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Bedoyecta Tri Sirve Para La Anemia Y Para Encender El Deseo

7330 palabras

Bedoyecta Tri Sirve Para La Anemia Y Para Encender El Deseo

Ana se sentía como un trapo viejo toda la semana. Ese cansancio que le calaba hasta los huesos no la dejaba ni disfrutar de su cafecito de la mañana sin bostezar como leona hambrienta. ¿Qué pedo con esto? se preguntaba mientras se miraba en el espejo del baño, con ojeras que parecían moretones de una noche de desvelo. Fue al doc, un tipo serio pero buena onda que le recetó unas inyecciones de Bedoyecta Tri sirve para la anemia, según él, pa' reponer vitaminas y hierro rapidito. "Tómate esto carnala y vas a volar", le dijo con una sonrisa pícara.

La primera dosis le llegó como un rayo. Al día siguiente, Ana se despertó con el sol besándole la piel a través de las cortinas de su depa en la Roma. El aroma del pan dulce de la tiendita de la esquina le abrió el apetito de verdad, no como esos días en que todo le sabía a cartón. Se miró en el espejo y ahí estaba: mejillas sonrosadas, ojos brillantes, el cuerpo pidiendo acción.

¡Chin güey, esto sí que funciona! Bedoyecta Tri sirve para la anemia y pa' hacerme sentir como diosa.
Pensó en Carlos, su carnal de la universidad que siempre la había visto con ojos de lobo hambriento. Habían coqueteado mil veces pero nunca se animaban del todo. Hoy era el día.

Le mandó un mensajito: "Órale carnal, vente pa'cá que hoy estoy con pila completa". Carlos no tardó ni media hora en llegar, con su sonrisa de pendejo encantador y una botella de mezcal en la mano. "¡Qué buena onda verte así de viva, Ana! ¿Qué te pasó, te ganaste la lotería o qué?" Ella se rio, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo al sur. El aire del depa olía a su perfume de vainilla mezclado con el dulzor del mezcal que destaparon.

Se sentaron en el sillón, las piernas rozándose "por accidente". Ana sentía el calor de su muslo contra el suyo, la tela de sus jeans raspando suave como una promesa. "¿Sabes qué? El doc me dio Bedoyecta Tri, sirve para la anemia y mira nomás cómo me puso", le confesó ella, inclinándose para que él oliera el jabón fresco de su cuello. Carlos tragó saliva, sus ojos clavados en el escote de su blusa floja. "Pues se nota, estás que ardes, morra". Su voz salió ronca, como grava bajo las botas.

El primer sorbo de mezcal quemó dulce en la garganta de Ana, despertando sabores que no recordaba: tierra ahumada, un toque cítrico que le hacía agua la boca. Charlaron de pendejadas, de la uni, de las fiestas locas, pero el aire se cargaba de electricidad. Cada risa hacía que sus pechos se apretaran contra la blusa, y Carlos no quitaba la vista. Ella lo notó, y en lugar de apartarse, cruzó las piernas despacio, dejando que su pie rozara la pantorrilla de él. ¡Ay nanita, cómo me late el corazón! Esto es lo que necesitaba, energía pa' jugar de a de veras.

La tensión creció como olla exprés. Carlos dejó la botella y le tomó la mano, sus dedos callosos envolviéndola con firmeza. "Ana, no aguanto más verte así". Ella no dijo nada, solo se paró y lo jaló hacia la recámara, el piso de madera crujiendo bajo sus pasos ansiosos. La luz de la tarde pintaba todo de oro, y el ventilador zumbaba perezoso, moviendo el aire caliente cargado de su aroma mutuo: sudor fresco, deseo crudo.

En la cama, se besaron como si el mundo se acabara. Los labios de Carlos sabían a mezcal y menta, ásperos al principio, luego suaves como terciopelo mojado. Ana gimió bajito cuando su lengua exploró su boca, un sonido gutural que vibró en su pecho. Sus manos bajaron por la espalda de él, sintiendo los músculos tensos bajo la playera, el calor irradiando como horno. "Quítatela, pendejo", murmuró ella contra su cuello, mordisqueando la piel salada.

