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Pasión Nocturna con el Tril

7110 palabras

Pasión Nocturna con el Tril

La carretera se extendía como una serpiente negra bajo la luna llena, y yo manejaba mi viejo Tsuru con el aire acondicionado hecho mierda. Venía de Acapulco, con el cuerpo todavía oliendo a mar y crema bronceadora, pero el cansancio me pegaba duro. Órale, pensé, ya mero llego a la caseta, pero antes necesito un cafecito o algo pa' no dormirme. Divisé las luces de un parador de camiones a un lado de la autopista, de esos con taquería y tiendita, llenos de traileros grandotes y ruidosos. Aparqué y bajé, estirando las piernas. El aire caliente de la noche traía olor a diesel, carne asada y sudor masculino. Me encantaba esa vibra cruda, mexicana al cien.

Entré a la taquería iluminada con focos amarillos. Pedí unas tacos de suadero y un refresco bien helado. Ahí lo vi: un tril alto, moreno, con brazos como troncos y una camiseta ajustada que marcaba su pecho peludo. Estaba recargado en la barra, platicando con unos compas, riendo con esa risa grave que retumbaba. Sus ojos negros se cruzaron con los míos un segundo, y sentí un cosquilleo en el estómago.

Chingao, qué hombre. Parece que carga más que su tráiler
, me dije, mordiéndome el labio mientras untaba salsa a mi taco.

Él se acercó, con una cerveza en la mano. "Buenas noches, mija. ¿Todo bien por acá sola?" Su voz era ronca, como grava bajo las llantas. Olía a jabón barato mezclado con el aroma terroso de la carretera.

"Sí, wey, nomás paré pa' comer. ¿Y tú, tril? ¿Vas pa' dónde?" Le sonreí, coqueta, sintiendo el calor subir por mis muslos.

"Pa' Monterrey, preciosa. Me llamo Raúl, pero todos me dicen el Tril. ¿Y tú, con esa carita de turista?" Se sentó a mi lado, su rodilla rozando la mía accidentalmente. O no tan accidental.

Platicamos un rato. Yo le conté de mi viaje, él de las aventuras en la carretera, de cómo el CB crepita con chismes de otros tril. Sus manos grandes gesticulaban, y cada vez que reía, su aliento cálido me llegaba al cuello. El deseo empezó a picarme como chile en la boca. Ya me imagino esas manos en mi piel, pensé, cruzando las piernas pa' disimular la humedad que crecía entre mis piernas.

La noche avanzaba, y el parador se vaciaba. Sus compas se fueron, dejándonos solos en una mesa al fondo. "Oye, corita, ¿quieres ver mi tráiler? Tengo chelas frías y música ranchera pa' ambientar." Sus ojos brillaban con picardía mexicana.

"¡Súper! Vamos," contesté, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.

Acto dos: La escalada

El tráiler era un monstruo plateado, con calcomanías de la Virgen de Guadalupe y frases como "Mi mujer maneja mejor que tú". Subimos a la cabina, que olía a cuero viejo, café y hombre. Puso una rola de Los Tigres del Norte, volumen bajo, y sacó dos chelas. Brindamos, chocando botellas. "Por las noches calientes en la carretera," dijo, guiñándome.

Nos acercamos en la litera angosta. Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, luego hambrientos. Sabían a cerveza y tabaco dulce. Gemí bajito cuando su lengua invadió mi boca, explorando con maestría de tril experimentado. Sus manos ásperas por el volante subieron por mi blusa, acariciando mi espalda desnuda.

¡Ay, Dios! Sus dedos son puro fuego. Me va a prender como estopa
.

Me quitó la blusa despacio, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba mi clavícula. "Estás rica, muñeca. Hueles a vacaciones y pecado." Yo le arranqué la camiseta, revelando un torso tatuado con águilas y rosas, músculos duros como el concreto de la carretera. Lo besé ahí, saboreando su piel morena, oliendo su aroma almizclado de macho sudado.

La tensión crecía con cada roce. Mis pechos se apretaban contra su pecho, pezones duros rozando su vello. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga tiesa, gruesa como mango. "¡Órale, tril! Qué paquete traes," le susurré al oído, mordiéndole la oreja.

"Pa' ti, carnalita. Todo tuyo." Se desabrochó el cinturón con prisa, y yo me quité el short, quedando en tanguita mojada. Nos recargamos en la litera, el tráiler meciéndose leve con el viento de la carretera. Sus dedos se colaron por mi ropa interior, tocando mi clítoris hinchado. Jadeé, arqueando la espalda. El sonido de mi humedad era obsceno, chorreando en sus dedos callosos. Me muero si no me coge ya, pensé, mientras él me lamía los senos, chupando un pezón con succiones que me hacían ver estrellas.

Lo empujé pa' abajo, montándome a horcajadas. Le bajé el bóxer, liberando su pito venoso, palpitante. Lo tomé en mi mano, masturbándolo lento, sintiendo las venas latir. Él gruñó, agarrándome las nalgas con fuerza. "Métetelo, pendeja rica. Quiero sentirte apretada."

Me acomodé, bajando despacio sobre él. ¡Chin! Entró perfecto, llenándome hasta el fondo. El estirón era delicioso, ardiente. Empecé a moverme, cabalgándolo como jinete en rodeo. El tráiler crujía con mis rebotes, el olor a sexo invadiendo el aire: sudor, jugos, piel caliente. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones. Yo clavaba uñas en su pecho, dejando marcas rojas.

La intensidad subía. Cambiamos: él encima, embistiéndome fuerte, el catre rechinando. Cada estocada era un trueno, su pubis chocando mi clítoris. "¡Más, tril! ¡Cógeteme duro!" gritaba, las piernas temblando. Él sudaba a chorros, gotas cayendo en mi boca abierta, saladas y calientes. El ruido de carne contra carne, nuestros gemidos roncos, el zumbido lejano de la carretera... todo me llevaba al borde.

Acto tres: El clímax y el eco

De repente, el orgasmo me azotó como tormenta en el desierto. Ondas de placer eléctrico recorrieron mi cuerpo, contrayendo mi concha alrededor de su verga. Grité su nombre, "¡Raúl, cabrón!", arañando su espalda. Él se tensó, gruñendo como fiera, y se corrió dentro, chorros calientes inundándome. Sentí cada pulso, su semen espeso mezclándose con mis jugos.

Colapsamos jadeantes, pegados por sudor. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón galopando contra mi pecho. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Eres increíble, mi tril," murmuré, oliendo nuestros cuerpos revueltos.

Nos limpiamos con toallitas húmedas que traía en su guantera, riendo bajito. "Vente conmigo a Monterrey, guapa. O al menos hasta la caseta." Yo negué con la cabeza, sonriendo. "Nomás esta noche, wey. Pero qué noche."

Bajamos del tráiler al amanecer rosado. Me dio un último beso profundo, su barba raspando mi piel sensible. "Cuídate, y si andas por la carretera, búscame. Soy el tril con el tráiler plateado."

Manejé de vuelta a la autopista, el cuerpo adolorido pero vivo, recordando cada sensación: su olor, su sabor, el latido compartido.

La carretera guarda secretos calientes como este. Y yo, quiero más
. El sol salía, prometiendo más aventuras mexicanas.

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