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El Trio con mi Hermana

6797 palabras

El Trio con mi Hermana

La noche caía sobre la casa en Polanco, con ese calor pegajoso de verano que se mete hasta los huesos. Yo, Alejandro, acababa de llegar de un pinche día eterno en la oficina, sudado y con ganas de una chela fría. Mi hermana Ana, esa chava de veinticinco años que siempre ha sido puro fuego, me esperaba en la sala con su amiga Carla, otra morra igual de rica, de curvas que te hacen babear. Las dos reían con unas micheladas en la mano, el limón y la sal brillando en los vasos. El aire olía a chile y cilantro de la cena que habíamos compartido, pero debajo de eso, un aroma más sutil, como a perfume mezclado con sudor fresco de piel joven.

"¡Wey, llegaste justo a tiempo!" gritó Ana, levantándose del sofá con un shortcito que apenas cubría sus nalgas firmes. Su blusa escotada dejaba ver el valle entre sus chichis, redondos y desafiantes. Carla, con el pelo suelto y negro como la noche, me guiñó un ojo desde el otro lado. "Tu hermana nos platicaba de ti, Alejandro. Dice que eres un cabrón en la cama." Su voz era ronca, juguetona, y sentí un cosquilleo en la verga que se despertaba de golpe.

Me senté entre ellas, el sofá hundiéndose bajo nuestro peso. Ana me pasó una chela, sus dedos rozando los míos, un toque eléctrico que me erizó la piel. Hablamos pendejadas, de la vida, de cómo el calor nos ponía cachondos a todos. La tensión crecía como una tormenta, miradas que se cruzaban, risas que se volvían susurros.

¿Qué chingados está pasando aquí? Mi hermana y su amiga... neta que esto se va a poner bueno.
El corazón me latía fuerte, el pulso retumbando en mis oídos como tambores.

Ana se recargó en mi hombro, su aliento cálido en mi cuello, oliendo a tequila y menta. "Hermano, ¿te acuerdas de cuando éramos chavos y jugábamos a las escondidas? Ahora quiero jugar a algo más... adulto." Carla soltó una carcajada, su mano cayendo casualmente en mi muslo, subiendo despacito. Sentí el calor de su palma a través del pantalón, mi verga endureciéndose como piedra. No era solo deseo; era algo prohibido, esa línea que nunca cruzamos con Ana, pero que ahora parecía borrarse con cada sorbo de chela.

El beso empezó con Carla. Sus labios suaves, carnosos, se pegaron a los míos mientras Ana nos veía, mordiéndose el labio inferior. Sabían a sal y lima, su lengua danzando con la mía, explorando, chupando. Ana no se quedó atrás; su mano se coló bajo mi camisa, arañando mi pecho con uñas pintadas de rojo. "Pinche trio hermana, esto es lo que necesitaba", murmuró ella, y esas palabras me prendieron como mecha. La jalé hacia mí, besándola con hambre, su boca dulce, familiar pero ahora salvaje. El sabor de su saliva me volvía loco, mezclado con el de Carla que se unía, sus lenguas enredándose en mi boca.


Nos movimos a mi cuarto, tropezando con la ropa por el camino. El piso de madera crujía bajo nuestros pies descalzos, el ventilador zumbando perezoso arriba. Ana se quitó la blusa de un tirón, sus chichis saltando libres, pezones duros como caramelos. Carla la imitó, su piel morena brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Yo me desabroché el pantalón, mi verga saliendo erecta, palpitante, con una gota de precum en la punta que Ana lamió con la lengua plana, mirándome a los ojos. "Qué rica verga tienes, carnal", dijo con esa voz de hembra en celo.

Las puse de rodillas, el colchón hundiéndose. Sus bocas atacaron: Ana chupando la cabeza, girando la lengua alrededor del glande, mientras Carla lamía los huevos, succionando suave. El sonido era obsceno, slurp slurp, saliva chorreando por mi verga. Olía a sexo puro, a coños mojados y piel caliente. Mis manos enredadas en sus cabelleras, una rubia teñida de Ana, negra de Carla. Gemí, el placer subiendo por mi columna como fuego líquido.

No mames, un trio con mi hermana... esto es el paraíso prohibido.

Ana se levantó primero, empujándome a la cama. Se quitó el short, su concha depilada reluciendo, labios hinchados y húmedos. Se montó en mi cara, frotando su clítoris contra mi lengua. Sabía a miel salada, jugos calientes goteando en mi boca. "¡Come mi panocha, wey!" ordenó, cabalgando mi rostro, sus muslos apretándome las mejillas. Carla se subió a mi verga, empalándose despacio, su concha apretada envolviéndome centímetro a centímetro. El calor era infernal, sus paredes contrayéndose, ordeñándome. Gruñí contra el coño de Ana, el placer duplicado me nublaba la vista.

Se movían en ritmo, Ana gimiendo alto, "¡Sí, así, lame más duro!", sus jugos empapándome la barba. Carla rebotaba, sus chichis saltando, cachetes chocando contra mis huevos con plaf plaf. Sudor nos cubría a todos, el cuarto oliendo a almizcle, a deseo crudo mexicano. Cambiamos posiciones: yo de rodillas detrás de Carla, embistiéndola doggy style, mi verga hundiéndose hasta el fondo, mientras Ana se acostaba debajo, lamiendo donde nos uníamos. Su lengua en mi verga y el clítoris de Carla, chupando mis huevos al pasar. "¡Qué rico trio hermana, no pares!" jadeó Carla, su culo temblando con cada estocada.

El clímax se acercaba como ola gigante. Sentía las contracciones en mi verga, el orgasmo bullendo en los huevos. Ana se puso al lado de Carla, las dos en cuatro, culos en pompa. Las cogí alternando, primero Ana, su concha más estrecha, conocida en secreto por fantasías pasadas; luego Carla, más jugosa. Mis manos amasando nalgas, dedos en anos arrugaditos. Ellas se besaban entre gemidos, lenguas enredadas, chichis rozándose. "Vente adentro, carnal, lléname", suplicó Ana, y eso me rompió.


Explosé en Ana primero, chorros calientes inundando su concha, goteando por sus muslos. Ella gritó, orgasmeando fuerte, su cuerpo convulsionando. Saqué la verga aún dura y metí en Carla, descargando lo último, pintando sus paredes. Ella se vino al instante, apretándome como puño, jugos salpicando. Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones agitadas, piel pegajosa. El aire pesado con olor a semen, coños satisfechos y perfume derramado.

Ana se acurrucó en mi pecho, su mano trazando círculos en mi abdomen. "Pinche trio hermana inolvidable, wey. ¿Repetimos?" Carla rió bajito, besando mi cuello.

Esto cambia todo, pero qué chingón cambio. Mi hermana, su amiga... puro vicio consentido.
Afuera, la ciudad zumbaba lejana, pero aquí dentro, el afterglow era paz pura, pulsos calmándose, sonrisas perezosas. Sabíamos que el deseo volvería, pero por ahora, éramos tres en uno, empapados en placer mexicano.

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