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Probando la Funcion Python

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Probando la Funcion Python

En el bullicio de un meetup tech en Polanco, México, mis ojos se clavaron en él. Se llamaba Alex, un wey alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace sentir mariposas en el estómago. Llevaba una playera negra con un logo de Python, el lenguaje de programación, y platicaba animado sobre código. Yo, Ana, una diseñadora gráfica freelance, andaba ahí por curiosidad, pero pinche curiosidad, porque desde que lo vi, sentí un cosquilleo entre las piernas. Olía a colonia fresca mezclada con café recién molido del lugar, y su voz grave resonaba como un ronroneo.

Nos acercamos en el coffee break. "¿Qué onda? ¿Ya probaste Python? Es lo máximo para prototipos rápidos", me dijo, extendiendo la mano. Su piel tibia rozó la mía, y un escalofrío me recorrió la espalda. Le seguí la corriente, aunque de código sé lo básico. "¿Try function? Suena como algo que hay que probar en vivo", respondí coqueta, guiñándole un ojo. Se rio, y sus dientes blancos brillaron bajo las luces neón del antro tech. Ahí empezó todo, con esa chispa que te prende el cuerpo sin remedio.

"Este wey me va a volver loca. ¿Por qué su mirada me hace mojarme así de rápido?"
Pensé mientras charlábamos de bugs y loops infinitos. Me invitó a su depa en la Roma para "enseñarme un truco con try function Python". No era pendeja, sabía que era pretexto, pero ¡ay, qué pretexto tan chido!

Llegamos a su loft minimalista, con vistas a las luces de la ciudad y un aroma a madera y incienso que flotaba en el aire. Puso reggaetón suave de fondo, Bad Bunny murmurando promesas calientes. Se sentó frente a su Mac, yo a su lado en el sofá de piel suave. "Mira, el try function Python es para manejar errores sin que el programa se chupe", explicó, tecleando rápido. Sus dedos volaban sobre el teclado, fuertes y precisos, y no pude evitar imaginarlos en mi piel. El calor de su muslo contra el mío subía la temperatura, y el pulso en mi cuello latía como tambor.

Me acerqué más, mi mano rozó su brazo. "Enséñame a usarlo bien", susurré, mi aliento cálido en su oreja. Él giró la cabeza, nuestros labios a milímetros. El olor de su sudor limpio me invadió, y lo besé. Fue como chispas, su lengua explorando la mía con hambre, sabor a menta y deseo. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando mi blusa con maestría. Sentí sus palmas ásperas contra mis tetas, pellizcando los pezones que ya estaban duros como piedras.

Acto dos: la escalada. Nos paramos, él me quitó la falda con urgencia, dejando mis panties de encaje expuestos. "Estás cañona, Ana", gruñó, su voz ronca. Yo le bajé el pantalón, y ¡madre santa!, ahí estaba su verga, gruesa y venosa, como una pitón lista para atacar. "Mi función Python", bromeó él, y nos reímos, pero el fuego ya ardía. Lo empujé al sofá, montándome encima. Su piel ardía bajo mis muslos, el roce de su pubis contra mi clítoris me hacía gemir bajito.

Deslicé mi mano por su pecho velludo, bajando hasta esa pitón que palpitaba. La apreté, sintiendo su calor pulsante, venas como ríos bajo la seda. Él jadeaba, "Prueba la función, nena", y guió mi cabeza. Abrí la boca, lengua lamiendo la punta salada, sabor a hombre puro. Lo chupé despacio, succionando, oyendo sus gemidos roncos que se mezclaban con el tráfico lejano de Insurgentes. Su mano en mi pelo, no forzando, solo guiando, me hacía sentir poderosa, empoderada en ese control.

"Esto es mejor que cualquier código. Su pitón me llena la boca, me hace agua la boca de nuevo."
Mi coño chorreaba, mojando sus muslos. Me levantó, me recargó en la mesa, lamió mis labios vaginales con devoción. Su lengua danzaba en mi clítoris, succionando jugos dulces, mientras sus dedos entraban y salían, curvándose en mi punto G. Grité, "¡Sí, cabrón, así!", las uñas clavadas en su nuca. El olor a sexo nos envolvía, almizcle y sudor, el sonido de lengüetazos húmedos como música prohibida.

La tensión crecía, mi cuerpo temblaba al borde. Pero quería más. "Córrete adentro", le rogué, consensual, mirándolo fijo a los ojos. Él asintió, ojos negros de lujuria. Me penetró despacio, su pitón estirándome deliciosamente, centímetro a centímetro. Sentí cada vena rozando mis paredes, llenándome hasta el fondo. Empezó a bombear, lento al principio, luego feroz. Mis tetas rebotaban, sus manos amasándolas, pellizcos que mandaban descargas al cerebro.

El ritmo aceleró, piel contra piel chapoteando, nuestros jadeos sincronizados. "Try function Python exitosa", murmuró entre thrusts, y reí, pero el orgasmo me calló la boca. Exploté, contracciones milking su verga, chorros calientes bajando por mis muslos. Él gruñó, "Me vengo, chula", y se derramó dentro, semen tibio inundándome, pulsos interminables.

Colapsamos, sudorosos, abrazados en el sofá. Su pecho subía y bajaba contra el mío, corazón galopando como el mío. El aroma post-sexo, mezcla de semen, jugos y colonia, era embriagador. Besos suaves en mi frente, "Eres increíble, Ana". Yo, ronroneando, tracé círculos en su piel salada.

"Esto no fue solo un polvo. Fue conexión, código perfecto sin errores."
Miramos las luces de la ciudad, DF brillando como testigo. No hubo promesas locas, solo esa calidez que te deja con ganas de más. Al día siguiente, en su compu, vi el código: una función Python con "try except" que él escribió anoche, comentada "para Ana, la que probó y aprobó". Sonreí. La función Python había sido probada, y qué chingón resultado.

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