Voy A Intentar Vivir Así
El calor de la noche en la Roma me envolvía como un abrazo pegajoso, con ese olor a tacos de la esquina mezclándose con el perfume dulce de las bugambilias que trepaban por las paredes. Yo, Ana, acababa de salir de un pinche trabajo de oficina que me tenía hasta la madre, sentada frente a la compu todo el día, soñando con algo que me hiciera sentir viva de verdad. Caminaba por la calle Álvaro Obregón, con mis tacones resonando en la banqueta, cuando lo vi. Alto, moreno, con una sonrisa que parecía prometer todos los pecados del mundo. Estaba afuera de un bar chido, fumando un cigarro con esa pose de galán de telenovela, pero real, neta.
Órale, güey, ¿por qué no? pensé, mientras me acercaba. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en la piel, como si el aire se cargara de electricidad. Se llamaba Marco, originario de Guadalajara, pero viviendo en la ciudad como yo. Hablamos de la vida, de lo culero que es el tráfico y de cómo extrañamos el sol de provincia. Su voz grave, con ese acento tapatío que arrastra las palabras, me erizaba los vellos de los brazos. Pidió unas chelas y nos sentamos en una mesita de la terraza, riéndonos de pendejadas. Sus ojos cafés profundos me devoraban despacio, y yo sentía el calor subiendo por mi pecho, mis pezones endureciéndose bajo la blusa ligera.
La tensión crecía con cada trago. Su rodilla rozaba la mía bajo la mesa, un toque casual que no lo era. ¿Quieres venir a mi depa? Está cerca, me dijo al oído, su aliento cálido oliendo a cerveza y a hombre. Asentí, el corazón latiéndome como tamborazo en la cabeza. Caminamos tomados de la mano, el bullicio de la calle desvaneciéndose, solo nuestros pasos y el roce de su piel áspera contra la mía.
Al entrar a su departamento en una casa vieja pero remodelada, con muebles de madera y posters de rock en español, el aire se sentía más denso, cargado de promesas. Me sirvió un tequila reposado, el cristal frío en mi mano contrastando con el fuego que ya ardía en mis entrañas. Nos sentamos en el sofá, y sin más, sus labios encontraron los míos. Fue un beso suave al principio, explorador, saboreando el tequila en su lengua que se enredaba con la mía. Olía a su colonia fresca, a jabón y a ese sudor ligero de la noche.
Esto es lo que necesitaba, carajo. Basta de soledades y culpas
pensé, mientras sus manos subían por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría. Me quitó la blusa, y sentí el aire fresco en mis tetas liberadas, los pezones duros como piedras esperando su boca. Marco no decepcionó: los lamió despacio, succionando uno mientras pellizcaba el otro, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna. Gemí bajito, ay, cabrón, y mis manos se hundieron en su pelo negro, tirando suave para guiarlo.
La cosa escaló rápido. Me recostó en el sofá, besando mi cuello, mordisqueando la piel sensible mientras bajaba la mano por mi panza hasta el botón del pantalón. Lo abrió con dedos hábiles, y sentí sus yemas rozando el encaje de mi calzón, ya empapado. Estás chingona mojada, nena, murmuró con esa voz ronca que me ponía la piel de gallina. Introdujo un dedo, luego dos, moviéndolos en círculos lentos que me hacían arquear la espalda. El sonido húmedo de mi panocha chupando sus dedos era obsceno, delicioso, y olía a sexo inminente, ese aroma almizclado que enloquece.
Lo empujé para arriba, queriendo mi turno. Le bajé el pantalón y ahí estaba su verga, dura, gruesa, palpitando con venitas marcadas. La tomé en la mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel sobre el acero debajo. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él gruñía ¡pinche rica! Metí la cabeza en mi boca, chupando con hambre, la lengua girando alrededor del glande. Sus caderas se movían instintivas, follando mi boca suave, pero yo controlaba el ritmo, mirándolo a los ojos para ver su cara de puro gozo.
Pero quería más. Lo jalé al piso, sobre la alfombra mullida que olía a limpio. Me quitó el resto de la ropa, y quedamos desnudos, piel contra piel. Su cuerpo duro, musculoso por el gym, presionado contra mis curvas suaves. Nos frotamos, sus bolas pesadas rozando mis muslos internos, mi clítoris hinchado buscando fricción. Cójeme ya, Marco, le supliqué, y él sonrió pícaro, posicionándose. La punta de su verga abrió mis labios, lubricados por mis jugos, y empujó despacio. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón! grité, las uñas clavándose en su espalda.
Empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo para volver a hundirse. El slap-slap de carne contra carne llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la alfombra. Sudábamos, el olor salado de nuestros cuerpos mezclándose con el perfume de mi excitación. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando con cada bajada. Sus manos en mis caderas guiaban, pero yo mandaba, girando las pelvis para que su verga rozara mi punto G. ¡Más duro, pendejo! le ordené, y él obedeció, embistiéndome desde abajo con fuerza brutal.
La tensión subía como volcán, mis músculos internos apretándolo, sus bolas tensándose. Me volteó a cuatro patas, agarrándome el pelo como riendas, y me dio verga profunda, el glande golpeando mi cervix en olas de placer-dolor exquisito. Sentía mi clítoris palpitando, hinchado, y metí la mano para frotarlo furiosa.
No pares, no pares, voy a...El orgasmo me explotó como fuegos artificiales, mi panocha convulsionando alrededor de su verga, chorros de squirt mojando sus muslos. Él rugió, ¡Me vengo, Ana!, y se hundió una última vez, llenándome de su leche caliente, pulsación tras pulsación.
Caímos exhaustos, cuerpos enredados, el corazón tronando al unísono. Su semen chorreaba de mí, cálido y pegajoso entre mis piernas. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el sudor salado. Me acurruqué en su pecho, escuchando su respiración calmándose, oliendo su piel masculina.
¿Y si hago esto más seguido? Esta vida de pasión salvaje, sin ataduras, solo puro placer, pensé, mientras trazaba círculos en su abdomen marcado. Recordé una frase que vi en un meme gringo: ill try living like this. Neta, voy a intentar vivir así. Marco me miró, como leyendo mi mente. ¿Qué sigue, preciosa? Sonreí, besándolo. Lo que pinche sea, pero juntos esta noche.
Nos levantamos, duchándonos juntos bajo el agua caliente que lavaba el sudor pero no el recuerdo. Sus manos jabonosas en mi cuerpo, resbalosas, reviviendo chispas. Salimos envueltos en toallas, riéndonos de tonterías, pidiendo unos tacos por app. Comimos en la cama, desnudos, compartiendo historias de la infancia en México, de amores fallidos que nos trajeron aquí.
Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, lo miré dormir y supe que esto era el comienzo. No de un noviazgo culero, sino de una vida donde el deseo manda. Voy a intentar vivir así: follando con ganas, sintiendo cada roce, cada olor, cada gemido como si fuera el último. Y qué chido se siente.