Él obedeció, y Ana se perdió en la vista de su torso moreno, pectorales duros que subían y bajaban con respiraciones pesadas. Le pasó las uñas por el abdomen, sintiendo los vellos erizarse, el escalofrío que lo hizo gruñir. "Eres una chingona, Ana". Ella se rio, quitándose la blusa con un movimiento fluido, sus senos libres rebotando suaves, pezones ya duros como piedras preciosas. Carlos los miró hipnotizado, y cuando los tocó, fue con reverencia: pulgares girando lentos, luego boca caliente envolviéndolos. El placer la atravesó como corriente, un jadeo escapando de sus labios mientras el olor de su piel se mezclaba con el almizcle de la excitación.

Las manos de Ana bajaron a su cinturón, desabrochándolo con dedos temblorosos de anticipación. El jeans cayó, revelando su erección tensa contra los bóxers, palpitante. Ella lo liberó, envolviéndolo con la mano, sintiendo la seda caliente de la piel, las venas latiendo bajo su palma. "¡Qué rico, carnal!", susurró, mientras él gemía y empujaba contra su agarre. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el chapoteo suave de su boca cuando lo probó: salado, musgoso, adictivo.

Pero Ana quería más, necesitaba sentirlo todo. Se recostó, jalándolo encima, sus piernas abriéndose como invitación. Carlos se posicionó, frotándose contra ella, la humedad de su entrada facilitando el roce resbaloso. "Dime si quieres parar", murmuró él, ojos fijos en los suyos, puros de deseo pero atentos. "¡Nel, cabrón, métetela ya!", exigió ella, arqueando la cadera. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente, el ardor dulce convirtiéndose en plenitud. Ambos jadearon al unísono, el sonido crudo y animal.

El ritmo empezó lento, sus caderas chocando con palmadas húmedas, piel contra piel sudada. Ana clavó las uñas en su espalda, sintiendo el sudor resbalar entre ellos, el olor almizclado envolviéndolos como niebla erótica. Cada embestida mandaba ondas de placer desde su centro, subiendo por la espina, haciendo que sus músculos se contrajeran.

¡Esto es vida, güey! Bedoyecta Tri sirve para la anemia pero pa' esto es oro puro.
Pensó, mientras él aceleraba, gruñendo palabras sucias: "Estás tan chingona adentro, tan mojada pa' mí".

La intensidad subió como marejada. Ana giró las caderas, encontrando su ángulo perfecto, el roce contra su punto sensible enviando chispas. Sus pechos rebotaban con cada golpe, y Carlos los chupaba entre jadeos, dientes rozando justo lo necesario. El clímax se acercaba, un nudo apretándose en su vientre, pulsos acelerados latiendo en oídos y entrepierna. "¡Ya casi, amor!", gritó ella, y él redobló, profundo, implacable.

Explotó primero ella, un grito ronco rasgando el aire, paredes internas apretándolo en espasmos rítmicos, jugos calientes empapando las sábanas. Carlos la siguió segundos después, un rugido gutural mientras se vaciaba dentro, temblores sacudiéndolo. Colapsaron juntos, cuerpos pegajosos, corazones tronando como tambores.

En el afterglow, yacían enredados, el ventilador secando el sudor perlado en su piel. Ana trazaba círculos perezosos en su pecho, oliendo su esencia mezclada con la suya. "Gracias por venir, carnal. Y gracias a la Bedoyecta, que me dio esta energía loca". Carlos rio bajito, besándole la frente. "Tú siempre has sido fuego, morra. Esto solo lo avivó". Se quedaron así, en calma satisfecha, el sol poniéndose tiñendo la habitación de rosas y naranjas, prometiendo más noches así de intensas.

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