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Parece Fácil el Tri Ardiente

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Parece Fácil el Tri Ardiente

El sol de Cancún caía a plomo sobre la playa, tiñendo la arena de un dorado que casi quema los pies descalzos. El aire estaba cargado de sal marina, mezclado con el dulce aroma de las piñas coladas que los meseros repartían en bandejas. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, había llegado sola a este paraíso para desconectarme del pinche estrés de la oficina en la CDMX. Neta, necesitaba un break, algo que me hiciera olvidar las juntas eternas y los jefes pendejos.

Estaba recostada en una tumbona, con un bikini rojo que me hacía sentir como diosa, cuando los vi. Él, Marco, alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la piel bronceada y una sonrisa que prometía problemas. Ella, Daniela, curvas de infarto, cabello negro largo hasta la cintura, ojos verdes que te desnudan con una mirada. Estaban jugando voleibol en la orilla, riendo, salpicándose agua. El sonido de las olas rompiendo era como un ritmo constante, hipnótico.

Qué chingones se ven juntos, pensé, mientras mi piel se erizaba con la brisa. Me incorporé, ajusté el top y caminé hacia ellos con esa confianza que solo da el tequila de la mañana. "¡Órale, qué buena jugada!", grité, uniéndome al juego sin invitación. Marco me pasó la pelota con un guiño, y Daniela soltó una carcajada que sonó como música. En minutos, éramos tres en la red, cuerpos rozándose accidentalmente, sudor mezclándose con el agua del mar. Su piel olía a protector solar con coco, y cada roce enviaba chispas por mi espina.

La tarde se fundió en noche. La playa se transformó en fiesta: fogatas crepitando, reggaetón retumbando desde los altavoces, cuerpos bailando bajo las estrellas. Pedimos chelas heladas, y la plática fluyó como el ron en nuestros vasos. Marco contaba anécdotas de sus viajes por la Riviera Maya, Daniela me tomaba de la mano para mostrarme un tatuaje en la cadera. Sus dedos eran suaves, cálidos, y sentí un cosquilleo traicionero entre las piernas.

"¿Vienes sola, Ana?", preguntó Daniela, su aliento con sabor a lima rozando mi oreja. "Sí, pero parece que ya no", respondí, riendo. Marco se acercó por detrás, su pecho firme contra mi espalda. "Neta, contigo la pasamos chido", murmuró. El calor de sus cuerpos me envolvía, el ritmo de la música vibrando en mi pecho. Parece fácil el tri, se me cruzó por la mente, mientras imaginaba sus manos explorando, bocas hambrientas. ¿Por qué no? Todos adultos, todos cachondos, sin compromisos.

El deseo creció como la marea. Bailamos pegados, caderas ondulando al son de "Despacito". Las manos de Daniela subieron por mis muslos, fingiendo un tropiezo, y Marco besó mi cuello, su barba raspando deliciosamente. Olía a hombre, a mar y a promesas. Mi corazón latía como tambor, el pulso acelerado entre mis piernas. "Vamos a mi cabaña", susurró Daniela, ojos brillando. Asentí, la boca seca, el cuerpo ardiendo.

La cabaña era un sueño: madera oscura, cama king size con sábanas blancas, brisa del ventilador ceiling moviendo las cortinas. Apenas cerramos la puerta, Daniela me empujó contra la pared, sus labios capturando los míos. Sabía a ron y fresas, lengua juguetona, manos desatando mi bikini. Marco observaba, quitándose la camisa, su verga ya marcando el short.

Esto es real, no un sueño mojado
, pensé, mientras Daniela lamía mi cuello, bajando a mis pechos. Sus tetas rozaban las mías, pezones duros como piedras.

Me llevaron a la cama, un torbellino de pieles. Marco se arrodilló entre mis piernas, inhalando mi aroma. "Estás mojada, mamacita", gruñó, voz ronca. Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo lento, círculos perfectos. Gemí, arqueándome, el sabor salado de mi propia excitación en el aire. Daniela se sentó en mi cara, su panocha depilada rozando mis labios. La chupé con ganas, lengua hundiéndose en su calor húmedo, saboreando su dulzor almendrado. Ella jadeaba, caderas moviéndose, manos en mis tetas apretando.

El cuarto se llenó de sonidos: succiones húmedas, gemidos ahogados, la cama crujiendo. Marco metió dos dedos en mí, curvándolos, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Neta, parece fácil el tri cuando fluye así, divagué entre oleadas de placer. Cambiamos posiciones; yo encima de Marco, su verga gruesa llenándome centímetro a centímetro. Era enorme, pulsando dentro, estirándome deliciosamente. Daniela se recargó en la cabecera, masturbándose, mirándonos con lujuria pura.

Cabalgaba a Marco, piel sudada chocando, el slap-slap rítmico como sexo percusión. Sus manos en mis caderas guiaban, gruñendo "¡Cógeme más duro!". Daniela se unió, besándome mientras frotaba su clítoris contra mi espalda. El olor a sexo era espeso, almizclado, adictivo. Sentí el orgasmo construyéndose, una presión en el bajo vientre, como ola a punto de romper. "¡Me vengo!", grité, y exploté, paredes contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando.

Marco no se vino aún. Me volteó a cuatro patas, embistiéndome desde atrás, bolas golpeando mi culo. Daniela debajo, lamiendo donde nos uníamos, lengua en mi clítoris y su verga. Era demasiado: el roce áspero de su pubis, el sabor de Daniela en mi boca cuando la besé, sus dedos en mi ano juguetones. Marco aceleró, jadeando "¡Qué rica panocha!". Se corrió con un rugido, llenándome de calor líquido, semen goteando por mis muslos.

Daniela no se quedó atrás. La puse en la cama, piernas abiertas, y la comí como antojo. Lengua rápida, dedos dentro, chupando su botón hinchado. Marco nos miraba, recuperándose, acariciando mi culo. Ella se retorcía, uñas en mis hombros, gritando "¡Sí, pinche rica, no pares!". Su orgasmo fue violento, chorro caliente en mi boca, cuerpo temblando como hoja.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas. El ventilador secaba el sudor de nuestra piel, el mar susurrando afuera. Marco me besó la frente, Daniela acurrucada en mi pecho. "Eso estuvo de lujo", murmuró él. "Neta, parece fácil el tri cuando hay química", reí yo, aún flotando en la burbuja post-orgásmica.

Nos duchamos juntos, jabón resbalando por curvas y músculos, risas y besos perezosos. Salimos a la terraza, chelas en mano, estrellas sobre el Caribe. No hubo promesas, solo esa conexión fugaz, empoderadora. Me sentía viva, deseada, dueña de mi placer. Al amanecer, nos despedimos con abrazos calientes, números de cel guardados por si acaso.

De regreso a mi hotel, el sol naciente pintaba el cielo de rosa. Caminé por la playa, arena fresca bajo los pies, el eco de gemidos en mi cabeza. Parece fácil el tri, pero lo chingón es soltarse y disfrutarlo. México me había dado más que vacaciones: una noche de fuego que recordaría con una sonrisa pícara cada vez que el deseo apriete.

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