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El Tri Cuando Canta el Grillo

7275 palabras

El Tri Cuando Canta el Grillo

La noche se sentía viva en el jardín de la casa, allá en las afueras de la ciudad de México, donde el bullicio del DF se perdía en la oscuridad. El aire traía ese olor fresco a tierra mojada y flores silvestres, mezclado con el humo lejano de alguna fogata vecina. Los grillos ya habían empezado su tri-tri-tri, como si anunciaran que era hora de soltar la carnalidad. Karla y yo estábamos solos, sentados en las sillas de madera bajo el techo de palma, con unas chelas frías en la mano. Neta, qué chido estar así, sin prisas, solo nosotros dos después de un día de pinche trabajo.

De pronto, prendí la bocina Bluetooth y El Tri llenó el aire con Cuando Canta el Grillo. La guitarra rasposa de Alex Lora retumbó, esa voz ronca que te eriza la piel, hablando de noches como esta, de cuando el silencio se rompe y el deseo sale a flote. Karla me miró con esos ojos cafés que brillan bajo la luz de la luna, su blusa floja dejando ver el contorno de sus chichis perfectas.

¿Qué carajos me pasa con esta morra? Cada vez que la veo así, se me para la verga como si fuera la primera vez.
Me acerqué, rozando su pierna con la mía, sintiendo el calor que ya emanaba de su piel morena.

—Órale, carnal —me dijo con esa sonrisa pícara, su voz suave como el tequila reposado—. Esta rola siempre me pone cachonda. ¿Te acuerdas cuando la oímos en aquel antro?

Asentí, recordando cómo bailamos pegaditos, sus nalgas apretándose contra mí mientras la gente gritaba las letras. Ahora, en la quietud del jardín, el canto de los grillos se mezclaba perfecto con la música, como si El Tri supiera lo que se avecinaba. Le di un trago a mi chela, el amargo fresco bajando por mi garganta, y puse mi mano en su muslo. La tela de su short de mezclilla estaba tibia, y debajo, su piel suave me hacía sudar las palmas.

La primera parte de la noche fue puro coqueteo, de esos que te calientan poquito a poquito. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico, de lo rico que estaba el mole que cocinó su jefa el domingo, de cómo extrañábamos las fiestas en el barrio sin tanto pedo de la pandemia. Pero mis ojos no dejaban de recorrer su cuerpo, la curva de su cuello, el sudor perlado en su clavícula que olía a vainilla y a ella misma, ese aroma que me volvía loco. Ella se recargaba en mí, su cabeza en mi hombro, y yo sentía su aliento caliente en mi oreja.

La canción terminó, pero los grillos seguían, y el ambiente se cargó de electricidad. Karla se levantó de un salto, jalándome con ella. ¡Vamos a bailar, wey! gritó, riendo. Sus caderas se movían al ritmo imaginario de la siguiente rola de El Tri que puse, esa energía rockera que nos hacía sentir invencibles. La abracé por la cintura, mis manos bajando hasta sus nalgas firmes, apretándolas suave. Ella gimió bajito, un sonido que se me clavó en el pecho como un pinche flechazo.

El beso vino natural, como si el universo lo hubiera planeado. Sus labios carnosos contra los míos, su lengua juguetona saboreando la chela en mi boca. Olía a menta de su chicle y a deseo puro. La apreté más, sintiendo sus chichis aplastadas contra mi pecho, los pezones ya duros como piedritas.

Mierda, esta mujer es fuego puro. Quiero comérmela entera, empezando por esos labios que me chupan el alma.
Nos movíamos lento, el roce de su pubis contra mi erección creciente, el sonido de nuestras respiraciones agitadas ahogando un poco el coro de grillos.

La llevé adentro, a la recámara, sin apagar la música. El colchón nos recibió con su frescura de sábanas limpias, y Karla se quitó la blusa de un tirón, dejando ver sus tetas perfectas, redondas, con areolas oscuras que invitaban a morderlas. Me lancé sobre ella, besando su cuello, lamiendo el sudor salado que sabía a gloria. Sus manos bajaron a mi pantalón, desabrochándolo con urgencia, liberando mi verga tiesa que saltó ansiosa.

Chúpamela, nena —le susurré, y ella, con esa mirada de diabla, se arrodilló. Su boca caliente envolvió la cabeza, su lengua girando alrededor, chupando con fuerza mientras sus manos me masajeaban las bolas. El sonido húmedo de su succión, mezclado con mi gemido ronco, era puro porno en vivo. Olía a su excitación, ese musk dulce que subía desde su entrepierna. Los grillos seguían cantando afuera, y El Tri en loop, como banda sonora perfecta para nuestro desmadre.

La tensión crecía con cada caricia. La tumbé en la cama, bajándole el short y las calzas de un jalón. Su panocha estaba empapada, los labios hinchados brillando bajo la luz tenue de la lámpara. La olí primero, ese olor a mar y miel que me hacía babear. Metí la lengua, lamiendo su clítoris hinchado, chupándolo mientras ella se retorcía, clavándome las uñas en la cabeza.

¡Ay, wey, no pares! ¡Chíngame con la lengua! —gritaba, su voz entrecortada.

Sentía su pulso acelerado en mis labios, el sabor salado y dulce de sus jugos inundando mi boca. Introduje dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca, mientras mi lengua no paraba. Ella arqueaba la espalda, sus muslos temblando, apretándome la cara.

Esto es el cielo, carnal. Su coño sabe a adicción, y yo soy su pinche junkie.
La hice correrse primero, un chorro caliente que me mojó la barba, su grito ahogando la música.

Pero no paramos. La volteé boca abajo, sus nalgas en pompa invitándome. Escupí en mi verga, lubricándola, y la penetré despacio, sintiendo cómo su calor apretado me tragaba centímetro a centímetro. Qué chingón, tan estrecha y húmeda. Empecé a bombear, lento al principio, dejando que sintiera cada vena, cada pulso. Sus gemidos se volvieron salvajes, pidiendo más fuerte, más rápido.

¡Más duro, pendejo! ¡Hazme tuya! —exigía, empujando contra mí.

El slap-slap de piel contra piel, el olor a sexo puro llenando la habitación, el sudor chorreando por nuestras espaldas. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como amazona, sus tetas rebotando, yo pellizcándole los pezones. Luego de lado, mis manos en todas partes, mordiendo su hombro mientras la verga entraba y salía sin piedad. El clímax se acercaba, esa presión en las bolas, el hormigueo en la base.

Nos corrimos juntos, ella apretándome con espasmos, yo explotando dentro, llenándola de leche caliente. Gritos mudos, temblores compartidos, el mundo reduciéndose a nuestros cuerpos entrelazados. El Tri seguía sonando bajito, los grillos testigos mudos de nuestra pasión.

Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados, piel pegajosa contra piel, respiraciones calmándose. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su cabello revuelto que olía a shampoo de coco. Afuera, el coro de grillos no paraba, como si aplaudieran.

—Qué chido estuvo eso, amor —murmuró ella, besándome el pecho.

Sonreí, sintiendo paz total.

Estas noches con El Tri cuando canta el grillo son las que valen la pena. Karla es mi todo, mi fuego eterno.
La noche mexicana nos arrulló, prometiendo más desmadres por venir.

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