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El Trío Fajita Ardiente de Chilis

7577 palabras

El Trío Fajita Ardiente de Chilis

Entré al Chilis esa noche con el estómago rugiendo y el corazón latiendo como tambor de banda. Era viernes en la Ciudad de México, el tráfico de Insurgentes un pinche desmadre, pero valía la pena. Karla y Lupita ya estaban sentadas en una mesa del fondo, riéndose como locas con unas chelas en la mano. Karla, con su pelo negro azabache suelto y esa blusa escotada que dejaba ver el valle perfecto entre sus chichis firmes, me guiñó el ojo. Lupita, más dulce, con curvas suaves y una sonrisa que te derrite como mantequilla en comal, me mandó un beso volador.

Órale, carnal, estas dos están cañonas esta noche, pensé mientras me acercaba, sintiendo ya el calor subiendo por mis piernas. Nos conocemos de la chamba, un trío de compas inseparables, pero últimamente las miradas se habían puesto más intensas, más cargadas de promesas. "¿Qué onda, pendejos? ¿Ya pidieron sin mí?", les dije sentándome, rozando "accidentalmente" la pierna de Karla bajo la mesa. Ella soltó una risita baja, ese sonido ronco que me eriza la piel.

El mesero llegó rápido, un morro simpático con acento chilango puro. "Órale, ¿qué les pongo?". Karla, sin quitarme los ojos de encima, soltó: "El Chili's fajita trio para los tres, bien sazonadito y chispeante". Lupita asintió, mordiéndose el labio. "Con extra de guaca y pico de gallo, que se nos antoja lo jugoso". El aire se llenó de expectativa mientras esperábamos, el bullicio del restaurante como fondo: risas, platos chocando, el olor a carne asada flotando desde la cocina.

De repente, llegó el show. Tres platos humeantes, siseando como fieras: fajitas de res jugosas y oscuras, pollo tierno dorado, camarones rosados y relucientes, todo envuelto en vapor picante con cebollas y chiles caramelizados. El mesero los plantó en la mesa con un ¡cuidado, quema!, y el chisguete de humo nos envolvió. El aroma me pegó directo en la nariz: ahumado, cítrico, con ese toque de limón y cilantro fresco que te hace salivar. Extendí la mano para servir, pero Karla me detuvo, sus dedos calientes en mi muñeca. "Espera, güey, déjame probar primero". Se inclinó, el escote abriéndose más, y pinchó un trozo de res con el tenedor, soplándolo antes de metérselo a la boca. Sus labios se cerraron alrededor, masticando despacio, gimiendo bajito. "Mmm, qué rico, qué caliente".

Lupita no se quedó atrás. Tomó un camarón, brillante de mantequilla, y me lo acercó a los labios. "Ábrele, Juanito". Su aliento olía a tequila y menta, su dedo rozando mi boca al empujar el bocado. El sabor explotó: marisco dulce y carnoso, picor leve en la lengua, jugos chorreando por mi barbilla. Tragué, mirándola fijo. "Delicioso, como tú", le susurré. Bajo la mesa, sus pies descalzos jugaban con mis pantorrillas, subiendo lento, provocador. Karla se unió, su mano en mi muslo, apretando con fuerza. El corazón me martilleaba, el calor de los platos mezclándose con el que subía desde mi entrepierna.

Esto no es solo cena, neta. Esto es el preludio de algo que nos va a quemar a los tres.

Comimos despacio, saboreando cada bocado como si fuera piel. El pollo suave se deshacía en la lengua, recordándome las curvas tiernas de Lupita; la res firme y jugosa, puro Karla; los camarones, resbalosos y adictivos, como el deseo que nos unía. Hablábamos pendejadas de la oficina, pero las palabras se cargaban de doble sentido. "Estas fajitas me tienen toda sudada", dijo Karla, abanicándose con la mano, dejando que viera el sudor brillando en su clavícula. Lupita rio: "Yo ya siento el calor por todos lados, carnal". Mi verga ya estaba dura como piedra, presionando contra el zipper, y ellas lo sabían, lo sentían con sus toques sutiles.

