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Triadas de Enfermedades Pasionales

5733 palabras

Triadas de Enfermedades Pasionales

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel brille bajo las luces neón de los antros. Yo, Marco, médico residente en el Hospital Español, había salido a desquitármelas después de una semana de guardias eternas. El tequila reposado bajaba suave por mi garganta, con ese ardor que despierta todos los sentidos. Ahí las vi: tres morras que parecían salidas de un sueño húmedo. Ana, con su melena negra cayendo como cascada sobre hombros bronceados; Bea, la güera de ojos verdes que hipnotizaba con una sonrisa pícara; y Carla, curvilínea, con labios carnosos que prometían pecados. Se movían al ritmo de la cumbia rebajada, sus caderas ondulando como olas en el mar de Mazatlán.

Órale, carnal, estas chavas están cañón, pensé mientras me acercaba a la barra, fingiendo pedir otro trago. Ellas notaron mi mirada y soltaron carcajadas. Ana se giró primero.

¿Qué pedo, doctor? ¿Nos estás diagnosticando de lejos?
—dijo con voz ronca, lamiéndose los labios pintados de rojo fuego.

Me reí, sintiendo el pulso acelerarse. Resulta que las tres eran residentes en el mismo hospital, expertas en infectología. Platicamos de casos locos, y de repente Bea sacó el tema.

¿Saben qué son las triadas de enfermedades? Como la de Charcot o la de Beck. Tres síntomas que te joden la vida.

Carla se acercó tanto que olí su perfume de vainilla mezclado con sudor dulce. —

Pero las nuestras son mejores: calor en la piel, palpitaciones y... humedad incontrolable.
—guiñó, rozando mi brazo con sus tetas firmes bajo el vestido ajustado.

Ana asintió, sus dedos trazando mi pecho. —

Triadas de enfermedades pasionales, güey. ¿Quieres curarnos?

El deseo me golpeó como un rayo. Acepté su invitación a un after en el depa de Carla, un penthouse con vista al skyline de Reforma. En el Uber, sus manos ya jugaban: Bea en mi muslo, Ana mordisqueándome el lóbulo de la oreja, Carla susurrando guarradas. Mi verga ya estaba dura como cemento, latiendo contra los jeans.

Acto dos: Llegamos y el aire del elevador olía a anticipación. Puertas cerradas, luces tenues, música de Natalia Lafourcade de fondo suave. Tequila en shots, sal y limón. Nos sentamos en el sofá de piel blanca, ellas en shortcitos y tops que dejaban poco a la imaginación. El calor de sus cuerpos cerca hacía que el sudor perlase mi frente.

Primera triada
—dijo Ana, quitándose el top despacio. Sus chichis perfectas saltaron libres, pezones oscuros endureciéndose al aire—. Fiebre, taquicardia y... antojo de lengua.

Me lancé. Besé su cuello, saboreando la sal de su piel, mientras mis manos amasaban esos senos suaves y pesados. Bea y Carla miraban, tocándose entre sí. ¡Qué chingón, dos pares de manos expertas! Bea se arrodilló, desabrochó mi cinturón con dientes, liberando mi pija tiesa. —

¡Mira qué mamalona! Mi triada es babeo, succionar y tragar.

El sonido de su boca chupando era obsceno: slurps húmedos, gemidos ahogados. Su lengua giraba alrededor de la cabeza, saboreando el pre-semen salado. Carla se desnudó, su panocha depilada brillando de jugos. Se sentó en mi cara, frotando su clítoris hinchado contra mi nariz. Olía a almizcle dulce, a mujer en celo. Lamí ávidamente, metiendo la lengua en su hoyo caliente y resbaloso, mientras ella cabalgaba mi rostro, gimiendo ¡Ay, cabrón, qué rico!

Internamente luchaba:

Esto es demasiado bueno, no quiero acabar ya. Déjate llevar, pero saborea cada segundo
. Cambiamos posiciones. Ana montó mi verga, su coño apretado envolviéndome como guante de terciopelo mojado. Subía y bajaba, tetas rebotando, uñas clavándose en mi pecho. Bea y Carla se besaban, dedos metidos mutuamente, chorros de placer salpicando. El cuarto apestaba a sexo: sudor, fluidos, perfume revuelto.

La tensión crecía. Sentía sus pulsos acelerados contra mi piel, corazones tronando al unísono. Carla se unió, sentándose en reversa para que su culo redondo chocara contra mi pelvis. —

¡Métemela hasta el fondo, doctor! Cura esta enfermedad.
—gritaba, mientras Ana lamía mi huevos y Bea frotaba su clítoris contra mi pierna, dejando estela húmeda.

El clímax se acercaba como tormenta. Gemidos se volvían gritos: ¡Sí, pendejas, fóllenme! Sudor goteaba, pieles chocaban con palmadas rítmicas, el colchón crujía bajo nosotros.

Acto tres: Explotamos juntos. Mi leche brotó en chorros calientes dentro de Carla, mientras ella se convulsionaba, chorreada su esencia en mi pubis. Ana y Bea alcanzaron el orgasmo mutuo, dedos hundidos, cuerpos temblando. Colapsamos en un enredo de extremidades pegajosas, respiraciones jadeantes llenando el silencio.

Después, en la afterglow, fumamos un porro suave —nada heavy, solo relax— acurrucados. El olor a hierba se mezclaba con el nuestro. Ana acarició mi mejilla. —

Fuiste el mejor remedio para nuestras triadas de enfermedades pasionales.

Bea rio bajito. —

Pero volvemos a recaer, ¿eh?

Carla besó mi pecho, aún sensible. Sentí paz, satisfacción profunda.

Estas morras no eran solo cuerpos; eran fuego que avivaba mi alma. Mañana volvía al hospital, pero esta noche había curado algo en mí también: la soledad del médico eterno.

Nos dormimos así, piel con piel, con la promesa de más triadas por venir. La ciudad brillaba afuera, testigo muda de nuestra cura carnal.

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