Puedo Probarmelo Contigo
Entras a la boutique en el corazón de Polanco, el aire cargado con ese aroma dulzón a perfume caro y tela nueva que te hace sentir viva. Las luces suaves bañan los maniquíes vestidos con lencería que parece susurrar promesas pecaminosas. Tus ojos recorren las prendas de encaje negro, rojo fuego, hasta que das con un conjunto que te roba el aliento: un bra de transparencias y un tanga que deja poco a la imaginación. Neta, esto me va a quedar como anillo al dedo, piensas mientras lo tomas entre tus dedos, sintiendo la suavidad sedosa rozar tu piel.
Detrás del mostrador, él está. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice te comería con los ojos. Su camisa ajustada marca unos pectorales que te hacen tragar saliva. "Buenas tardes, mamacita", dice con voz grave, ese acento chilango que vibra en tu pecho. " ¿En qué te ayudo? ¿Buscas algo especial pa' volver loco a alguien?" Te ríes bajito, el calor subiendo por tus mejillas. "Sí, algo así. Este conjunto...
¿Puedo probármelo?" Su mirada se enciende, recorre tu cuerpo de arriba abajo como si ya te viera envuelta en él.
Te guía al probador, un cubículo amplio con espejo de cuerpo entero y cortina pesada que huele a limpio. "Aquí tienes, carnal. Si necesitas ayuda con el cierre o lo que sea, avísame. Me llamo Alex." Su aliento cálido roza tu oreja al susurrar eso, y sientes un escalofrío eléctrico bajando por tu espina. Cierras la cortina, pero no del todo, dejando una rendija por la que su sombra se filtra. Te quitas la blusa despacio, el aire fresco besando tus pechos libres del sostén. El espejo te devuelve una imagen que te enciende: pezones endurecidos, piel erizada.
Te pones el bra, el encaje mordiendo juguetón tus senos, elevándolos como ofrenda. El tanga se desliza por tus caderas, apretando justo donde duele rico. Giras, admiras el reflejo: chingón, piensas, tocándote el culo con las yemas de los dedos. Pero algo falta. El cierre del bra se atora. Maldices por lo bajo y abres la cortina un poco más. "Oye, Alex... ¿me echas la mano? No jala este pedo."
Entra sin dudar, su cuerpo grande invadiendo el espacio, oliendo a colonia masculina y algo más primitivo, como deseo crudo. Sus manos grandes rozan tu espalda desnuda, enviando ondas de calor directo a tu entrepierna. "Déjame ver, reina", murmura, sus dedos hábiles desatascando el cierre con un chasquido. Pero no se aparta. En el espejo, ves sus ojos clavados en tus tetas, su respiración acelerada. "Te queda de poca madre", dice ronco, y su palma se desliza por tu costado, deteniéndose en tu cadera.
El corazón te late como tambor en el pecho, el pulso retumbando en tus oídos. ¿Qué chingados estoy haciendo? piensas, pero tu cuerpo responde por ti: arqueas la espalda, presionándote contra él. Sientes su verga endureciéndose contra tu culo, gruesa y caliente a través de la tela. "Alex...", susurras, girando la cabeza para mirarlo. Sus labios capturan los tuyos en un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a menta y urgencia. Sus manos suben, amasando tus pechos por encima del encaje, pellizcando pezones que duelen de placer.
La tensión crece como tormenta, cada roce un relámpago. Te voltea de frente, te levanta contra la pared del probador, tus piernas envolviéndolo por instinto. El espejo enfrente multiplica la escena: tú con lencería nueva, él devorándote el cuello, chupando hasta dejar marcas rojas. " Estás mojada, ¿verdad? ", gruñe contra tu piel, su mano colándose en el tanga, dedos resbalando en tu humedad. Gimes alto, el sonido amortiguado por la música suave de la tienda. "Sí, cabrón, no pares."
Te baja despacio, arrodillándose como si adorara un altar. El tanga vuela a un lado, y su boca encuentra tu clítoris, lengua experta lamiendo en círculos que te hacen temblar. Sabor salado de tu excitación en su boca, el ruido húmedo de succión llenando el aire confinado. Tus manos enredan en su pelo, tirando, mientras oleadas de placer suben desde tu vientre. Neta, este pendejo sabe lo que hace, piensas en medio del vértigo, las rodillas flaqueando.
Pero quieres más. Lo jalas arriba, desabrochando su pantalón con dedos torpes. Su verga salta libre, venosa y palpitante, goteando precúm que lames de la punta con deleite. "Deliciosa", murmuras, succionándola hondo, garganta acomodándose a su grosor. Él gime, caderas empujando suave, manos en tu cabeza guiando el ritmo. El olor almizclado de su sexo te embriaga, el sabor salobre explotando en tu lengua.
No aguanta más. Te pone de pie, te gira contra el espejo, el vidrio frío contrastando con tu piel ardiente. Baja el tanga lo justo, y entra en ti de un solo empujón profundo. ¡Ay, cabrón! gritas interno, el estiramiento delicioso quemando. Empieza a bombear, lento al principio, cada embestida rozando ese punto que te deshace. El slap-slap de carne contra carne, tus gemidos mezclados con sus gruñidos, el espejo empañándose con aliento jadeante.
La intensidad sube, tus uñas clavándose en sus muslos, pidiéndole más fuerte. "Dame duro, Alex, rómpeme ". Él obedece, follándote como animal, una mano en tu clítoris frotando furioso. El orgasmo te golpea como ola gigante, contrayéndote alrededor de él, jugos chorreando por tus piernas. Él ruge, llenándote con chorros calientes, cuerpos temblando pegados en éxtasis compartido.
Se deslizan al piso del probador, sudorosos y exhaustos, risas ahogadas rompiendo el silencio. Su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón calmarse. " Qué chingonería, ¿no? ", dice él, besando tu piel salada. Tú acaricias su espalda, el aroma de sexo impregnando el aire. "Sí, mi amor. Y el conjunto... me lo llevo. Pero con tu olor encima."
Salen del probador como si nada, él cobrándote con guiño cómplice. Afuera, el sol de la tarde calienta tus mejillas sonrojadas. Caminas con piernas flojas, el tanga húmedo recordándote cada segundo. La neta, la vida hay que vivirla así, piensas, sonriendo al futuro. Ese "puedo probármelo" fue lo mejor que le dijiste en mucho tiempo.