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La Tríada TEC Ardiente

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La Tríada TEC Ardiente

Estabas en el campus del TEC de Monterrey, ese lugar donde el sol pega como chale, y el aire huele a café recién hecho de la cafetería y a césped recién cortado. Tú, Ana, estudiante de ingeniería, caminabas por los pasillos del edificio principal con tu mochila al hombro, sintiendo el roce suave de tu falda plisada contra tus muslos. Era viernes por la tarde, y el bullicio de los vatos y chavas charlando sobre el examen de cálculo te envolvía como una manta tibia. De repente, los viste: Diego y Luis, tus carnales de toda la carrera, sentados en una banca bajo los árboles, con sus playeras del TEC ajustadas mostrando esos brazos marcados por las horas en el gym del campus.

Órale, qué guapos se ven hoy, pensaste, mientras tu pulso se aceleraba un poquito. Diego, con su cabello negro revuelto y esa sonrisa pícara que te hacía derretir, levantó la vista y te guiñó el ojo. Luis, más serio pero con ojos que prometían travesuras, te hizo señas para que te acercaras. Habías oído rumores en las fiestas del TEC sobre tríadas, esas aventuras locas de tres que algunos contaban en voz baja, pero nunca imaginaste que tú estarías en el centro de una.

¿Y si les propongo algo chido? Neta, estoy harta de lo mismo de siempre. Quiero sentirme viva, deseada por dos.

Te sentaste entre ellos, el calor de sus cuerpos flanqueándote como una promesa. "Ey, Ana, ¿vienes a la peda de esta noche en la casa de Marco?", preguntó Diego, su voz ronca rozando tu oreja. Su aliento olía a menta y a esa colonia que te volvía loca. Luis puso su mano en tu rodilla, un toque casual pero eléctrico, enviando chispas por tu piel. "O mejor, ¿por qué no nos quedamos aquí nomás nosotros tres? Algo más... íntimo", murmuró él, sus dedos trazando círculos lentos que subían apenas un centímetro.

El corazón te latía fuerte, como tambores en una fiesta de quince. El deseo inicial era como una brisa caliente: sutil, pero imposible de ignorar. Aceptaste con una risa nerviosa, neta que sí, y los tres se levantaron, caminando hacia el estacionamiento donde el auto de Diego esperaba, negro y reluciente bajo el atardecer naranja.

En el camino a la casa que Diego rentaba cerca del campus —un depa chido con vista al Cerro de las Mitras—, la tensión crecía. Ponían reggaetón suave en la radio, el bajo vibrando en tus entrañas. Diego conducía, su mano izquierda en el volante y la derecha rozando tu muslo desnudo, subiendo la falda poco a poco. Luis, en el asiento de atrás contigo, te besaba el cuello, su barba incipiente raspando deliciosamente tu piel sensible. Olías su sudor limpio mezclado con el aroma de sus lociones, y el tuyo propio empezaba a despertar, ese olor almizclado de excitación que te hacía morderte el labio.

"¿Estás segura, Ana? Esto es la tríada TEC que todos susurran", dijo Luis, su voz grave como un ronroneo. Tú asentiste, el calor entre tus piernas ya húmedo, empapando tus panties de encaje. Pinche tríada, qué rico suena. Llegaron al depa, y apenas cerraron la puerta, las luces tenues del lugar los envolvieron. Muebles modernos, una cama king size en la habitación principal que parecía hecha para esto.

Acto dos: la escalada. Diego te tomó de la cintura, sus labios capturando los tuyos en un beso hambriento, lengua danzando con sabor a chicle de fresa y deseo puro. Sus manos expertas desabotonaron tu blusa, exponiendo tus senos llenos bajo el bra de push-up. Luis se pegó por detrás, su erección dura presionando contra tu culo redondo, mientras sus dedos bajaban la cremallera de tu falda. "Estás mojadísima, chava", susurró al oído, metiendo una mano entre tus piernas para confirmar, rozando tu clítoris hinchado a través de la tela fina.

