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Angel Trias Tentacion Prohibida

6674 palabras

Angel Trias Tentacion Prohibida

Estás en la terraza de un resort de lujo en Playa del Carmen, el sol del atardecer tiñe el cielo de naranjas y rosas que se reflejan en el mar Caribe. La brisa salada te acaricia la piel, trayendo consigo el aroma dulce de las flores tropicales y el eco lejano de las olas rompiendo en la arena blanca. Llevas un vestido ligero de lino que se pega a tus curvas con cada soplo de viento, y sientes esa cosquilleo familiar en el estómago, esa anticipación de una noche que promete ser inolvidable. La fiesta está animada: risas, copas tintineando, música salsa retumbando desde los altavoces.

Entonces lo ves. Alto, moreno, con una sonrisa que ilumina todo a su alrededor. Ángel Trias, te dice cuando se acerca, extendiendo una mano fuerte y cálida. Sus ojos oscuros te recorren de arriba abajo, no con descaro, sino con una intensidad que te hace sentir deseada, poderosa. "¿Bailamos, preciosa?", pregunta con esa voz grave, ronca, que vibra en tu pecho. Su colonia, un mezcla de sándalo y mar, te envuelve como un abrazo invisible.

Aceptas, y sus manos en tu cintura son firmes pero gentiles. El ritmo de la salsa os une, cuerpos pegados, caderas moviéndose al unísono. Sientes el calor de su piel a través de la camisa ajustada, el roce de su pecho contra tus senos, endureciéndose con cada giro.

¿Qué carajos me pasa? Este chulo me tiene ya toda mojada, neta que su mirada me quema.
Piensas mientras su aliento caliente roza tu oreja. "Estás increíble, mija", murmura, y su acento mexicano, puro yucateco, te eriza la piel.

La noche avanza. Copas de tequila reposado, charlas profundas sobre sueños y pasiones. Ángel Trias no es solo guapo; es inteligente, con historias de viajes por la península, de atardeceres en Tulum que te hacen reír y soñar. Hay una conexión, un fuego latente. Sus dedos trazan círculos inocentes en tu brazo, pero cada toque envía chispas directo a tu entrepierna. Te cuenta que es arquitecto, que diseña casas frente al mar, y tú le hablas de tu vida en la ciudad, de esa necesidad de escapar, de sentirte viva.

El deseo crece como la marea. Cuando sus labios rozan los tuyos en un beso tentativo, respondes con hambre. Sus lenguas se encuentran, saboreando el tequila y el salitre, un beso profundo que te deja sin aliento. "Ven conmigo", susurra contra tu boca, y asientes, el pulso acelerado latiendo en tus sienes.

Acto dos: la escalada

Su suite es un paraíso: ventanales del piso al techo con vista al océano, sábanas de algodón egipcio en la cama king size, velas aromáticas encendidas que llenan el aire de vainilla y jazmín. La puerta se cierra con un clic suave, y Ángel Trias te empuja contra la pared con delicadeza, sus manos explorando tu espalda. "Dime si quieres parar, ¿eh? Pero neta, no sabes las ganas que te tengo", dice, ojos brillantes de lujuria contenida.

"No pares, carnal", respondes, tirando de su camisa. La desabrochas botón a botón, revelando un torso esculpido por el sol y el gimnasio: pectorales firmes, abdominales marcados, un vello oscuro que baja tentador hacia su pantalón. Lo besas ahí, lamiendo el sudor salado de su piel, oyendo su gemido ronco que reverbera en la habitación.

¡Qué rico sabe! Como a hombre de verdad, a mar y a deseo puro.

Él te levanta en brazos, fuerte y seguro, y te lleva a la cama. Tus vestidos vuela al suelo, quedas en lencería negra que él admira con un silbido. "¡Órale, qué chingona estás, reina!" Sus manos grandes recorren tus muslos, subiendo lento, torturándote. Sientes sus dedos rozando tu humedad a través de la tela, y arqueas la espalda, gimiendo. El sonido de su zipper bajando es como música, y cuando libera su verga dura, gruesa, palpitante, te relames los labios.

Te besa el cuello, mordisqueando suave, bajando a tus pechos. Chupa un pezón, lo muerde juguetón, mientras su mano masajea el otro. El placer es eléctrico, ondas que te recorren entera. "Me encanta cómo gimes, preciosa", gruñe, y desliza los dedos dentro de ti, curvándolos justo ahí, en ese punto que te hace ver estrellas. Estás empapada, el sonido húmedo de sus movimientos llena el aire, mezclado con vuestros jadeos.

Lo empujas hacia atrás, queriendo tomar control. Te montas a horcajadas, frotándote contra su dureza, sintiendo cómo palpita contra tu clítoris hinchado. "Quiero saborearte", dices, y bajas, lamiendo su longitud desde la base hasta la punta. Salado, musgoso, delicioso. Lo tomas en la boca, chupando profundo, oyendo sus maldiciones: "¡Puta madre, qué buena boca tienes, no pares!" Sus manos en tu pelo, guiando sin forzar, el ritmo perfecto.

La tensión sube. Te sube encima, y entras en él de un solo movimiento fluido. Llenándote por completo, estirándote delicioso. Cabalgas lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso. Sus manos en tus nalgas, amasando, azotando suave. "¡Más rápido, mija, dame todo!" Aceleras, pechos rebotando, sudor perlando vuestros cuerpos. El olor a sexo impregna la habitación: almizcle, fluidos, piel caliente.

Cambian posiciones. Te pone a cuatro patas, entra desde atrás, profundo, golpeando ese ángulo que te hace gritar. Sus bolas chocan contra ti, rítmicas, mientras una mano baja a frotar tu clítoris.

¡Voy a explotar, este pendejo sabe exactamente cómo hacerme venir!
El orgasmo te arrasa en olas, contrayéndote alrededor de él, gritando su nombre: "¡Ángel! ¡Sí, carajo!"

Él sigue, gruñendo, sudando, hasta que se tensa, saliendo para derramarse en tu espalda, caliente, abundante. Cae a tu lado, jadeante, atrayéndote a su pecho.

Acto tres: el afterglow

Os quedáis así, enredados, el sonido de las olas como banda sonora. Su piel pegajosa contra la tuya, corazones latiendo al unísono. Te besa la frente, suave, tierno. "Eso fue... chido, ¿verdad? Neta, eres increíble", murmura, trazando patrones en tu brazo.

Tú sonríes, saciada, el cuerpo pesado de placer.

Ángel Trias no es solo una tentación; es un huracán que me ha despertado algo profundo. ¿Será solo esta noche, o el comienzo de algo más?
Hablan en susurros: de volver a verse, de explorar la playa al amanecer. El aire se enfría, pero entre vuestros cuerpos hay calor eterno.

Al final, cuando el sueño os vence, sabes que esta noche con Ángel Trias ha cambiado algo en ti. Empoderada, deseada, viva. El mar canta su canción eterna fuera, y tú duermes con una sonrisa, soñando con más abrazos ardientes.

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