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Una y Otra Vez El Trío

6678 palabras

Una y Otra Vez El Trío

La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal y a coco tostado, con esa brisa cálida que te eriza la piel como una caricia prometedora. Yo, Ana, acababa de cumplir treinta, soltera por elección propia después de un desmadre de novio que no valía la pena. Mis carnales de toda la vida, Marco y Luis, me habían arrastrado a esta vacación para "desestresarme", decían ellos con esa sonrisa pícara que siempre traen. Marco, el alto moreno con ojos que te desnudan sin tocarte, y Luis, el güero atlético con esa risa que contagia. Neta, ¿quién diría que una cerveza fría en la arena iba a prender la mecha?

Estábamos sentados en la terraza del hotel, las luces tenues del malecón parpadeando a lo lejos. El sonido de las olas rompiendo suave, como un susurro constante. "Ana, ¿ya te cansaste de ser la santa?", bromeó Marco, pasándome otra chela helada. Sus dedos rozaron los míos, un toque eléctrico que me hizo apretar las piernas bajo la mesa. Luis se rio, "Wey, déjala en paz, pero si quiere desquitarse, aquí estamos nosotros para lo que guste". Lo dijo en tono juguetón, pero sus ojos se clavaron en mis labios, y sentí un calor subiendo por mi pecho. Esa noche, con el tequila fluyendo, las pláticas se pusieron calientes. Hablamos de fantasías, de lo que nunca hemos probado. Y ahí salió, como si nada: una y otra vez el trío que siempre bromeábamos en la uni, pero nunca concretamos.

Mi corazón latía fuerte, el pulso retumbando en mis oídos como tambores.

¿Y si esta vez sí? ¿Por qué no? Son mis amigos, confío en ellos. Quiero sentirme viva, deseada, sin ataduras.
Me levanté, el vestido ligero pegándose a mi piel sudada por el calor. "Vámonos a la habitación", dije con voz ronca, y ellos se miraron, sonriendo como lobos. El ascensor fue el primer roce: Marco detrás de mí, su aliento en mi cuello oliendo a menta y cerveza, Luis al frente, su mano en mi cintura. Sentí sus cuerpos duros presionando, el ding del ascensor como un pistoazo de salida.

En la suite, con vista al mar negro, la tensión explotó. Luis me besó primero, sus labios suaves pero urgentes, saboreando a sal y deseo. Marco observaba, quitándose la camisa despacio, revelando ese pecho tatuado que siempre me había llamado la atención. Chingao, qué guapos están. Me tumbaron en la cama king size, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Luis desató mi vestido, sus manos callosas de tanto gym rozando mis pechos, haciendo que mis pezones se endurecieran al instante. "Estás rica, Ana", murmuró, lamiendo mi cuello. El sabor de su lengua, salado y caliente, me hizo arquearme.

Marco se unió, besando mi boca mientras Luis bajaba por mi vientre. Sentí dos bocas ahora: una chupando mis tetas, la otra abriéndose paso entre mis muslos. El olor a mi propia excitación llenó la habitación, mezclado con su sudor masculino, ese almizcle que te enloquece. Gemí cuando la lengua de Luis tocó mi clítoris, círculos lentos que me hicieron apretar las sábanas. Marco me metió dos dedos en la boca, "Chúpamelos como si fuera mi verga", y lo hice, saboreando su piel, imaginando lo que vendría. El sonido de sus respiraciones agitadas, mis jadeos, las olas de fondo: todo era un coro de placer building up.

Pero no pararon ahí. Me voltearon boca abajo, Marco debajo de mí, su polla dura presionando mi entrada. "Entra despacio, carnal", le dijo Luis a Marco mientras él se ponía de rodillas atrás. Sentí a Marco llenándome primero, grueso y pulsante, estirándome deliciosamente. ¡Ay, wey, qué rico! Empujé hacia atrás, queriendo más. Luego Luis, lubricado y juguetón, rozó mi culo. "Relájate, mami", susurró, y con mi asentimiento, entró lento. El ardor inicial se convirtió en éxtasis puro, llena por ambos lados, sus caderas chocando contra mí en ritmo perfecto. Sudor goteando, pieles resbalosas, el slap slap de carne contra carne. Mis uñas clavadas en la espalda de Marco, su olor a hombre invadiendo mis sentidos.

El primer orgasmo me golpeó como ola gigante, gritando su nombre –o nombres–, el cuerpo temblando, contrayéndose alrededor de ellos. Pero no acabaron. Una y otra vez el trío, pensé en medio del delirio, y así fue. Se turnaron, Marco en mi boca mientras Luis me follaba duro, luego al revés. Sus gemidos roncos, "¡Sí, Ana, así!", "¡Qué apretada estás!". Cambiamos posiciones: yo encima de Luis, cabalgándolo como reina, Marco detrás chupándome el cuello y metiendo dedos donde podía. El sabor de sus besos, mezcla de saliva y pre-semen, salado y adictivo. Mi piel ardía, marcada por sus dientes, el olor a sexo impregnando todo.

En el clímax del medio acto, dudé un segundo.

¿Estoy yendo muy lejos? No, esto es mío, lo quiero. Ellos me miran como diosa.
Marco me levantó contra la pared, piernas alrededor de su cintura, embistiéndome fuerte mientras Luis lamía donde nos uníamos. El fresco de la pared contra mi espalda, contrastando con el fuego interno. Sentí sus venas palpitando dentro, el roce perfecto en mi punto G. Luis se masturbaba viéndonos, su mano rápida, hasta que explotó en mi pecho, caliente y pegajoso. Ese olor almizclado me empujó al borde otra vez.

La noche se volvió un torbellino. Nos bañamos juntos en la regadera enorme, jabón resbaloso por curvas y músculos. Agua caliente cayendo, vapor empañando espejos. Ahí, de rodillas, los chupé a ambos, alternando, sus manos en mi pelo mojado. "Eres la neta, Ana", gruñó Marco, corriéndose en mi garganta, espeso y salado. Luis después, pintándome la cara como en mis fantasías más sucias. Me limpiaron con ternura, besos suaves, pero el hambre no se apagó.

De vuelta en la cama, exhaustos pero insaciables, el trío renació. Yo en el medio, Marco follándome la boca lento, Luis mis nalgas con pasión renovada. Suspiros, risas entre jadeos: "¡Otra vez, cabrones!". El amanecer tiñó el cielo de rosa cuando el último round llegó. Me corrieron adentro y afuera, sus cuerpos convulsionando conmigo. Mi orgasmo final fue eterno, olas y olas de placer, gritando hasta quedarme ronca. Colapsamos, pieles pegajosas, corazones galopando al unísono.

Despertamos con el sol filtrándose, olor a sexo viejo y mar fresco. Marco me besó la frente, Luis preparó café. No hubo awkwardness, solo sonrisas cómplices.

Esto no fue un error, fue liberación. Una y otra vez el trío, si se da, bienvenido sea.
Nos vestimos riendo, planeando el día en la playa. Pero en el fondo, sabía que esta conexión había cambiado todo. El deseo no se apaga; solo espera la próxima ola.

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