XXX Tríos Dos Hombres y una Mujer
La brisa salada del mar de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras el sol se ponía en el horizonte, tiñendo el cielo de naranjas y rosas intensos. Yo, Ana, de treinta y dos años, con mi cuerpo curvilíneo que tanto me enorgullecía, estaba en la terraza de esa casa rentada junto al mar. Llevaba un bikini rojo diminuto que apenas contenía mis tetas generosas y dejaba ver el piercing en mi ombligo. Marco y Luis, mis carnales de la uni que ahora eran unos machos hechos y derechos, chapoteaban en la piscina infinita, riendo como pendejos mientras se echaban agua.
Qué chido sería un xxx trío dos hombres y una mujer con estos dos, neta, pensé, mordiéndome el labio inferior. Los había visto crecer, de flacos morros a hombres fornidos, con torsos tatuados y sonrisas que derretían. Marco, el alto con ojos verdes y barba espesa; Luis, el moreno con músculos de gym y esa risa ronca que me ponía la piel chinita.
Salieron de la piscina, el agua chorreando por sus cuerpos bronceados, sus shorts de baño pegados a las vergas que se marcaban sin pena. Me acerqué con una cerveza en la mano, sintiendo el calor subir por mis muslos. ¿Y si hoy se arma? Han estado coqueteando todo el viaje.
—Oye, morra, ¿no te animas a un chapuzón? —dijo Marco, secándose el pecho con una toalla, sus ojos clavados en mis chichis.
—Neta que sí, pero solo si me ayudan a untar bloqueador —respondí con voz juguetona, guiñando un ojo.
Luis se acercó por detrás, su aliento cálido en mi cuello. —Con gusto, mami. Te ves riquísima así.
El roce de sus manos grandes untando la crema fría en mi espalda me erizó la piel. Sentí sus dedos bajar por mi espinazo, rozando el borde del bikini. El deseo empezó a palpitar entre mis piernas, un cosquilleo húmedo que me hacía apretar los muslos.
Entramos a la casa, el aire acondicionado fresco contrastando con el bochorno de fuera. Cenamos tacos de mariscos que olían a limón y chile fresco, con mezcal que nos soltaba la lengua. Hablamos de todo: de la vida en la CDMX, de ex que eran unos pendejos, de fantasías. Ahí lo solté, con el corazón latiéndome a mil.
—Saben, siempre he soñado con un xxx trío dos hombres y una mujer. Dos vatos que me hagan volar, que me hagan sentir como reina —dije, mirándolos fijo, el mezcal dándome valor.
Marco dejó su plato, su mirada ardiendo. —¿En serio, Ana? Nosotros dos... ¿contamos?
Luis se inclinó, su mano en mi rodilla. —Si es lo que quieres, carnala, aquí estamos. Todo consensual, todo chido.
Sí, esto es lo que quiero. Dos hombres que me adoren, que me hagan suya sin prisas. Asentí, el pulso acelerado, el aroma a mar y sudor masculino llenando el aire.
Me levanté y los jalé de la mano hacia el cuarto principal, con su cama king size y vista al océano. La tensión crecía como una ola, mis pezones endurecidos rozando la tela del bikini. Marco me besó primero, sus labios suaves pero firmes, lengua explorando mi boca con sabor a mezcal y sal. Luis se pegó a mi espalda, besando mi cuello, sus manos desatando el top. Mis tetas saltaron libres, pesadas y ansiosas, y él las amasó con gentileza, pellizcando los pezones hasta que gemí bajito.
—Qué chingonas están, Ana —murmuró Luis, su voz grave vibrando contra mi piel.
Caímos en la cama, las sábanas frescas oliendo a lavanda marina. Me quitaron el bikini entero, dejándome desnuda, expuesta, pero empoderada. Mis manos temblaban de anticipación mientras les bajaba los shorts. Las vergas saltaron, gruesas y venosas: la de Marco recta y larga, la de Luis más gruesa, con una curva perfecta. El olor almizclado de su excitación me invadió, haciendo que mi concha se mojara más, chorreando jugos calientes.
Esto es mío, yo controlo el ritmo, pensé, tomando una en cada mano. Las apreté, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. Marco gimió, su mano en mi pelo, mientras yo lamía la punta de Luis, saboreando el precum salado, dulce como miel prohibida.
Me pusieron de rodillas entre ellos, un xxx trío dos hombres y una mujer en plena acción. Marco me penetró la boca con cuidado, su verga llenándome hasta la garganta, mientras Luis lamía mi clítoris hinchado. Su lengua era fuego, chupando y girando, el sonido húmedo de succión mezclándose con mis jadeos ahogados. Sentía sus dedos metiéndose en mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda.
—Dame más, papi —supliqué, escupiendo la verga de Marco para respirar.
Cambiaron posiciones. Me recostaron boca arriba, Marco entre mis piernas, frotando su verga contra mis labios vaginales resbalosos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placer inicial dio paso a una plenitud abrumadora, su pelvis chocando contra mi clítoris con cada embestida. Luis se arrodilló sobre mi pecho, metiendo su verga entre mis tetas, follándolas mientras yo lamía la cabeza.
El cuarto se llenó de sonidos: piel contra piel, plaf plaf rítmico; gemidos roncos, mis chillidos agudos; el crujir de la cama. Sudor perlando sus cuerpos, goteando en mi piel, mezclándose con mi aroma a mujer en celo. Olía a sexo puro, a deseo desatado.
Los quiero a los dos dentro, ya. Les pedí que me voltearan. A cuatro patas, con Marco detrás follándome la concha profundo, sus bolas golpeando mi culo. Luis enfrente, cogiéndome la boca. Me sentía llena, adorada, el placer construyéndose en espiral, mis paredes contrayéndose alrededor de Marco.
—Vente conmigo, Ana, apriétame —gruñó Marco, acelerando, sus manos en mis caderas marcando moretones de pasión.
El orgasmo me golpeó como un tsunami. Grité alrededor de la verga de Luis, mi cuerpo convulsionando, chorros de squirt empapando las sábanas. Marco se corrió segundos después, su leche caliente inundándome, goteando por mis muslos. Luis salió de mi boca y eyaculó en mis tetas, chorros espesos y calientes pintándome como un lienzo.
Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Marco me besó la frente, Luis acarició mi pelo. —Fue épico, morra. Eres una diosa, dijo Luis.
Me acurruqué entre ellos, el corazón lleno, el cuerpo saciado pero aún hormigueante. Afuera, las olas rompiendo en la playa sonaban como aplausos. Un xxx trío dos hombres y una mujer perfecto, neta que sí. Y quién sabe, capaz repetimos mañana.
El afterglow nos envolvió, pieles pegajosas uniéndonos, promesas susurradas en la penumbra. Me sentía poderosa, deseada, completa. En Puerto Vallarta, bajo las estrellas, había vivido mi fantasía, y fue mucho mejor de lo soñado.