XXX Trío con Mi Esposa
Era una noche calurosa en el depa de Polanco, con el ruido de los coches allá abajo en la avenida y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana entreabierta. Mi esposa, Ana, andaba recargada en el sillón, con esa blusita escotada que le marca las chichis perfectas, y un shortcito que deja ver sus piernitas morenas y firmes. Llevábamos casados cinco años, neta, y la química entre nosotros seguía prendida como fogata en día de muertos. Pero últimamente, en la cama, hablábamos de pendejadas locas, fantasías que nos ponían duros o mojados al instante.
¿Y si probamos algo nuevo, carnal? me dijo una vez, mientras me chupaba la verga con esa boquita carnosa. Yo, con el corazón latiéndome como tamborazo, le contesté que sí, que lo que ella quisiera. Ahí nomás, entre tragos de tequila y risas, salió el tema del xxx trío con mi esposa. Neta, me la puso parada solo de imaginarla con otro wey, o con una morra, pero al final acordamos que sería con mi carnal Marco, un compa de la uni que siempre ha sido guapo y discreto, sin rollos.
Lo llamé esa tarde.
Órale, wey, ¿vienes a unas cheves? Trae ganas de echar relajo, le dije por Whats. Él, pícaro, contestó que sí, que ya andaba con el pito en alto pensando en Ana. Todo chido, consensuado, sin presiones. Cuando llegó, con su playera ajustada marcando pectorales y jeans que dejaban ver el bulto, el aire se cargó de electricidad. Ana lo saludó con un abrazote, rozándole las nalgas disimuladamente, y yo sentí un cosquilleo en el estómago, mezcla de celos calientes y excitación pura.
Nos sentamos en la sala, con luces tenues y reggaetón bajito de fondo. El olor a su colonia macho se mezclaba con el perfume dulce de Ana, como jazmín mezclado con sudor anticipado. Brindamos con coronitas heladas, el vidrio empañado en mis manos sudadas. Hablamos de todo y nada, pero las miradas decían lo otro: Marco devorando con los ojos las tetas de mi vieja, ella mordiéndose el labio al ver cómo yo me acomodaba la verga tiesa bajo los pants.
La tensión crecía como olla a presión. Ana se paró a servir más chelas, moviendo las caderas como en video hot, y de repente se sentó en medio, una pierna sobre mí, la otra rozando a Marco. ¿Listos para el desmadre? susurró, con voz ronca que me erizó la piel. Yo asentí, el pulso retumbándome en las sienes, y Marco le plantó un beso en el cuello, suave al principio, oliendo su piel salada.
Acto seguido, las manos entraron en juego. Yo le quité la blusa a Ana, liberando esas chichis redondas con pezones duros como piedras, del color de chocolate mexicano. Marco gimió bajito, qué ricas, carnal, y se lanzó a mamarle uno mientras yo le chupaba el otro. Ella arqueó la espalda, soltando un ayyy, pendejos, no paren, con el pelo negro desparramado en el sofá. El sonido de sus lenguas lamiendo, húmedo y obsceno, se mezclaba con su respiración agitada, y yo sentía el calor de su cuerpo contra el mío, el sudor empezando a perlar su vientre plano.
La llevamos al cuarto, tirándola en la cama king size con sábanas de algodón fresco. El aire olía a sexo inminente, a feromonas y lubricante que saqué del cajón. Ana, jadeante, nos miró con ojos brillantes:
Los quiero a los dos, weyes, fóllenme como en esas pelis xxx. Me quité la ropa rápido, mi verga saltando libre, venosa y palpitante. Marco igual, su pito más grueso que el mío, con el prepucio echado pa trás, listo pa la acción. Ella se hincó entre nosotros, boquita abierta, y empezó a mamarnos alternando, el sabor salado de mi glande en su lengua, el gemido de Marco cuando le metía hasta la garganta.
Yo le metí mano a su panocha desde atrás, ya empapada, labios hinchados y calientes. Estás chorreando, mi amor, le dije, metiendo dos dedos que chapoteaban dentro. Ella se retorcía, el culo en pompa, oliendo a excitación femenina, ese aroma almizclado que me vuelve loco. Marco le agarró el pelo, follando su boca suave pero firme, mientras yo le lamía el clítoris, saboreando su juguito dulce y salado, como mango con chile.
La tensión subía, el corazón me iba a estallar. La volteamos, Ana a cuatro patas, yo debajo chupándole las tetas mientras Marco le untaba lubricante en el ano. Todo consensual, ella guiándonos: más despacio, cabrón, así me gusta. Entró en ella por atrás, centímetro a centímetro, el sonido de carne abriéndose, sus gemidos roncos llenando el cuarto. Yo me acomodé enfrente, metiéndosela en la boca de nuevo, sintiendo las vibraciones de sus alaridos en mi verga.
El ritmo se armó solo, como banda en fiesta. Marco embistiéndola fuerte, nalgas rebotando contra sus caderas, sudor chorreando por sus espaldas tatuadas. Yo saliendo y entrando en su garganta, oliendo el mix de saliva y precum. Ana temblaba, me vengo, pendejos, no paren, y explotó en un orgasmo que la dejó convulsionando, chorros calientes mojando las sábanas. Ese olor a corrida femenina, intenso y embriagador, nos volvió más locos.
Cambiamos posiciones, la puse a cabalgarme, su panocha apretada tragándome entero, caliente y resbalosa. Marco se paró en la cama, metiéndosela en la boca mientras yo le amasaba el culo. El slap-slap de su chochito contra mis huevos, el sabor de sus besos cuando se agachaba a lamerme la boca, todo sensorial, abrumador.
Esto es el xxx trío con mi esposa que soñé toda la vida, pensé, mientras el placer me subía por la columna.
Marco gruñó, me voy a correr, carnal, y ella lo jaló más adentro, tragándose todo su lechazo caliente, gotas blancas escapando por las comisuras. Eso me prendió el detonador: la volteé boca arriba, piernas abiertas, y la embestí como animal, sintiendo sus paredes contraerse alrededor de mi verga. El clímax llegó en oleadas, eyaculando dentro de ella, chorros potentes que la llenaron, mezclándose con sus jugos. Gritamos los tres, un coro de placer puro, el cuarto oliendo a semen, sudor y victoria.
Caímos exhaustos, enredados en la cama revuelta. Ana en medio, besándonos alternos, su piel pegajosa y tibia contra la mía. Marco se recargó en su hombro, riendo bajito: qué chingonería, wey. Yo acariciaba su vientre, sintiendo las contracciones residuales de su orgasmo, el pulso calmándose poco a poco. Afuera, la ciudad seguía su rollo, pero adentro, el mundo era nuestro.
Al rato, con cheves frías de nuevo, hablamos del pedo. Todo chido, sin arrepentimientos. Ana, con ojos soñolientos, me susurró: te amo, mi vida, esto nos unió más. Marco se fue al alba, prometiendo discreción total. Nosotros nos quedamos abrazados, el olor a sexo secándose en las sábanas, un recuerdo tatuado en la piel y el alma.
Desde esa noche, el xxx trío con mi esposa se volvió nuestro secreto picante, algo que revivimos en miradas y toques. La vida siguió, pero con un fuego nuevo, más intenso, más nuestro. Neta, qué chido ser mexicanos y follar sin tabúes.