Terminamos los platos, lamiendo los últimos jugos de las tortillas calientes, y pedimos la cuenta. Pero nadie quería que acabara. "Vamos a mi depa, está cerca", propuso Lupita, sus ojos brillando con picardía. Karla miró mi bulto evidente y sonrió lobuna. "Sí, güey, sigamos con el Chili's fajita trio en privado". Salimos al estacionamiento, el aire fresco de la noche contrastando con nuestro calor interno. En el coche de Lupita, Karla en el medio, su mano directo en mi paquete, masajeando sobre la tela. "Estás listo, ¿verdad?", murmuró, mientras Lupita manejaba con una mano en el volante y la otra en el muslo de Karla.

Llegamos al depa de Lupita en Polanco, luces tenues y música de Natalia Lafourcade de fondo suave. Apenas cerramos la puerta, Karla me empujó contra la pared, besándome con hambre, su lengua invadiendo mi boca como el picor de los chiles. Sabía a fajitas y lujuria, sus chichis aplastándose contra mi pecho. Lupita se pegó por detrás, besando mi cuello, sus manos bajando mi chamarra. "Te queremos todo, Juan", susurró, mordisqueando mi oreja. Los quitamos la ropa con urgencia: blusas volando, sostenes cayendo, revelando pezones duros como piedras de chile. Karla tenía tetas grandes y pesadas, perfectas para mamar; Lupita, más redondas y suaves, invitando a apretar.

Nos fuimos al sillón, un enredo de cuerpos sudados. Yo en medio, como el centro del trío. Karla se arrodilló primero, desabrochándome el cinturón con dientes, liberando mi verga tiesa y palpitante. "Mira qué rica, como la res jugosa", dijo, lamiendo la punta, saboreando el pre-semen salado. Lupita se unió, sus labios suaves envolviendo los huevos, chupando con ternura. El sonido era obsceno: slurp, slurp, mezclado con sus gemidos y mi respiración jadeante. El olor a sexo empezaba a mezclarse con el residual de las fajitas en nuestra piel, un perfume embriagador de carne y deseo.

No puedo creer esto, dos morras mamándome como diosas, pensé, mientras mis manos se perdían en sus cabelleras. Las turné, metiendo dedos en sus panochas ya empapadas. Karla era fuego, apretada y caliente, goteando jugos espesos; Lupita, seda resbalosa, chorreando como camarón en mantequilla. "¡Sí, cabrón, así!", gritó Karla, montándose en mi cara, restregando su clítoris hinchado contra mi lengua. Sabía a miel picante, sus caderas ondulando salvajes. Lupita se empaló en mi verga, bajando lento, su coño envolviéndome como guante caliente. "¡Ay, qué rico, qué grueso!", jadeó, rebotando, sus nalgas cacheteando mis muslos.

Cambiamos posiciones, el sudor chorreando, el aire cargado de jadeos y carne chocando. Karla me cabalgó duro, sus tetas brincando, uñas clavándose en mi pecho. Lupita lamía donde nos uníamos, su lengua en mi verga y el clítoris de Karla, llevándola al borde. "¡Me vengo, pinche trío de locos!", aulló Karla, convulsionando, su panocha ordeñándome. Lupita tomó el relevo, yo de perrito, embistiéndola profundo mientras Karla besaba su espalda, pellizcando pezones. El climax nos golpeó como el siseo de las fajitas: yo explotando dentro de Lupita, chorros calientes llenándola, ella gritando en éxtasis, Karla masturbándose hasta squirtear en mis bolas.

Caímos exhaustos, un montón de piel pegajosa y respiraciones entrecortadas. El olor a sexo, sudor y fajitas residuales nos envolvía como sábana cálida. Karla me besó suave: "Neta, el mejor Chili's fajita trio de mi vida". Lupita rio, acurrucándose: "Y apenas empezamos, carnales". Me quedé ahí, entre sus cuerpos suaves, el corazón calmándose, sabiendo que esta noche había cambiado todo. Mañana, la chamba sería distinta, pero con promesas de más calor, más tríos ardientes. Pinche vida chida.

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