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Quiero Hacer un Trio con Mi Morra y Su Amiga

7396 palabras

Quiero Hacer un Trio con Mi Morra y Su Amiga

Era una noche calurosa en la Condesa, de esas que te hacen sudar hasta el alma. Ana y yo estábamos tirados en el sofá de nuestro depa, con el ventilador zumbando como loco y una chela fría en la mano. Llevábamos como seis meses juntos, y la neta, la química entre nosotros era explosiva. Ana, con su piel morena brillando bajo la luz tenue, su pelo negro cayéndole en cascada por la espalda, y esas curvas que me volvían pendejo cada vez que las veía. Yo no podía dejar de mirarla mientras platicábamos de todo y nada.

¿Y si le digo ahorita? Neta, quiero hacer un trío. Siempre he fantaseado con eso, pero ¿y si se enoja?
La idea me rondaba la cabeza desde hacía semanas. Ana era abierta en la cama, nos cogíamos como animales, pero ¿hasta dónde llegaba su mente sucia?

—Oye, mi amor —le dije, pasando la mano por su muslo suave, sintiendo el calor que desprendía su piel—. ¿Alguna vez has pensado en... no sé, probar algo nuevo? Tipo, con otra persona.

Ella se giró, sus ojos cafés clavándose en los míos con una chispa juguetona. Tomó un trago de su chela, lamiéndose los labios despacio, y el sonido de su lengua contra el vidrio me puso la verga tiesa al instante.

¿Un trío? —preguntó, sonriendo con picardía—. Wey, neta que sí. Siempre he querido ver cómo te cogen otra morra mientras yo te miro... o mejor, unirnos las dos.

No mames, mi corazón latió como tamborazo en una fiesta. El olor a su perfume mezclado con el sudor de la noche me invadió las fosas nasales. La besé, profundo, saboreando la cerveza fría en su boca, y le confesé:

Quiero hacer un trío, Ana. Contigo y alguien que nos prenda a los dos.

Ella rio bajito, un sonido ronco que vibró en mi pecho, y me mordió el labio inferior. —Mi amiga Luisa. Esa pendeja tiene un culazo que no te imaginas. Y tetas que rebotan como jelly. ¿Qué dices?

Luisa. La había visto en fotos: rubia teñida, labios carnosos, cuerpo de gym rat. El deseo me subió como fiebre.

Al día siguiente, Ana la invitó a una carnita asada en el jardín del edificio. El sol pegaba duro, pero el humo de la parrilla y el olor a cebolla caramelizada lo hacían perfecto. Luisa llegó en shorts diminutos que dejaban ver sus nalgas firmes, y una blusa escotada que mostraba el valle entre sus pechos bronceados. Chin, qué mamacita, pensé, mientras el sudor me corría por la espalda.

¿Esto va en serio? Mi verga ya está dura solo de verla caminar, meneando las caderas como si supiera el efecto que causa.

Platicamos, reímos, las chelas corrían. Ana se acercó a Luisa, susurrándole algo al oído. Las dos me miraron, riendo. El aire se cargó de tensión, como antes de una tormenta. Sentí sus miradas quemándome la piel.

—Wey, Luisa ya sabe lo que quieres hacer un trío —dijo Ana, pasando su mano por mi pecho, rozando mi pezón endurecido—. Y neta, está cañón con la idea. ¿Verdad, Lu?

Luisa se lamió los labios, sus ojos verdes fijos en mi entrepierna, donde ya se notaba el bulto. —Simón, carnal. Me late probarlos juntos. Ana me ha contado cómo la coges, y quiero sentirlo.

El pulso me retumbaba en las sienes. El olor a carne asada se mezclaba con el aroma dulce de sus perfumes, y el sol calentaba nuestras pieles hasta hacerlas brillar. Subimos al depa, el corazón latiéndome en la garganta. Adentro, el aire estaba fresco del AC, pero el calor entre nosotros era infernal.

Ana me empujó contra la pared, besándome con hambre mientras Luisa nos veía, mordiéndose el labio. Sentí las manos de Ana desabrochándome el cinturón, el sonido metálico del cierre bajando como una promesa. Luisa se acercó por detrás, su aliento caliente en mi cuello, oliendo a menta y deseo. Sus tetas se apretaron contra mi espalda, suaves y pesadas.

—Déjame probarte primero —murmuró Luisa, su voz ronca como grava.

Ana se arrodilló, bajándome el pantalón. Mi verga saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante. El aire fresco la rozó, enviando chispas por mi espina. Ana la tomó en su mano, suave pero firme, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Qué rico su lengua, cálida y húmeda.

No mames, dos morras chupándomela. Esto es el paraíso.

Luisa se unió, arrodillándose al lado de Ana. Sus lenguas se encontraron en mi verga, lamiendo juntas, rozándose entre ellas. El sonido húmedo de sus babas, los gemidos suaves, el roce de sus labios contra mi piel sensible... olía a su excitación, ese aroma almizclado que me volvía loco. Chupaban alternando, Ana profunda en su garganta, Luisa lamiendo mis huevos, succionándolos con delicadeza. Mis manos en sus cabezas, enredadas en el pelo sudoroso, guiándolas sin forzar.

Las llevé a la cama king size, las camisas volando. Ana tenía las tetas perfectas, chocolateadas, pezones duros como balas. Luisa, más grandes, pálidas con aureolas rosadas. Las besé a las dos, saboreando sus bocas diferentes: Ana dulce como tamarindo, Luisa fresca como limón. Sus pieles se tocaban, tetas contra tetas, y gemían bajito.

—Cógeme primero —suplicó Ana, abriendo las piernas. Su panocha depilada brillaba de jugos, rosada e hinchada. La penetré despacio, sintiendo su calor envolviéndome, apretándome como guante. Qué chida, sus paredes pulsando. Luisa se sentó en su cara, y Ana la lamió con avidez, el sonido chapoteante llenando la habitación.

Me movía lento al principio, sintiendo cada centímetro, el sudor goteando por mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Luisa gemía, montando la cara de Ana, sus nalgas temblando. El olor a sexo era denso, embriagador: sudor, jugos, piel caliente.

Cambié. Luisa se puso en cuatro, su culazo alzado, invitándome. La embestí, dura y profunda, mis huevos chocando contra su clítoris. Ana debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi verga y los labios de Luisa. Puta madre, qué intenso. Los gritos de Luisa eran música, roncos y salvajes: —¡Más, cabrón! ¡Cógetela rico!

Esto es lo que soñé. Sus cuerpos entrelazados, pieles resbalosas, el placer construyéndose como volcán.

La tensión crecía, mis embestidas más rápidas, el colchón crujiendo bajo nosotros. Ana se masturbaba viendo, sus dedos hundidos en su panocha chorreante. Las puse a las dos de rodillas, verga en mano, y eyaculé. Chorros calientes salpicando sus tetas, caras, lenguas extendidas para atraparlo. El sabor salado en sus besos mientras se lamían mutuamente, limpiándose.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, pieles pegajosas de sudor y semen. El aire olía a sexo puro, nuestros pechos subiendo y bajando al unísono. Besos suaves ahora, caricias perezosas. Ana susurró en mi oído:

—Fue chingo bueno, mi amor. ¿Repetimos?

Luisa rio, su mano en mi verga floja, que twitchó levemente. —Neta, carnal. Esto apenas empieza.

Quiero hacer un trío así todos los días. Con ellas, en este paraíso de carne y gemidos.
Nos quedamos así, envueltos en el afterglow, el sol poniente tiñendo la habitación de naranja. El deseo satisfecho, pero la chispa aún latente, prometiendo más noches locas.

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