Sí, así, muévete, peregrina cabrona!", gruñó él, sus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas sonoras.

Marco se arrodilló frente a mí, ofreciendo su verga a mi boca. La chupé con hambre, sintiendo cómo me follaban por ambos lados, el ritmo sincronizado como un trío de mariachis. El olor de sexo era embriagador: sudor, semen, mi crema dulce. Mis paredes se contraían alrededor de Luis, el placer subiendo en oleadas.

Los quiero dentro al mismo tiempo, que me rompan en este trío calaveras peregrina que nunca olvidaré.

"¿Quieres más, amor? ¿Nuestro trío calaveras peregrina completo?", preguntó Marco, con voz ronca. Asentí, empapada. Me recostaron boca arriba; Luis se hundió en mi panocha de nuevo, mientras Marco lubricaba mi culo con saliva y mis jugos. Entró despacio, el estiramiento ardiente pero delicioso. ¡Puta madre, qué lleno me siento! Dos vergas gruesas follándome al unísono, sus pelvis chocando contra mí, bolas peludas golpeando mi piel. Grité de placer, arañando sus espaldas pintadas, la pintura manchando las sábanas como sangre de pasión.

El clímax llegó como un terremoto. Luis se corrió primero, su leche caliente inundándome la concha, contracciones ordeñándolo. Marco siguió, llenando mi culo con chorros espesos. Yo exploté entre ellos, mi cuerpo convulsionando, squirt salpicando sus vientres, un grito largo que debió oírse en el patio. Olas de éxtasis me barrieron, visión borrosa, oídos zumbando con sus gemidos roncos.

Nos derrumbamos en un enredo sudoroso, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Sus manos me acariciaban suave, besos tiernos en mi frente y tetas. El cuarto olía a sexo satisfecho, a velas apagándose. "Eres increíble, Ana. Este trío calaveras peregrina fue legendario", susurró Marco, mientras Luis me abrazaba por atrás.

En esta peregrinación encontré más que fe: encontré mi fuego interior, avivado por estos dos dioses de calavera.

Al amanecer, con el canto de gallos y humo de copal flotando, nos despedimos con promesas de volvernos a encontrar en otra ruta. Salí renovada, el cuerpo adolorido pero el alma plena, llevando en la piel el eco de sus toques y en el corazón el recuerdo ardiente de nuestro trío.

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