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Triada Postguardia Ardiente

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Triada Postguardia Ardiente

El reloj marcaba las seis de la mañana cuando terminamos el turno en la hacienda de Polanco. El aire fresco de la Ciudad de México nos golpeaba la cara mientras salíamos del puesto de guardia, con el uniforme pegado al cuerpo por el sudor de la noche. Yo, Ana, sentía los músculos adoloridos pero una electricidad rara en el estómago. A mi lado iban Luisa y Sofía, mis compas de la postguardia. Luisa, con su pelo negro revuelto y esa sonrisa pícara que siempre me ponía nerviosa, y Sofía, la nueva, de ojos verdes y curvas que no pasaban desapercibidas ni para las visitas VIP.

Órale, qué nochecita, ¿no wey? dijo Luisa, sacudiendo la chamarra del uniforme. Pero ya libres, vámonos a mi depa a desayunar unas quesadillas y unas cheves frías. Necesito relajar este cuerpo.

Sofía rio bajito, su voz ronca como si hubiera fumado algo, aunque neta no. Yo lo que necesito es un baño y manos expertas. ¿Verdad, Ana? Tú que siempre estás calladita pero se te nota el calorcito.

Me sonrojé, pero no dije ni madres. La verdad es que desde que Sofía entró al equipo, las pláticas post-turno se ponían más calientes. Luisa y yo llevábamos años en esto, guardianas de la élite, vigilando fiestas y eventos en esa hacienda pendeja llena de morros ricos. Pero con Sofía, todo se sentía diferente. Caminamos hasta el coche de Luisa, un Tsuru viejo pero chido, y nos subimos oliendo a noche, a café rancio y a esa adrenalina que no se va tan fácil.

En el depa de Luisa, un cuchitril coqueto en la Roma, nos quitamos los zapatos y las chamarras. El sol empezaba a colarse por las cortinas. Triada postguardia oficial, anunció Luisa abriendo unas coronitas. Nos sentamos en el sillón, piernas enredadas, y el aire se llenó del olor a cerveza fría y perfume barato mezclado con sudor. Hablamos de la noche: el morro ese que intentó colarse, el DJ que nos coqueteó. Pero pronto, las risas se volvieron miradas largas.

¿Y si armamos nuestra propia fiesta? Solo nosotras tres, sin pendejos de por medio.
propuso Sofía, pasándome la chela con los dedos rozando los míos. Su piel estaba tibia, suave como terciopelo. Sentí un cosquilleo que bajó directo a mi entrepierna.

Luisa se acercó, su aliento a menta y cerveza en mi oreja. Ana, mi reina, ¿te late? Sabes que siempre he querido probarte. Y Sofía... ay, esa Sofía es fuego puro.

Mi corazón latía como tamborazo en las fiestas de pueblo. Nunca había estado con una morra, pero joder, el deseo me quemaba. Va, wey. Pero despacito, ¿eh? murmuré, y ellas sonrieron como lobas.

Luisa fue la primera en moverse. Se paró y se quitó la blusa del uniforme, dejando ver sus chichis firmes, pezones duros como piedras bajo el bra negro. El cuarto se llenó de su aroma, jabón y mujer sudada. Me jaló del pelo suave, no fuerte, y me besó. Sus labios carnosos sabían a sal y chela, lengua juguetona explorando mi boca. Gemí bajito, sintiendo mis pezones endurecerse contra la tela áspera de mi playera.

Sofía se unió por detrás, sus manos grandes y callosas de tanto jalar portones subiendo por mis muslos. Qué rica estás, Ana. Siente cómo te mojo ya. Sus dedos rozaron mi short, presionando el calor entre mis piernas. Olía a ella, a vainilla y excitación, ese olor almizclado que hace que se te haga agua la boca.

Nos quitamos la ropa como si fuera una carrera, risas nerviosas y jadeos. Desnudas en el sillón, piel contra piel. Luisa lamió mi cuello, mordisqueando suave, mientras Sofía besaba mi panza, bajando lento. Sentía sus alientos calientes, el roce de tetas contra mis brazos, el pulso acelerado de sus corazones latiendo con el mío. Esto es nuestra triada postguardia, carnalas, susurró Luisa, y neta, sonaba perfecto.

Me recostaron, piernas abiertas. Sofía se hincó entre ellas, su lengua trazando líneas en mi chocha ya empapada. ¡Ay, cabrona! ¡Qué chingón! grité, arqueando la espalda. Sabía a miel salada mi jugo en su boca, ella chupaba mi clítoris con hambre, dedos adentro curvándose justo en ese punto que me hacía ver estrellas. Luisa se sentó en mi cara, su concha rosada y hinchada rozando mis labios. La probé: dulce, salada, con vello suave que me hacía cosquillas. Lamí como poseída, sintiendo sus muslos temblar, sus gemidos roncos llenando el cuarto.

El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Oía los labios chupando, los dedos entrando y saliendo con sonidos húmedos, chap chap, mis propios alaridos ahogados en la carne de Luisa. Olía a sexo puro, a nosotras tres mezcladas en un perfume embriagador. Luisa se corrió primero, gritando ¡Chíngame la lengua, Ana, sí!, su jugo caliente en mi boca, cuerpo convulsionando.

Intercambiamos posiciones, el calor subiendo como fiebre. Yo me puse a lamer a Sofía mientras Luisa me metía dos dedos, luego tres, estirándome delicioso. Estás tan apretadita, mi amor. Relájate y déjame hacerte volar. Sus uñas rozaban adentro, mi clítoris palpitaba bajo su pulgar. Sofía gemía en mi oreja, Más fuerte, pinche Ana, lame mi ano también, wey. Lo hice, lengua juguetona en su culito apretado, saboreando su esencia terrosa y dulce.

La tensión crecía, como tormenta antes del rayo. Nuestros cuerpos se frotaban, tetas aplastadas, nalgas pellizcadas. Luisa trajo un consolador de su cuarto, morado y grueso, vibrador. Para la reina de la triada. Me lo metió despacio, yo a cuatro patas, Sofía debajo lamiéndome el clítoris mientras Luisa lo empujaba. ¡Virgen de Guadalupe, qué rico! El zumbido llenaba el aire, vibraciones subiendo por mi espina. Gemía como loca, ¡Más, cabronas, rómpanme!

Sofía se corrió chorreando en mi cara, su grito agudo como sirena. Yo exploté después, olas y olas de placer, piernas temblando, visión borrosa. Luisa se unió frotándose contra nosotras, todas enredadas en un clímax compartido, jadeos y risas mezcladas.

Caímos exhaustas en la cama de Luisa, sábanas revueltas oliendo a nosotras. El sol ya entraba fuerte, pero no importaba. Acariciábamos pieles suaves, besos perezosos. Esto hay que repetirlo cada postguardia, ¿no? dijo Sofía, dedo trazando mi ombligo.

Neta, carnalas. Nuestra triada postguardia es lo máximo, respondí, sintiendo paz en el pecho. Luisa nos abrazó, sus pechos calientes contra nosotras.

Somos invencibles así. Mañana otra vez, mis reinas.

Nos quedamos dormidas, cuerpos entrelazados, el mundo afuera olvidado. Esa mañana, la hacienda y los turnos pendejos esperaban, pero nosotras teníamos nuestro secreto ardiente, un lazo más fuerte que cualquier uniforme.

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