¡Ay, cabrones, me van a volver loca! Siento sus pollas duras contra mí, listas para mí.

Te quitaron la ropa con reverencia, como si fueras un tesoro del TEC. Tú les arrancaste las playeras, admirando sus torsos esculpidos, pezones oscuros endureciéndose al aire fresco del AC. Caíste de rodillas en la alfombra suave, el olor a sus excitaciones masculinas invadiéndote: salado, terroso, adictivo. Sacaste sus vergas palpitantes —la de Diego gruesa y venosa, la de Luis larga y curva—, y las lamiste alternadamente, saboreando el precum salado en tu lengua. Ellos gemían, "¡Órale, Ana, qué chida boca!", sus manos enredadas en tu cabello largo.

La intensidad subía como la marea en el Golfo. Te llevaron a la cama, sábanas de algodón egipcio frescas contra tu espalda ardiente. Diego se posicionó entre tus piernas, lamiendo tu coño depilado con devoción, su lengua plana deslizándose por los labios hinchados, chupando tu clítoris hasta que arqueaste la espalda, gimiendo alto. "¡Más, pendejo, no pares!", suplicaste, tus jugos cubriendo su barbilla. Luis te besaba, sus dedos pellizcando tus pezones rosados, enviando descargas de placer directo a tu útero.

Intercambiaron posiciones, el sudor perlando sus frentes, el slap-slap de piel contra piel llenando la habitación junto con vuestros jadeos. Diego te penetró primero, su verga abriéndote centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. ¡Qué rico, tan grueso! Embestía lento al principio, dejando que sintieras cada vena, cada pulso. Luis observaba, masturbándose, hasta que te montaste en Diego, cabalgándolo como una amazona, tus tetas rebotando. Entonces Luis se acercó, ofreciendo su polla a tu boca, follándotela suave mientras Diego te taladraba desde abajo.

El conflicto interno era delicioso: ¿Puedo con dos? ¿Soy suficiente para esta tríada TEC? Pero cada roce, cada gemido afirmaba que sí. Cambiaron: Luis te puso a cuatro patas, su curva golpeando tu punto G con precisión quirúrgica, mientras Diego te comía el culo, lengua húmeda explorando ese anillo apretado. El olor a sexo impregnaba todo —mujer mojada, hombre sudado—, sonidos de succiones y embestidas, tacto de piel resbaladiza por fluidos y sudor. Tu primer orgasmo llegó como un tsunami, contrayendo tu coño alrededor de Luis, gritando "¡Me vengo, cabrones!", piernas temblando.

No pararon. Te voltearon, Diego en tu pussy, Luis en tu boca, sincronizados como ingenieros del TEC. El segundo clímax se acercaba, tensión psicológica rompiéndose en oleadas físicas. "Córrete conmigo, Ana", gruñó Diego, su ritmo acelerando, bolas golpeando tu perineo. Luis se corrió primero, chorros calientes bajando por tu garganta, sabor amargo-dulce que tragaste ansiosa.

El final: explosión. Diego te folló duro, tus uñas clavándose en su espalda, hasta que se vació dentro de ti con un rugido primal, semen caliente inundándote. Tú explotaste de nuevo, visión borrosa, cuerpo convulsionando entre ellos. Colapsaron los tres, un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas. El afterglow era puro: piel pegajosa enfriándose, besos suaves en mejillas y labios hinchados. Olías a sexo satisfecho, a tríada TEC consumada.

Diego te acarició el cabello. "Eres la chava más chingona del TEC". Luis asintió, su mano en tu cadera.

Neta, esto fue épico. Quiero más tríadas con estos vatos. Me siento poderosa, deseada, completa.
Se quedaron así hasta el amanecer, risas suaves y promesas de repetición, el sol filtrándose por las cortinas anunciando un nuevo día en Monterrey. La tríada no era solo sexo; era conexión, libertad, el pinche clímax de la vida universitaria.

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